La sexta facción Capítulo 20
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Capítulo 20

TRIS

C UATRO ESTABA IMPRESIONANTE EN EL TREN , a oscuras, a la luz de la luna.

En cambio, bajo la luz brillante de la Colonia…

intimida. Alto, de hombros anchos y con una expresión intensa, como si solo viera problemas que está decidido a resolver.

Ni siquiera pestañeó cuando Jove le puso una pistola en la cabeza.

Y, a continuación, la desarmó sin más.

Todavía estoy un poco aturdida, reviviendo mentalmente el momento. No sabía que fuera capaz de moverse así, con una rapidez letal y una seguridad aplastante.

Evelyn estaba en el taller del Remendador, dejando que Mae le enseñara el fuerte que había fabricado con perchas; una muestra de ternura muy poco común en ella. Ahora vuelve a ser la de siempre, bajando los majestuosos escalones de la Colonia para hablar con nuestros… invitados.

La sigo, más por curiosidad que por otra cosa.

—Yo me encargo, Jove. Gracias —le dice Evelyn, aunque tiene la vista fija en Cuatro.

Jove, armada de nuevo, se aleja. Noto que la gente que tengo detrás observa, a la espera de lo que suceda.

—Hola —lo saluda Evelyn con calma—. Me alegro de verte. Y qué pronto.

Noto una inquietud en su voz que no le había percibido antes. Evelyn, la dura estratega sin facción, cede el paso a una Evelyn completamente distinta. Lo que solo sirve para que Cuatro apriete la mandíbula.

—Esta es Christina —dice él, señalando con la cabeza a la chica que tiene al lado—. Una vez me dijiste que este lugar era un refugio seguro. Espero que sea cierto.

Miro a Christina de arriba abajo, intentando averiguar cuál es la relación entre ambos. Es alta, atlética y guapa, incluso con la cabeza vendada. Viste ropa osada, aunque no parece tan mayor. Puede que una iniciada.

—Por supuesto que es cierto —afirma Evelyn—. Aunque reconozco que no esperaba que entraras sin llamar por nuestra puerta principal.

—Ah, bueno, la vida da muchas vueltas inesperadas, ¿verdad?

De repente, noto la tensión en el aire, como justo antes de que empiece a llover o en el último segundo de inestabilidad previo al derrumbe de un edificio.

Sé que no debería seguir aquí; he ido a por Evelyn, he ayudado a calmar las aguas y ahora debería esfumarme.

Sin embargo, si me muevo, atraeré la atención sobre mí, así que me quedo lo más quieta posible.

Evelyn lo observa durante unos interminables segundos y después se vuelve hacia Christina.

—La historia de cómo has llegado hasta aquí es solo tuya, y tú decides si quieres contarla y cuándo —le dice—.

Pero en este lugar rechazamos el sistema de facciones que se sostiene en la desigualdad.

Si es una idea que estás dispuesta a explorar y puedes acceder a seguir unas cuantas reglas básicas, eres bienvenida. ¿Tris?

Me pongo firme de repente.

—Hm…, ¿sí?

—Dile cuáles son las reglas.

—Ah. —Lo que menos deseo en el mundo es recitar lo que me dijo Rory cuando llegué, como si fuera un loro amaestrado.

Pero es importante que demuestre mi lealtad a los sin facción…

, a Evelyn—. Bueno… La primera regla es que no te pillen.

La segunda es que arrimes el hombro. Y la tercera es que… nada de facciones.

Christina me mira a los ojos. Intento sonreír para tranquilizarla, pero no estoy segura de que funcione.

—¿Y bien? —le pregunta Evelyn.

—Claro. No parece complicado.

—Fantástico. —Evelyn sonríe, aunque no le llega a los ojos—. Jove te buscará un sitio para dormir y te dará algunos artículos de primera necesidad. Y, a no ser que pienses quedarte… —añade, hablando con Cuatro—, Tris te acompañará a la salida.

—No necesito niñera —responde él—. Y menos una que es claramente un intento de manipularme.

—El tema es que yo necesito a alguien que se asegure de que salgas de aquí sin desvelar nuestra posición.

Y si te creyera capaz de mantener una conversación civilizada conmigo, te acompañaría yo misma.

Pero, como eso no parece ser posible… —Se encoge de hombros—.

Me conformaré con enviarte con mi esbirra, como tú la has llamado.

No tiene motivos para pensar que no sea otra cosa que una esbirra de Evelyn, pero oír que es así como me ve escuece, de todos modos.

Sé que, cuando la gente me mira, no ve gran cosa: nada más que a una chica sin facción a la que todavía se le pegan, como rocío, los restos de su vida abnegada.

Sin embargo, sigo esperando ser más algún día.

Podría estar imaginándomelo, pero creo ver una chispa de arrepentimiento en el rostro de Cuatro, como el movimiento de la llama de una vela.

Evelyn asiente y empieza a alejarse. Sin embargo, tras unos cuantos pasos, se vuelve de nuevo hacia él.

—Aquí siempre eres bienvenido —le dice—. Llames o no.

+ + +

Algo apartada de ellos, observo a Cuatro y a Christina despedirse, sin saber todavía bien qué relación los une. Ella le ofrece una sonrisa que él no le devuelve. Cuatro le pregunta si va a estar bien y ella asiente. En el último segundo, antes de que él se dé media vuelta, ella lo abraza.

—Gracias, Cuatro.

Entonces nos volvemos a quedar los dos solos. El recluta de Evelyn y la esbirra de Evelyn.

Bajamos los escalones que conducen al túnel entre los edificios, y estoy pensando en que recorreremos todo el camino en silencio, salvo por el eco de nuestros pasos, cuando, de repente, habla:

—¿Cómo te has convertido tan deprisa en el soldadito de plomo favorito de Evelyn? ¿No acababas de desertar?

Frunzo el ceño, aunque él no lo vea.

—Conozco las reglas. Solo hay tres; no es tan difícil.

—Todos la miráis como si fuera una especie de heroína.

Quiero discutir con él, decirle que no tiene ni idea de cómo la veo; que no soy una niña soñadora sin facción que no es capaz de ver lo que tiene delante de las narices.

Al fin y al cabo, fue a mí a quien apuntó Evelyn con un arma en la Ceremonia de la Elección.

Y soy yo la que está aquí para averiguar lo que traman Evelyn y sus radicales.

Pero me muerdo la lengua. Tengo que ganarme la confianza de Evelyn, y no el respeto de Cuatro. Si eso hace que tenga una pésima opinión de mí, bueno, que así sea.

—Si aquí hay algún «soldadito de plomo», ese eres tú —replico, para cambiar de tema—. ¿No eres centinela?

Él se ríe un poco. Resulta desconcertante no verle la cara.

—¿Por qué lo dices?

El recuerdo de la Ceremonia de la Elección me llama de nuevo. Su mano en mi brazo. Me levantó. ¿Qué llevaba puesto? Creía que era un uniforme de centinela, pero quizá fuera simplemente negro. Solo recuerdo sus ojos. Por ese color tan extraño.

No quiero decirle que nos hemos encontrado antes. Por lo que sea, me parece demasiado íntimo reconocer que me salvó de la estampida, pero que mi rostro es demasiado vulgar para que lo recuerde.

Así que digo:

—La mitad de vuestros trabajos tienen que ver con patrullar la ciudad o estar en el muro con un arma en la mano.

Aunque hay otro tipo de osados. Parece una persona capaz, en todos los sentidos de la palabra. Firme y difícil de alterar. Quizá sea un técnico sanitario.

—Soy instructor de los iniciados —me explica— y técnico de simulaciones.

Un profesor. Me trago una carcajada. No porque no sea creíble, sino porque, de haber elegido lo que debería…, él habría sido mi profesor.

Algo me roza los nudillos… son sus dedos, que se deslizan sobre los míos en la oscuridad mientras nuestras manos se balancean en direcciones opuestas. Aparto la mía al instante. Me noto arder la cara y, esta vez, me alegro de que no pueda verme.

—¿Técnico de simulaciones?

—Cada miembro de Osadía tiene que pasar por dos simulaciones del miedo al año. La mayoría programa unas cuantas sesiones de práctica antes de pasar por la prueba. Yo soy el que las dirige.

—Y las simulaciones del miedo… ¿Son lo que indica su nombre?

—¿La manifestación literal de un encuentro simulado con tus miedos más profundos? Sí. Es justo lo que indica su nombre. —Hace una pausa—. Una pesadilla, supongo.

La luz del día de la boca del túnel empieza a llegar hasta nosotros. Ahora le veo las cejas rectas y oscuras, y el ángulo de la mandíbula.

—En realidad, no —respondo—. A mí me gustaría saber qué temo realmente. Preferiría enfrentarme a ello de cara.

Me mira con el ceño ligeramente fruncido.

—Dicho así parece muy sencillo. Me pregunto si opinarías lo mismo de haberlo experimentado en carne propia.

Es imposible que entre sin más en el complejo de Osadía para buscar una simulación del miedo, pero, por un instante, parece que eso es lo que quiere que haga. Aunque solo sea para verme fracasar.

Se aclara la garganta.

—El caso es que no soy un soldado. Ni tampoco un imbécil lamebotas, como pareces pensar.

—Bueno, pues ten en cuenta que quizá te equivoques conmigo tanto como yo contigo.

—Entonces, dime por qué.

Estamos en el edificio que está junto a la Colonia, cerca de la salida del callejón. Se vuelve hacia mí y cruza los brazos sobre el pecho. Me fijo en que la tela de la camiseta se tensa alrededor de los músculos; aparto la vista.

—Evelyn es la que me trajo a la Colonia. Me ayudó, así que quería devolverle el favor. Me pidió que me asegurara de que supieras que, si no eras feliz donde estabas, había alternativa.

—Ah, ¿y ya está? —pregunta, arqueando las cejas.

—¿Qué pasa con vosotros dos? Parece que la odias. Es como si la conocieras…

Me callo de repente y me viene a la cabeza la imagen de los dos de pie, hombro con hombro. La mandíbula apretada y el ceño fruncido. Y me siento tonta, muy muy tonta, por no haberlo visto antes.

—Eres Tobias. Eres Tobias Eaton.

Con razón hay tanta tensión entre Evelyn y él. Dejó que la diera por muerta.

Durante años.

Él da un paso hacia mí y, de repente, no puedo ver nada más. Solo a él, la tensión de sus hombros y el estallido de su aliento, ahora rebosante de ira.

—No me llames así —me dice.

Me obligo a mirarlo a los ojos.

—Me apellido Prior.

Es como si le hubiera dado una bofetada.

Está claro que había olvidado que yo estuve allí, como amiga de la familia, en su hogar de la infancia; que le dejé una flor sobre la mesa para consolarlo; que permanecí sentada, con las manos sobre el regazo, frente al desconsolado Marcus Eaton; que estuve presente durante la supuesta muerte de su madre.

—Eres… aún más manipuladora de lo que pensaba —dice, tembloroso—. Pero, de acuerdo, sabes de dónde vengo y crees que con eso basta. Bueno, pues eso no es nada, Beatrice. —Baja la voz—. Y no conoces a Evelyn. Si así fuera, quizá no estarías tan dispuesta a aliarte con ella.

—Pues cuéntame lo que debería saber.

Contengo el aliento porque se me ocurre que quizá… quizá esté a punto de descubrir lo que planean los sin facción, aunque a través de una fuente inesperada.

Él niega con la cabeza y empuja la puerta que da al callejón.

Lo sigo al exterior, donde el aire es más fresco.

Entonces, antes de llegar al final, oigo el crujido de la grava bajo unas botas y me muevo por instinto: le pongo una mano en el pecho y lo empujo contra el edificio. Es tan sólido como una pared.

—¿Qué…?

Me llevo un dedo a los labios y él guarda silencio. Oigo el eco de voces en el exterior. Deben de ser patrullas osadas, porque ningún abandonado hablaría tan fuerte en la puerta de una casa segura.

—¡Tiene que estar por aquí! No dejo de verlos…

—Estoy bastante seguro de que he visto una luz por ahí…

Miro a Tobias. Él observa mi mano, que sigue sobre su pecho; me he agarrado un poco a su camiseta. Aparto la mano de golpe, aunque no me muevo, por si tengo que impedir de nuevo que nos delate. Veo el movimiento de su cuerpo al respirar y procuro escuchar los pasos de fuera.

Los oigo cada vez menos; se alejan de nosotros en vez de acercarse, hasta que las voces desaparecen.

—Será mejor que te vayas —le digo.

—Sí.

—Yo cuidaré de ella. De tu amiga. Christina.

—Gracias —responde, y sale al callejón.

Vuelve la vista atrás una vez y desaparece.