La sexta facción Capítulo 21
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Capítulo 21

TRIS

T ODAS LAS TARDES HAY CLASES de defensa personal justo después de la cena, en una habitación oscura de una de las plantas superiores de la Colonia. Son optativas, a diferencia de las carreras matutinas y las excursiones.

He visto antes entrenar a la gente, corriendo en círculo para calentar, pasando después a la técnica, las peleas por parejas, los ejercicios para mejorar la fuerza y los estiramientos.

No se me permitía empezar hasta ser capaz de subir y bajar de un tren con cierta fiabilidad, así que hoy es mi primer día.

Me pongo algunas de las prendas que me dio el Remendador, holgadas para facilitar el movimiento, y me ato los cordones de las botas.

Llevo el pelo recogido en una coleta, en vez de un moño pegado a la cabeza; no me peino así desde que dejé de vestirme como una abnegada.

Noto el bamboleo de la coleta al caminar y el roce del pelo en la nuca.

Las pocas ventanas que había en la sala de entrenamiento están ahora tapadas con tablas, pero el sol sigue brillando detrás de ellas como si estuvieran ardiendo.

Gretchen me echa una miradita cuando me uno a Colin y a Rory en el fondo, pero no dice nada.

Gracias a las carreras obligatorias, el calentamiento no me cuesta, aunque debo soportar las riñas continuas de Colin y Rory.

Después nos reunimos en círculo para ver una demostración de cómo librarse de un agarre del cuello por detrás: barbilla baja, sujetar el brazo, dar un paso adelante y lanzar.

Al instante me percato de que no podré hacerlo.

Nos dividimos en grupos para practicar y miro con inquietud a Colin.

—No puedo lanzarte al suelo —le digo.

Colin no es tan alto para ser un chico, pero sí mucho más que yo. Y Rory es más alta que ambos.

—Sí —responde—. Ayer estuvimos con patadas a la entrepierna. Eso se te habría dado mejor. —Hace una mueca—. A mí no me hizo tanta gracia.

—¡Pequeña espía! —me llama Gretchen—. Ven aquí.

Me lleva aparte del grupo, más cerca de las ventanas. Noto el calor del exterior, que emana de las tablas que nos aíslan del mundo. Gretchen es más alta que yo —quizá tanto como Rory— y más robusta, con el pelo oscuro y las mejillas siempre sonrosadas. Cruza los brazos y me mira.

—Tris, ¿verdad? —pregunta, y asiento—. ¿Qué esperas sacar de esto, Tris?

Me mira con aire crítico y una ceja arqueada. Recuerdo cómo reaccionó Colin cuando le dije que quería entrar en los Zorros: duda inmediata. Me llamó menuda y débil.

—Mira, encantada de que te unas a nuestros entrenamientos de fuerza y resistencia, pero no quiero que pierdas el tiempo —me dice—. Hay cosas imposibles de superar solo con tus habilidades. Si me enfrento a un oponente más grande que yo, aunque sea mucho peor que yo, ¿sabes lo que haría?

Niego con la cabeza.

—Huir —responde, mirándome fijamente—. Tu apuesta más segura es ser lo más rápida posible.

—Pero no siempre puedes huir, ¿no? ¿Y si te arrinconan?

—Pues gritas con todas tus fuerzas. Pero, en general, tu objetivo debería ser procurar que no te arrinconen. Sé rápida, evasiva, no te metas en una situación en la que tengas que enfrentarte a alguien más grande que tú porque, Tris…, todo el mundo es más grande que tú.

La ira me arde en las mejillas y en el pecho.

—Entonces, crees que, en una crisis, debería huir como una cobarde o gritar para pedir ayuda. Con la remota esperanza de que alguien más grande y fuerte esté por allí cerca. Esas son mis únicas opciones.

—El objetivo es sobrevivir —dice Gretchen—. Esto no es Osadía; nos da igual que nos hagas una demostración de técnica muy llamativa. Si quieres ser un Zorro, búscate otra habilidad útil que puedas practicar y que compense tus carencias en este campo. Si no, no pierdas el tiempo con esto.

Reprimo las lágrimas. Nunca he sido de las que lloran cuando están tristes, pero siempre lo hago cuando me enfado.

Es como si la rabia fuera una fuerza de la naturaleza dentro de mí y exigiera liberación.

Y supongo que, como todo el mundo me ha dicho siempre que debo controlarme, la única liberación posible es a través de las lágrimas.

Parpadeo para frenarlas. Gretchen me pone una mano en el hombro.

—No intento herir tus sentimientos. Aquí hay muchas formas de resultar útil. Es como un cuerpo: no todo se reduce a un brazo o a una pierna. Cada parte tiene su cometido. Todas son importantes.

«Sí —pienso—, pero estoy bastante segura de que prefieres perder un dedo a perder un brazo».

—No has herido mis sentimientos —respondo con frialdad—. Es que no estoy de acuerdo contigo.

Gretchen aparta la mano y se encoge de hombros.

—Haz lo que quieras, pero no puedo perder mucho tiempo, así que…

No termina la frase, pero sé lo que no me dice: que no puede perder mucho tiempo, así que se lo va a dedicar a las personas en las que de verdad cree.

Se aleja y me quedo donde estoy, dolida. Noto que los demás me miran, Rory y Colin entre ellos. Sería humillante volver al ejercicio después de lo que ha dicho Gretchen; sería igual de humillante marcharme después de que me desecharan por ser una pérdida de tiempo.

Tomo aire y regreso con Rory y Colin.

—¿Estás bien? —me pregunta ella.

—Sí, es que se me ha olvidado que tenía que hacer una cosa. Os veo luego.

—Tris…

Pero ya estoy saliendo de la zona de entrenamiento y doblo la esquina para dirigirme a la escalera, donde hay unas cuantas personas que han pegado el mapa a las ventanas y lo rodean para estudiarlo.

Más cerca del vestíbulo, Mae salta a la cuerda con un viejo cable en uno de los rellanos.

Recita entre dientes una rima mientras lo hace, probablemente algo que aprendió en Verdad.

Bajo al dormitorio. Hay unos cuantos en la Colonia, aunque llamarlos «dormitorios» suena más formal de lo que en realidad son: grupos de colchones, cada uno sobre una plataforma baja, con una cajita de embalaje al lado para guardar nuestras cosas.

El rincón que comparto con Colin, Rory y Miles está vacío a estas horas, ya que Miles está aprendiendo a cuidar de la pajarera, y Colin y Rory se han quedado en la clase de defensa personal.

No puedo seguir reprimiendo las lágrimas.

Un sollozo me parte el pecho y dejo que salga.

No es tanto lo que ha dicho Gretchen, sino lo que significa: que lo que quiero no encaja con lo que soy.

Que debería resignarme a llevar una vida dedicada a las labores tranquilas que detesto, solo porque no se me dan mal.

Me sentía atrapada en Abnegación y ahora me siento atrapada de nuevo, pero esta vez por algo de lo que no puedo desertar: mi cuerpo y sus limitaciones.

Me siento al borde de la cama y me sujeto la cabeza con las manos.

—¿Estás bien?

La voz procede del otro lado de la pequeña habitación sin ventanas.

La cama de Christina está frente a la mía.

Se está sentando, con las piernas cubiertas por mantas y una venda nueva en la cabeza.

Para cuando regresé de acompañar a Cuatro a la salida, ella ya estaba dormida; comprensible, puesto que acababa de salir del hospital.

—Sí —respondo, pasándome la palma de las manos por las mejillas—. Sí, estoy bien. Siento haberte despertado.

—No te creo —dice ella en voz baja, como si le hiciera gracia—.

Lo de que estés bien, me refiero. Y no pasa nada; yo tampoco estoy bien.

—Se señala la venda—. Vale, yo primero. Hay otro iniciado, Peter, que lleva semanas tomándola conmigo.

Estoy bastante segura de que es porque su novia, Molly, está en los últimos puestos de la clasificación; así que tenía que librarse de alguien para que ella entrara.

O porque es un sádico cabrón, a saber. —Frunce los labios como si hubiera probado algo ácido y continúa—: Total, que ayer Molly llegó al final de la lista, lo que significaba que la expulsaban hoy.

Así que debería haber visto venir que ocurriría algo.

»Anoche me agarró mientras dormía. Había afilado uno de los cuchillos de untar de la cafetería y no sé qué pensaba hacer con él —me cuenta mientras la miro horrorizada—.

Intenté quitármelo de encima, pero… era demasiado fuerte.

Me apuñaló con el cuchillo y me lo clavó justo aquí —me explica, dándose un toquecito con la punta del dedo en la venda que le cubre el ojo—.

Y ahora… —Se le trunca la voz, pero sigue hablando—.

Ahora me falta un ojo. Y en vez de pensar en cosas prácticas, como si voy a tener una mala percepción de la profundidad o si tendré que aprender a girar mucho la cabeza o lo que sea, en lo único que pienso es…

—Se ríe en medio de un sollozo—. En que voy a ser fea —concluye en voz baja—.

¿A que es una tontería? Porque mira que hay cosas que deberían preocuparme.

—No es ninguna tontería.

—Es un poquito tonto.

—Que no —insisto, frunciendo el ceño—. ¿Sabes lo que creo?

Ella se seca la mejilla y me mira, a la espera.

—Creo que no es por ser guapa o no, sino por no tener la vida que pensabas que tendrías. Por no ser la persona que creías que serías. —Me muerdo el labio—. Pero sigues siendo guapa.

Christina resopla.

—Soy la chica tuerta. Siempre seré la chica tuerta.

—No, vas a ser la chica del parche en el ojo y ¿quién sabe qué hay debajo o cómo le pasó? Una chica con una historia. Una chica que tiene… coraje.

—Coraje —dice, y parece darle vueltas—. De acuerdo.

Guardamos silencio un ratito. Lo único en lo que puedo pensar es en que mis palabras también se me aplican.

Perdí la vida que pensaba que iba a tener.

Aquel día, en la Ceremonia de la Elección, perdí la versión de mí que creía que podía existir.

Y, más que eso; se suponía que las facciones eran los andamios de mi vida, resistentes y fuertes, aunque sus miembros no lo fueran.

Pero el día que mi padre intentó borrarme la memoria, me di cuenta de que esos andamios eran más débiles de lo que pensaba.

Y aquí estoy ahora, intentando descubrir una trama para destruir las pocas migajas de orden que tenemos.

—¿Y tú? —me pregunta Christina.

—Bah, no es nada. La profesora de defensa personal me acaba de decir que no se va a molestar en enseñarme porque soy demasiado menuda.

—¿Qué? —Christina endereza la espalda en la cama—. ¿Estás de coña?

Niego con la cabeza.

—En la iniciación teníamos a un par de chicas más o menos de tu tamaño —me dice—. ¿Sabes qué hizo Cuatro con ellas?

«Cuatro», pienso, todavía preguntándome por el significado del apodo.

—No, ¿qué?

—Les enseñó a defenderse —responde—. Y les dio trucos para enfrentarse a personas más grandes que ellas.

Siento que se me enciende una chispa de esperanza en el pecho.

—¿En serio?

—Pues claro.

—¿Y a ellas… se les daba bien?

—No voy a fingir que no sea una clara desventaja, porque lo es, pero, mira, quien intente hacerte daño no se esperará que alguien como tú se defienda.

Cuentas con el factor sorpresa. Y la sorpresa puede suponer la diferencia entre escapar de alguien y no conseguirlo.

—Se señala el ojo de nuevo, indiferente—.

No soy una experta, pero puedo enseñarte lo que sé, si quieres.

—Sí —acepto, y la chispita de esperanza se convierte en una llama en toda regla—. Sí, me encantaría.