Capítulo 22
TRIS
N O SÉ BIEN CUÁNDO MI MISIÓN de ingresar en los Zorros se convirtió también en la de Christina.
No se une a mí en las carreras —se supone que no debe hasta que se le cure el ojo—, pero empieza a memorizar los mapas, a retar a Colin para ver quién hace más flexiones de brazos y a estudiar los pocos textos sobre comportamiento de las facciones que guardan en la Colonia.
En algún momento entre que la ayudo a cambiarse la venda del ojo y ella me enseña a usar todo mi peso al asestar puñetazos, me dice:
—¿Crees que aceptarían a una chica tuerta?
Es después de cenar y estamos en la zona de entrenamiento, junto a uno de los sacos de boxeo solitarios y rajados del rincón. Los demás siguen abajo, en las mesas del comedor, hablando y riendo.
—Sé que no quieren a nadie que llame la atención —dice—. Por no hablar de alguien que no ve demasiado bien…
Le doy un puñetazo al saco, concentrada en dónde cargo el peso. Me duele el hombro, pero sé que lo he hecho bien por el sonido del puño contra la tela.
—No hay ninguna razón para que no puedas hacer lo mismo que ellos —apunto antes de golpear de nuevo, mientras el sudor me gotea por la nuca—. Lo único es que quizá tengas que esforzarte un poco más. Como yo.
—Sí, supongo —afirma, dándome un toque con el dedo gordo en el pie que tengo adelantado—. Sigues bloqueándote. Mueve los pies.
Doy un paso atrás y después adelante, pero esta vez con un golpe cruzado.
—Con ojo o sin él, a los Zorros no les quedará más remedio que tenernos en cuenta si nos presentamos con sus estandartes —le digo—. Así que hay que encontrar dos. Rory dice que suelen estar en las sedes de las facciones, lo que es una buena noticia para ambas.
—¿Por qué iba a ser una buena noticia? —pregunta mientras me sujeta el saco.
—Porque, entre las dos, conocemos las sedes de tres facciones: Verdad, Osadía y Abnegación. Y sabemos cómo pasar inadvertidas en ellas.
—No pienso volver a Osadía —replica muy seria.
—Pues Verdad.
—¿Y qué pasa con Colin y Rory? ¿Vamos a incluirlos?
—Ellos ya han formado su equipo. Van a por Erudición y Cordialidad, así que ni siquiera nos vamos a cruzar.
—Vale —responde, asintiendo unas cuantas veces—. Sí, adelante.
Faltan dos semanas para la competición.
+ + +
Una semana después, Colin se me acerca durante la comida con una pistola de dardos en la mano.
—De acuerdo, tú te vienes conmigo.
—Hm…, ¿adónde, exactamente? —pregunto.
—Por mucho que entrenes con Christina, los Zorros te van a analizar detenidamente en lo de la defensa personal. Así que necesitas una habilidad, y creo que podría ser esta.
Le echo un vistazo a la pistola de dardos que lleva en la mano. Gretchen me dijo que compensara lo que me falta de fuerza.
Subimos a la azotea de la Colonia, donde alguien ha montado una hilera de tres dianas de papel con cartón por detrás. Sobre todo, se usan para jugar en los ratos libres en los que no hay que trabajar.
—Gracias por pensar en esto —le digo.
—Agradécemelo si se te da bien.
Cojo la pistola. No es sofisticada, nada más que un cacharro con forma de pistola ensamblado con trozos de plástico fundidos, un gatillo y un mecanismo de carga.
Los dardos en sí son demasiado pesados y romos para parecerse a las agujas de Osadía o a las balas de verdad, pero es lo mejor que tienen aquí para entrenar.
—Tú primero —le digo, devolviéndole el arma.
—Antes de elegir Osadía, leí sobre esto —me cuenta, poniéndose frente a la diana mientras sostiene en alto la pistola—.
La guía decía que había que empezar por el suelo: con los pies como la base de una pirámide.
Adelantados, y no en paralelo. —Se los miro: están uno frente al otro, como si fuera a pegar un puñetazo—.
Después hay que usar la mira delantera, aunque en este chisme no hay ninguna —explica, entornando los ojos—.
A continuación, respiras y sueltas el aire, pero solo a medias.
Luego, disparas. —Aprieta el gatillo, pero no pasa nada—.
Ay, mierda. —Hay una palanquita justo detrás de donde se carga el dardo—. Se me olvidó el percutor.
Tira de él y vuelve a colocarse en posición. Esta vez, al disparar, el dardo sale despedido y acierta en el blanco, dentro del segundo anillo más pequeño, y Colin gira sobre un pie para celebrarlo. Después, me pasa la pistola con otro dardo.
Suspiro. Me coloco en su lugar, con un pie adelantado y ambos brazos en alto. Disparo, pero el dardo se desvía de la diana por un amplio margen; apenas roza el papel. Colin lo arranca de la pared y regresa corriendo a mi lado.
—Te has acelerado —me dice—. Tienes que frenar y concentrarte. Venga, otra vez.
—Puedes sacar al chico de Erudición, pero no a Erudición del chico.
—Nada de facciones —me recuerda.
—Ya, claro —respondo, pero le quito el dardo y vuelvo a cargar el arma.
Al levantar el brazo de nuevo, pienso en la meditación que tenía que hacer todas las mañanas durante la iniciación abnegada.
En lo imposible que me resultaba dejar la mente en blanco cuando lo único en lo que podía pensar era en lo frío que estaba el suelo, en el hambre que tenía o en lo mucho que deseaba no estar meditando.
La voz de Eleanor me susurra en el patio: «Estad presentes».
En su momento me parecía absurdo. ¿Cómo vas a dejar de pensar en el pasado, en el futuro… y en todo, en general? Pero me concentro en el círculo rojo del centro de la diana y después en la mira delantera del arma. Inhalo, y lo único que siento es el aire frío en la nariz. Exhalo y disparo.
El dardo acierta en el círculo más pequeño del blanco, a escasos centímetros del centro.
Colin alza los brazos y deja escapar un grito triunfal.
—¡Tiene un don natural! —exclama, aunque aquí arriba no hay nadie más.
Me quedo mirando el dardo y, poco a poco, esbozo una sonrisa. En todo el tiempo que llevo aquí, probando nuevas habilidades, no había descubierto nada que se me diera bien, nada real, que no fuera un juego. Voy arreglándomelas o apenas siguiendo el ritmo. Pero esto… me ha parecido fácil.
«Lástima que no sea real», me recuerdo. Solo lo estoy aprendiendo para convertirme en un Zorro, y solo quiero serlo para descubrir quién robó la pistola que mató a Robert… y por qué.
Por otro lado, quizá pueda ser ambas cosas. Real y no real. Verdadero y falso.
—Vamos a probar de nuevo —me anima Colin, ofreciéndome otro dardo.
Falta una semana para la competición.
+ + +
Seis días después hay un Día del Banquete, como han empezado a llamarlo algunos: un día en el que todos los ocupantes de la Colonia comen a la vez, normalmente para celebrar algo. Nadie nos ha dicho todavía qué.
—… solo se supone que tienes que saltar —dice Christina. Estamos en la mesa grande del comedor y le está contando a Colin cómo funciona la iniciación osada.
—Saltar —repite él—. ¿Saltaste de un edificio a un agujero enorme? ¿Así entraste en la sede de Osadía?
Christina asiente antes de morder la manzana que tiene en la mano.
—Hay una red abajo, evidentemente, pero ninguno lo sabíamos seguro. Yo tenía bastante claro que no iban a matarnos a todos, así que me lancé.
—Casi me alegra habérmelo perdido —comenta Colin.
—No estuvo tan mal. Pero lo de compartir habitación con Peter, también conocido como el diablo personificado…
—¿Te refieres al tío que te apuñaló en la cara? —pregunta Rory con la boca llena de pan. Después vuelve la vista hacia Colin y hacia mí. Todos nos hemos quedado mirándola—. ¿Qué? ¿Demasiado cortante?
—Un poco —respondo.
—Mucho —añade Colin.
Christina se limita a decir:
—En realidad, era más bien afilado.
Se me escapa una carcajada antes de poder reprimirla. Me tapo la boca con la mano. Christina me mira por el rabillo del ojo y después me lo guiña.
—Humor negro —señala Rory—. Me gusta.
En el patio, alguien da unos toquecitos en un vaso para llamar nuestra atención. Nos reunimos alrededor del umbral, y Jove se sube al escalón más alto y se aclara la garganta.
—Hace un par de semanas, algún osado resentido nos quitó una caja entera de papel higiénico sin motivo aparente —dice, y todas las personas que me rodean empiezan a abuchear.
Jove levanta las manos para pedir silencio y se pone seria—.
Nuestros amigos del Museo han tenido la amabilidad de prestarnos parte del suyo, y por eso no nos hemos sumido en el caos absoluto.
Pero la Colonia es el lugar de reunión del gremio de los Zorros, y al gremio de los Zorros no le gusta que un osado mezquino quede por encima.
Entonces se abren las puertas del otro extremo del patio y entran cuatro personas cargando con algo oculto bajo una sábana. Una de ellas es Botas; otra, Gretchen. Lo que llevan a cuestas es grande y cuadrado.
Lo dejan en el centro del patio y Botas, con aire teatral, retira la sábana. Reconozco de inmediato los rollos de papel.
—Cortesía de la sede de los osados. Se lo hemos arrebatado delante de sus narices —anuncia Gretchen.
—¿No querrás decir «debajo de sus culos»? —pregunta Botas, y todo el mundo lo vitorea.
La gente empuja las sillas hacia los bordes para dejar espacio a quien quiera bailar.
Me fijo en que Evelyn, que se ha reunido con Jove al principio de la comida, ahora sube por la escalera a la planta de arriba.
No había vuelto por aquí desde el día que recité las reglas de los sin facción siguiendo sus órdenes.
Supongo que se ha terminado mi trabajo como chica de los recados.
Convertirme en Zorro es la única idea que se me ocurre para llamar su atención.
Levanto la silla en la que estoy sentada, la coloco siguiendo la hilera y me siento en el borde para ver a los músicos afinar los instrumentos. Rory me señala cada uno de ellos y me dice cómo se llaman.
—Guitarra.
—Sí, ese me lo sé.
—Banjo.
—¿Cuál es la diferencia entre eso y una guitarra? ¿Es más redondo?
—Si escucharas los dos por separado, no me harías esa pregunta. Violín.
—Ese es fácil, tiene un palo.
—Es un arco.
—A mí me parece un palo. ¿Y cómo se llamaba ese tubo brillante?