Capítulo 23
TRIS
—¡D E RODILLAS !
Durante una fracción de segundo, cuando aparecen los primeros osados en la Colonia, me maravilla lo bien coreografiados que están.
Entran corriendo en el patio interior formando dos filas perfectas para después dividirse: una fila va hacia la derecha y otra hacia la izquierda, hilera tras hilera, hasta rodear la sala.
El centinela que tengo al lado, el que me ha ordenado que me ponga de rodillas, me empuja el hombro con su arma.
—¡De rodillas! —repite.
Aunque los superamos en número, la única arma del edificio es la de Jove y ella no la saca.
Asiente con la cabeza en dirección a las personas que tiene más cerca y, poco a poco, todos nos hincamos de rodillas.
Busco a Evelyn en la multitud, pero no la encuentro.
Debe de seguir arriba y se mantiene oculta.
Me percato de que estoy jadeando, así que tengo que ralentizar la respiración para no desmayarme. Veo que algunos levantan los brazos y se llevan las manos a la cabeza, como si ya hubieran hecho esto antes.
Puede que lo hayan hecho antes. Si nuestra regla más importante es «que no te pillen», por algo será. Nunca se me ocurrió preguntar qué pasa cuando nos pillan.
Noto las baldosas frías bajo las rodillas.
Levanto la vista hacia el centinela de mi izquierda.
Todavía tiene las facciones tersas como las de un niño y lleva una segunda arma en la pistolera de la pierna, al lado de mi hombro.
Diría que es de la edad de Cuatro, y me pregunto si se conocen, lo que me lleva a preguntarme si será Cuatro el que les ha hablado de este lugar.
Aunque no lo habría creído capaz, la gente no deja de sorprenderme.
—Esto es una reunión pacífica —le explica Jove a la centinela que parece comportarse como la líder de este…
pelotón, o como se llamen. Me doy cuenta de que la conozco: es Weaver, la guardia que nos acosó en la depuradora.
Es mayor que el resto, aunque no por mucho; tiene toda la ceja izquierda llena de aros y el cuello cubierto de tatuajes—. No hay ningún motivo para…
—¿Ningún motivo? —la interrumpe Weaver—. Estáis escondiendo a un secuestrador y a la criatura que le robó a su madre. ¿No te parece motivo suficiente?
Miro a Christina. No tengo ni idea de qué está hablando, hasta que, de repente, caigo en la cuenta.
Mae y el Remendador.
El Remendador se llevó a Mae para alejarla de su madre.
Weaver señala a Mae, que está a pocos metros de mí, echada sobre el costado de su hermano mayor, con el rostro oculto en su hombro. El Remendador ha levantado una mano para rendirse, pero con la otra le sujeta la cabeza a Mae, y los anillos dorados de los dedos brillan a la tenue luz del patio.
Dos osados se abren paso entre la multitud de bailarines ahora arrodillados y se detienen frente a él. Frente a nosotros.
—Entrégala —ordena uno de ellos.
—Es mi hermana —responde él, fulminando con la mirada a los osados a través del mechón de pelo oscuro que le cae sobre los ojos—. No quiere vivir con nuestra madre; se lo podéis preguntar.
—Es una niña —replica el osado—, y debe estar con su madre, no en un antro sin facción que prácticamente se cae a pedazos.
—No está a salvo en casa —le suelta el Remendador, al que le tiembla la mano con la que sujeta la cabeza de Mae—. ¿Os dijeron eso cuando os enviaron a aterrorizarnos? Le hacían daño…
—¡Ya basta! —grita Weaver—. Quítasela de una vez.
Los soldados se abalanzan sobre Mae y los acontecimientos se precipitan.
Los sin facción que me rodean se ponen en pie de un salto. Christina y Colin, Jove y T, al que le gusta hacer pájaros de papel y nos enseña a leer los mapas, corren hacia el Remendador. Los guardias osados vienen a por nosotros desde todos los ángulos.
Noto una presión en el pecho. Pienso en la mujer sin facción con una aguja en el cuello, muerta en el suelo. Pienso en las cenizas de Robert comprimidas para formar un ladrillo conmemorativo.
Todo el mundo grita: los osados ordenan que no nos movamos, los sin facción ordenan que retrocedan y el Remendador sigue en el suelo, a mi lado, mientras Mae solloza y chilla contra su pecho.
Entonces, se oye un disparo; el ruido ahogado de un proyectil no letal, pero horriblemente doloroso, y alguien que suena como Rory deja escapar un grito. Colin lanza un puñetazo; los osados empiezan a forcejear con él y con T. Yo corro a cubrir a Mae y caigo sobre el Remendador.
Lo veo por el rabillo de ojo: la pistola en la funda del muslo de un guardia osado.
El Remendador también la ve. Es como si todo lo que me rodea se ralentizara y guardara silencio.
El Remendador intenta alcanzar la pistola con la mano libre, pero yo reacciono y le doy un manotazo en el codo para apartarlo.
—¡No! —exclamo, mirándolo a los ojos—. No.
No es más que un instinto que se convierte en certeza: si roba esa pistola, la violencia subirá de nivel. Es como en la Ceremonia de la Elección, cuando la aguja que mató a la mujer sin facción condujo a la bala que mató a Robert.
Los ojos enormes y desesperados del Remendador se clavan en los míos, y entonces oigo:
—¡Parad! ¡Parad todos!
Evelyn baja la escalera.
No sé bien por qué funciona. Quizá algunas personas posean una voz más poderosa que las demás; tal vez los sin facción hayan reconocido su timbre y cadencia.
Es posible que cualquiera con ese tono y volumen hubiera detenido la pelea, llegados a este punto.
El caso es que los sin facción se quedan paralizados y, con ellos, los de Osadía.
—¿Puedo preguntar quién está al mando? —dice Evelyn, en un tono más calmado.
Nunca la había oído hablar así. Creo que es la voz de la esposa del líder del consejo. Me pregunto cuánto hace que no la usaba.
Weaver sale de la refriega y apunta a Evelyn con su arma.
—¿Y tú quién eres?
—Bueno, no tenemos un sistema de organización formal, como seguro que ya sabes, pero soy la de más edad de los presentes, así que no me importa hacer de portavoz —responde Evelyn utilizando la misma voz tranquila.
Tiene los brazos en alto, con las palmas de las manos hacia Weaver—. ¿En qué puedo ayudaros?
Intercambio una mirada perpleja con Christina. En el suelo, a diez metros, Rory sigue retorciéndose de dolor, con la mano en el pecho, donde la aguja del arma osada debe de haberle acertado.
—Aquí hay una niña a la que se apartó ilegalmente del cuidado de su madre —indica Weaver—. Hemos venido para recuperarla y detener al culpable.
—Ya veo. Supongo que habrá algún tipo de juicio, ¿no?
—¿Juicio?
—Bueno, acabas de acusar a alguien de haber cometido un delito, así que se tendrá que celebrar un juicio para determinar si es culpable, además de qué hacer con la niña, ¿correcto?
—Hm… —titubea Weaver—. Sí. Supongo. Aunque mi trabajo no es…
—Muy bien —la interrumpe Evelyn—. Entonces, yo acompañaré al acusado y a la niña a vuestro centro de detención para discutir el asunto con tu supervisor. ¿Te parece justo?
Weaver parpadea. Estoy maravillada. Evelyn ha logrado que una negativa parezca una respuesta poco razonable a una petición perfectamente razonable.
—De acuerdo, pero no quiero forcejeos.
—No los tendrás. ¿John? —No sé con quién habla hasta que el Remendador se pone de pie, abrazando a Mae, que se sorbe los mocos—. Vamos con estas personas para resolver el asunto.
El Remendador asiente. Se abre paso entre sus agresores y defensores, y se pone al lado de Evelyn.
—Los demás, será mejor que os larguéis —grita Weaver—. No se os permite ocupar este edificio, y menos siendo tantos. Hay espacio para todos vosotros en el sector de los sin facción, al norte de aquí. Enviaré a alguien dentro de dos días para asegurarme de que hayáis obedecido.
Examina la habitación una vez, no sin cierto desdén, y después abre la marcha en dirección al túnel. El resto del pelotón rodea al Remendador, Evelyn y Mae, aunque no vuelven a intentar quitarle la niña. Todos bajan en grupo las escaleras y se pierden de vista.
+ + +
Me paso la hora siguiente como en un sueño.
Lo primero es sacarle a Rory la aguja del pecho.
Jove pide a algunas personas que la trasladen hasta la mesa que está a un lado.
Va a por un botiquín de primeros auxilios, que guardan no sé dónde, se desinfecta las manos y coge unas pinzas.
Rory se retuerce de dolor, así que Jove ordena que la sujeten mientras le baja la camiseta para exponer la clavícula.
A continuación, se inclina sobre ella, con las pinzas temblándole en la mano, hasta que Colin interviene.
—¿Y si dejas que lo haga yo? Tengo buen pulso.
Jove parece aliviada. Le entrega las pinzas a Colin, quien se aplica el desinfectante en las manos y me hace un gesto para que lo siga.
Así lo hago, aunque no sé de qué voy a servir.
Me coloco al lado de la cabeza de Rory, y él se sitúa junto a su hombro.
La chica está llorando; un sollozo le desgarra la garganta.
Colin me pasa un trozo de gasa.
—Cuando la saque, va a sangrar mucho, así que tienes que estar preparada para limpiarla.
—¿Lo has hecho antes?
—He sacado una astilla, ¿eso cuenta?
La situación es tan seria que ni siquiera se me ocurre reír.
Se inclina sobre Rory y, sin vacilar, le clava la punta de las pinzas en la carne.
Ella grita con tal fuerza que me pitan los oídos.
Colin sigue escarbando hasta que ella se revuelve de tal modo contra quienes la sujetan que casi se les escapa.
Entonces, extrae la aguja de un tirón y la sostiene frente a la luz.
La sangre brota de la herida y corro a presionarla con la gasa.
Colin busca un analgésico en el botiquín. Encuentra un autoinyector en el fondo de la caja, lo destapa y se lo clava a Rory en el pecho, junto a la herida.
—Sedante —explica.
Las agujas están diseñadas para infligir un dolor debilitante; la única forma de ahorrárselo es dejarla inconsciente.
Rory tarda unos segundos en relajarse sobre la mesa, pero al final lo hace.
Colin se sienta en el borde, con la respiración alterada.
Todavía tiene las manos manchadas de sangre.
Todos guardamos silencio, pero es un tipo de silencio distinto al que estoy acostumbrada por aquí. Más cargado, de algún modo.
—Que todo el mundo recoja sus cosas —dice Jove en voz baja—. Mañana nos mudamos.
—No iremos al sector de los sin facción, ¿verdad? —pregunta T.
La zona pensada para los abandonados, justo al lado del sector de Abnegación, es el sitio al que van los otros sin facción, los que no quieren vivir en una comunidad, como hacemos nosotros. En la Colonia nadie desea ir allí, donde nos vigilarán de cerca.
—No —responde ella, frunciendo el ceño—, al Museo. Tienen espacio para nosotros hasta que encontremos otra casa segura.
Después de eso, nos dispersamos. Algunos se van a recoger sus pertenencias; otros, a empaquetar las cosas de la cocina; otros, a reunir las lámparas solares. Yo dejo a Colin al cuidado de Rory y subo al taller del Remendador.
Aquí no huele igual que en el resto de la Colonia, sino a detergente, algodón mojado y la raíz de jengibre que a veces masca mientras trabaja.
Por un momento me agobia la cantidad de tela que hay que empaquetar.
Sin embargo, mi experiencia en el centro de donaciones me viene bien: sé cómo doblar la ropa.
«Estante a estante», me digo, y empiezo con el que está más cerca de la mesa para tener una superficie en la que trabajar.
Al cabo de unos minutos, se me une Christina. Estamos una frente a la otra, con la mesa en medio, doblando en silencio. Pensaba que tendría la cabeza llena de cosas, pero la noto vacía.
Esperaba en parte que los osados —la facción que debería haber elegido, la facción que quería elegir— fueran mejores que el resto.
Lo que he descubierto es que se trata de la facción que exilió a Christina mientras su atacante sigue libre.
La facción que quiere apartar a Mae del Remendador y la facción que nos ha echado a todos de este refugio seguro, simplemente porque sí.
Doblo, doblo y doblo.
Vine aquí para descubrir lo que planeaban Evelyn y los radicales. No esperaba simpatizar con ellos.
Es ya tarde cuando regresa el Remendador con Evelyn detrás. Parece destrozado. Tiene los ojos hinchados y rojos, el rostro demacrado y los hombros hundidos. Se acerca al rincón del taller, donde tiene tendido el colchón entre dos percheros, y se tumba de espaldas a la habitación.
Evelyn me llama y me uno a ella en lo alto de la escalera.
Me da la impresión de que todos los demás se han ido a la cama, y no hay casi ninguna luz encendida.
El rostro de Evelyn está a oscuras, salvo por la frente severa y la nariz.
Veo el parecido entre su hijo y ella como si fuera la primera vez.
—Los juicios por la custodia siempre se celebran con un miembro del consejo presente —dice—. Si te pidiera que hablaras con tu madre sobre esto, ¿lo harías?
—Por supuesto —respondo sin vacilar.