Capítulo 24
CALEB
L A ÚLTIMA PRUEBA DE LA INICIACIÓN es un laberinto.
Poca sorpresa. Es lo que Caleb suponía. Ha estado practicando, no el trance de calma que alentaban las técnicas de Abnegación, sino una forma de meditación distinta, enseñada por los eruditos, que se centra en observar.
Leyó sobre ello en uno de los muchos libros que ha devorado en los últimos días y después buscó vídeos para aprender en la base de datos de la biblioteca, donde sus compañeros iniciados practicaban el ajedrez, se enfrascaban en juegos de memoria o diseñaban cosas en las impresoras tridimensionales de uno de los laboratorios.
El inicio del laberinto es bastante sencillo. Cada bifurcación del camino plantea una pregunta simple con dos posibles respuestas. Si eliges la correcta, avanzas por el camino correcto. La dificultad aumenta conforme te aproximas al centro del laberinto.
Ahí es donde se enfrenta al verdadero reto.
La salida es visible al final de un largo pasillo, donde esperan los demás iniciados, pues todos han cruzado el laberinto casi al mismo tiempo. Caleb se alegra de no haber sido el último, para variar.
Delante de ellos, formando una pila que le llega al hombro, hay trozos de metal y madera, cables y baterías, ruedas y engranajes, junto con distintas herramientas.
No tiene muy claro para qué sirven hasta que Anna —que, de no ser por su necesidad de saberlo todo, probablemente habría elegido Osadía— da un paso hacia el final del pasillo.
Dos enormes puertas metálicas se cierran de golpe delante de sus narices, tan pesadas que habrían desfigurado a la chica de no haber retrocedido a tiempo de un salto.
Parece haber activado un mecanismo de defensa del laberinto, ya que varias puertas más se cierran a intervalos irregulares por delante.
Todo es visible desde este punto estratégico, a través de los cristales que flanquean el pasillo.
Las puertas continúan abriéndose y cerrándose, a veces varias a la vez, otras solo una pareja. En su movimiento no siguen ningún ritmo.
Los demás empiezan a sacar cosas de la montaña de basura y se las llevan lejos del grupo para trabajar con ellas.
Pero Caleb sabe que no debe dejarse llevar por el pánico.
En el pasado, nunca le ha hecho ningún bien.
Así que se sienta en el suelo, frente al montón de chatarra, y se queda mirando las puertas mientras respira hondo.
Inhala por la nariz. Exhala por la boca.
Una mente clara y en paz es lo que necesita antes de empezar.
Fernando da un paso adelante pocos minutos después, con una especie de cuña metálica en la mano, reforzada con puntales triangulares para mantener la forma.
La coloca en el camino de las primeras puertas con la clara esperanza de que sea lo bastante fuerte como para evitar que se cierren.
Debe retirar la mano de golpe para que no se la pillen; las puertas aplastan la cuña y los pedacitos metálicos vuelan por todas partes.
Fernando suelta una palabrota y retrocede de un salto.
Caleb observa los fragmentos de la obra de su compañero y le queda claro que nada que pueda fabricar con las manos va a soportar la fuerza de las puertas.
Así que el montón de chatarra tiene que ser una distracción.
Que las puertas parezcan cerrarse a intervalos aleatorios no quiere decir que de verdad lo sean.
Hay un patrón. Y, una vez que lo descubra, podrá cruzarlas.
Se levanta para coger un trozo de papel y un lápiz roto de la pila y empieza a tomar notas.
Marca cada puerta y anota cuáles se abren o cierran en cada momento.
Durante un buen rato no deja de escribir en el papel, con la esperanza de que surja un patrón.
«A-A-A-C», escribe, donde la A es de abierto y la C de cerrado. «C-C-A-A-C».
Se está quedando sin espacio en la hoja, así que empieza a contar con palitos en vez de con la C, y entonces lo ve.
Está escribiendo en binario.
El corazón le da un vuelco en el pecho.
Empieza a traducir sus notas cambiándolas por unos y ceros, en vez de ces y aes.
E-N-T
E-S-E
P-A-C-I
E-N-T-
Caleb se ríe cuando reconoce la frase que se repite: «SÉ PACIENTE».
Se pone de pie y se coloca frente a las primeras puertas. Le tiembla el cuerpo. Si se equivoca con la sincronización, podría acabar herido de gravedad, con un pie o una mano aplastada.
O el cráneo… Es bastante probable que también sean capaces de aplastar un cráneo.
Espera a que se cierren unas cuantas veces antes de decidir cuál es el momento correcto para la primera pareja de puertas. Entonces se mueve, echando a correr justo cuando se cierran. Vuelven a cerrarse de golpe detrás de él, y la fuerza de su choque crea una ráfaga de aire que siente en la nuca.
Sigue moviéndose. La letra siguiente es 01000101, así que la segunda puerta se cerrará, después se abrirá y después se cerrará de nuevo.
Cruza corriendo el segundo portal y se encuentra frente al tercero.
Suele estar abierto; solo se cierra con la tercera y última letra de la secuencia.
Espera a que termine la última y continúa moviéndose.
Se encuentra frente al quinto umbral cuando comete su primer error, ya que se equivoca con su lugar en la secuencia y está a punto de interponerse en el camino de las demoledoras puertas.
Retrocede de un salto justo a tiempo, con el corazón acelerado y las piernas temblorosas; necesita detenerse para recuperarse.
Por un momento, se pierde en el ritmo irregular de los golpes, sin saber bien dónde empieza o acaba la secuencia.
Cierra los ojos y se concentra en la respiración.
Dentro. Fuera.
«Sé paciente».
Caleb se sacude las manos y sigue adelante. Cruza las quintas puertas. Las sextas. El final del pasillo está a la vista; no es más que una simple puerta de madera. Cruza el séptimo umbral y después el último.
Ha terminado.
Lo ha conseguido.
Vuelve la vista atrás, hacia los demás, y ve que algunos están ahora recorriendo el pasillo, como él. Pero él ha sido el primero.
Sonriente, abre la puerta.
Sale de la simulación. Está de pie en el estanque del patio, con un nenúfar al lado del tobillo desnudo.
A su alrededor, los otros iniciados siguen de pie, con los ojos cerrados, sin moverse, mientras recorren el laberinto mental.
Como siempre que sale de una simulación, se siente muy tonto por haber creído que de verdad había un pasillo lleno de puertas que se abrían y cerraban dentro de la sede de Erudición.
Es muy raro que su mente no sea capaz de procesar que está dentro de una simulación. Pero así funciona con todos.
Da un paso hacia Cara, y ella le sonríe.
—Enhorabuena, eres el primero.
—Lo sé —responde, y no hay ni rastro de timidez abnegada en su voz.
+ + +
Jeanine Matthews parece sobresaltarse cuando abre la puerta de su despacho. Como es el primer iniciado que supera su última prueba, su recompensa consiste en reunirse en persona con la representante de su facción para decirle dónde quiere hacer las prácticas.
Cada iniciado erudito hace unas prácticas durante sus primeros tres meses en la facción y después sigue con la formación. Y solo los tres primeros en terminar el laberinto pueden reunirse con Jeanine Matthews.
Hoy lleva el pelo recogido en un moño y unas gafas apoyadas en la delicada nariz.
De cerca, le ve las pecas en la piel pálida; tanto en el puente de la nariz como en la frente.
Está sentada a su escritorio, de cristal pulido y hasta arriba de papeles.
Tras su sorpresa inicial al verlo, se levanta y le ofrece una mano para que se la estreche.
—Bien hecho, Prior —le dice—. Estoy encantada de ver lo mucho que has mejorado desde que llegaste.
—Gracias.
Le estrecha la mano y se sienta en una de las sillas frente al escritorio.
Ella también lo hace, y cruza las manos sobre el papel que leía hasta hace un momento. Tiene las uñas bien cortadas, con forma. Se ha subido las mangas con mucho cuidado hasta los codos.
—¿Cuál fue tu enfoque para la última prueba? —pregunta.
—Pues… lo observé durante un rato. En las dos últimas pruebas me dejé llevar por el pánico. Me apresuré. Esta vez decidí que tenía que… ser paciente. —Sonríe, algo avergonzado—. Y entonces tomé notas y vi el patrón.
—¿Dónde aprendiste código binario?
—Cuando era pequeño, mi hermana y yo queríamos desarrollar un código secreto para poder hablar sin que se enterasen Robert y Susan, los otros niños de nuestro piso.
Así que fui a la biblioteca e investigué un poco.
—Se encoge de hombros—. Beatrice le echó un vistazo a una palabra en binario y me dijo que estaba loco si creía que iba a perder el tiempo en escribir así un mensaje entero.
Supongo que no se equivocaba. No es eficiente para pasarse notitas.
—Cierto —responde Jeanine, sonriendo un poco, como si la historia le hiciera gracia—. Pero parece que se te da bien resolver problemas desde pequeño. Y la investigación fue tu primer instinto. Son buenas cualidades para un erudito.
Caleb intenta no sonrojarse. Al fin y al cabo, solo expone sus observaciones.
Detrás de ella hay una ventana ancha que da al pantano, donde los hilos de agua arden con la puesta de sol. El brillo lo obliga a entornar los ojos, pero los colores son intensos y vivos.
—Imagino que en tu facción de origen no valorarían demasiado esas cualidades —dice Jeanine—. ¿Las ocultabas?
—Pues…
Se le acelera el corazón. Piensa en las preocupantes noticias que ha leído últimamente sobre las prácticas disciplinarias de Abnegación, sobre su uso desproporcionado de los recursos de la ciudad para servir a los abandonados y sobre la amnesia temporal de los centinelas osados del muro.
Si le reconoce a Jeanine Matthews que su facción lo constreñía, ¿estará reforzando sus ideas equivocadas sobre Abnegación?
¿O le estará ofreciendo datos que apoyen una conclusión precisa?
—Sí, las ocultaba —responde al fin. Es una respuesta precisa y «el conocimiento valioso exige ser compartido»—. La verdad es que tenía libros escondidos por todo mi dormitorio.
—Siento oírlo —responde ella, apacible—. Reconozco que me sorprende escuchar que tu padre no intervino en tu defensa.
Caleb frunció el ceño.
—¿Mi padre? Si alguien lo hubiera hecho, habría sido mi madre.
—¿De verdad? —La sonrisa de Jeanine también es apacible—. Puede que me haya dado la impresión equivocada. Me cuesta descifrar a tu madre.
Eso no concuerda con la madre que él conoce, con sus sonrisas amables, su paciencia y la forma en la que le colocaba los calcetines en el radiador las mañanas de invierno para que estuvieran calientes al ponérselos. Se pregunta si Jeanine ve algo que él no. Algún detalle que a él se le escape.
—Reconozco que nuestro proceso de iniciación nos ofrece una ventaja un poco injusta a los que hemos nacido en Erudición —sigue diciendo ella—.
Intentamos diseñar esas pruebas para que nadie tenga que contar con unas habilidades concretas antes de unirse a nosotros.
La primera está pensada para poner a prueba el pensamiento abstracto; la segunda, la memoria; y la tercera, la observación y el reconocimiento de patrones.
Pero alguien nacido aquí no solo aprende más datos, sino a cómo pensar.
Así que las pruebas suelen favorecerlos porque ya cuentan con algunas habilidades.
Por eso, siempre me impresiona cuando un trasladado se distingue en ellas.
—Su sonrisa se vuelve más dulce—. Eres como uno de esos nenúfares del patio, que florecen a pesar de toda la turbidez que los rodea.
Él no calificaría a Abnegación de «turbidez», exactamente, pero el halago lo llena de orgullo. No está acostumbrado a que le digan que ha hecho algo bien.
—Bueno, Caleb, dime —continúa ella, y es la primera vez que lo llama por su nombre de pila—, ¿sobre qué te gustaría saber más? ¿Medicina? ¿Tecnología? ¿Enseñanza?
Caleb solo vacila un instante.
—Simulaciones. Quiero aprender más sobre las simulaciones.
A Jeanine se le iluminan los ojos.
—Entonces tú y yo tenemos algo en común. Y resulta que conozco el sitio perfecto para ti.