Capítulo 22 #2
—¿El tubo? ¿Te refieres a la flauta? —Rory tiene las mejillas rojas, pero hace una pausa y me mira entornando los ojos—. Dios mío, ¿me tomas el pelo?
—Puede —respondo, sonriente.
—Tris, la velocidad a la que estás desarrollando tu sentido del humor me resulta alarmante.
Supongo que está en lo cierto. La semana pasada no dejaba de morderme la lengua. Esta, Rory me da un puñetazo de broma en el hombro. Diría que es un avance.
El guitarrista tira de la misma cuerda una y otra vez, y después acerca la cabeza al vientre de madera del instrumento para escuchar. Las personas reunidas en el centro del patio, listas para bailar, se impacientan.
—A veces cuesta recordar que eras una abnegada —comenta Christina mientras la violinista empieza a marcar el ritmo con el pie.
Quiero decirle que a mí también me cuesta recordarlo; que me cuesta identificarme con la versión de mí misma que se cortó la mano y derramó sangre sobre las piedras.
Y no solo porque después descubrí hasta dónde eran capaces de llegar los líderes de Abnegación para ocultar la verdad, sino por los días anteriores, cuando recorría los pasillos de la sede cada noche e intentaba convencerme de que encajaba en el molde de mi facción.
Ahora me parece evidente que la única forma de hacerlo era aplastándome para cambiar de forma.
—¿En serio? —pregunto, intentando sonar relajada—. Me dicen que soy un poco seca.
Se encoge de hombros.
—Eres como Cuatro. Es conservador, para los estándares de Osadía. Pero tiene… aristas. Como tú.
Me siento algo inestable, como si estuviera sentada en una silla con una pata coja. No estoy acostumbrada a que la gente me mire, a que me mire de verdad, en vez de juntar la ropa gris con el rostro vulgar y decidir que ya han visto bastante.
No sé si me gusta. Que nadie se fije en ti te da cierta libertad, pero también es solitario.
—¿Sabes a qué viene ese apodo? ¿El de Cuatro? —pregunto, deseando cambiar de tema.
—Muchos osados reciben apodos durante la iniciación, aunque suelen estar relacionados con las simulaciones del miedo, y yo no llegué hasta esa fase. Pero no se lo he preguntado. En realidad, le tenía un poco de miedo; no es lo que se dice alguien cariñoso y achuchable.
Pienso en sus ojos oscuros clavados en los míos. Me intimida, sí, pero nunca me ha dado miedo. Como mucho, me hace sentir frustrada.
—No lo sé —respondo—. A mí no me ha parecido tan temible.
Me echa una mirada algo traviesa.
—¿Y qué te ha parecido, entonces?
—De un atractivo excepcional —señala Colin.
Doy un respingo; no era consciente de tenerlo detrás.
—Lo siento, ¿la pregunta era para Tris?
Christina me mira arqueando las cejas.
—¿Algo que opinar?
—Bueno, no es debatible —indico—. Tienes ojos y lo has visto.
—Corrección: tengo un ojo.
Me tapo la boca con la mano al darme cuenta de lo que he dicho.
—Lo siento mucho —digo, sin apartar la palma de los labios.
—No seas tonta, no pasa nada. El Remendador me está haciendo un parche con un ojo enorme pintado en él porque quiero aceptarlo y aprovecharlo.
Entonces la música empieza a sonar de verdad.
Algunas personas aporrean la mesa que han arrastrado desde el otro lado de la sala como si fuera un tambor, mientras la violinista hace chillar las cuerdas con su arco, y el guitarrista y el que toca el banjo se acercan el uno al otro, quizá para emparejar sus notas o cuerdas, o como se llame.
La gente se pone a bailar e intento reconocer los distintos estilos, aunque, como abnegada que soy, me cuesta distinguir si son heredados de las facciones o desarrollados por ellos mismos.
Muevo la cabeza al ritmo de la música y pienso en lo que cantaron todos juntos durante mi primera cena como iniciada de Abnegación. La forma en que las voces imperfectas se fundían. En ese momento me sentí como si, quizá, pudiera aguantar en mi facción.
Y, ahora, aquí estoy.
Christina me da un codazo y me fijo en que el Remendador está junto a mi hombro derecho y me ofrece una mano.
Como siempre, su forma de vestir es única.
Lleva una chaqueta negra brillante y de plástico, como si hubiera sido diseñada para repeler la lluvia.
La camisa que viste debajo es de encaje negro, con puños grandes y caídos en las mangas. Los pantalones son de un blanco puro.
Lo miro. Sé lo que significa la mano que me ofrece: me está invitando a bailar.
—No sé bailar —respondo.
—Considéralo una orden, no una petición. Un intento y después te dejo tranquila, lo prometo.
Suspiro y le doy la mano. Me arrastra lejos de Christina y nos sumergimos en el enjambre de parejas que se balancean siguiendo un ritmo rápido. Parece más difícil que los bailes lentos que suelen llegar entrada la noche, pero el Remendador no parece preocupado.
—Vale, lo que quiero ver ahora es un paso lateral. Encuentra el ritmo y síguelo. Estoy bastante seguro de que hasta una chica abnegada sabe cómo funciona el ritmo. —Arquea las cejas y espera.
Me arden las mejillas. Intento refrescarlas con las palmas de las manos y después doy un paso a un lado. Después, al otro.
—Bien —dice, dándome las manos—. Ahora, intenta poner cara de que no te estoy torturando.
—No quiero engañar a nadie.
—Ah, bien, ahora se ha vuelto graciosa. Venga, adelante y atrás.
Me cuesta unos cuantos intentos, pero consigo seguir sus instrucciones durante un rato.
Soy consciente de que me sudan las manos y de lo tensa y torpe que debo parecer.
Sin embargo, al mirar a mi alrededor, veo que todo el mundo tiene la vista fija en su pareja de baile o en algún punto de la sala; en cualquier cosa menos en mí.
Colin baila con Christina y los ojos le brillan de alegría.
Rory baila con Jove. Y Miles tiene a Mae de puntillas sobre sus pies.
—¿Alguien que te llame la atención? —me pregunta el Remendador.
—¿Qué? No, claro que no.
Noto que le estoy apretando las manos, así que intento relajarlas.
—Tranquila, es una broma. No pasa nada por mirar a un chico.
O a una chica, ya puestos. No pasa nada por bailar, ni por enseñar los brazos, ni por dejarte el pelo suelto.
No pasa nada por ser una persona, por querer cosas, por pensar lo que tú quieras en la intimidad.
—Se me acerca a la oreja como si deseara contarme un secreto—.
No pasa nada por ser libre. —Se echa hacia atrás y sonríe un poco—.
Ahora, ve a bailar con tus amigos, estirada.
Al volver la vista atrás, veo a Colin y a Christina, que ahora se balancean por separado al ritmo de la música.
«No pasa nada por ser libre», pienso, y me suelto del Remendador para acercarme a Colin.
Me obligo a ofrecerle las manos.
Él las acepta y empezamos a bailar.
Es peor bailarín que el Remendador, pero se ríe todo el rato: cuando le pego un pisotón, cuando fracasa en su imitación del hábil juego de pies de Rory, cuando me ve la cara de concentración y cuando nota que a él también le sudan las manos.
Al cabo de un rato, se nos une Rory, que me da una mano a mí y otra a Colin, y nos hace girar.
—¡Como hacíamos en Cordialidad! —nos dice.
Christina también se acerca. El violín chilla con las notas más agudas y el guitarrista pierde el ritmo, y mi cuerpo se calienta por dentro.
En cierto momento, subo la mano y me suelto la coleta.
El pelo rubio enredado cae sobre los hombros y me gusta la sensación.
Sé que he venido con un motivo oculto, que estoy aquí para ganarme la confianza de esta gente y sacarle todo lo que pueda, pero…
ahora mismo, me gusta la soltura con la que me muevo.
Ahora mismo, me gusta lo fácil que me resulta reírme por nada en concreto.
Ahora mismo, me gusta estar aquí.
Así que me parece de una crueldad extrema que, de repente, justo cuando acaba la canción, un grupo de centinelas osados entre en tromba por el túnel y nos apunte con sus armas.