La sexta facción Capítulo 19
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Capítulo 19

CUATRO

S ALGO TARDE DE LA CASA DE Z EKE porque se ha empeñado en enseñarme a jugar al póquer, y Uriah y él me han ganado todas y cada una de las alubias que usábamos de monedas.

Decido tomar un atajo por el Pozo para volver a casa, dado que, al ser Día de Visita, ahora estará más vacío que las calles que rodean el complejo de Osadía.

Estoy recorriendo con sigilo el sendero del Pozo, pegándome a las sombras, cuando oigo un grito.

Corro hacia él antes incluso de analizarlo. En esta parte del Pozo, solo puede proceder de un sitio: los barracones de los iniciados.

Publicamos la clasificación antes y los primeros eliminados se sabrán en cuestión de días. Debería haberme imaginado que ocurriría algo malo. Debería haber estado pendiente, sin quitarles el ojo de encima…

Empujo con el hombro la puerta de los barracones. La luz de la lámpara de emergencia que tengo detrás se derrama por la habitación. A un lado, alguien se retuerce en el suelo, y sus gritos se han convertido en sollozos. A su alrededor hay salpicaduras de sangre roja y reluciente.

La persona del suelo toma forma. Piernas largas, brazos morenos al aire, pelo recogido en trenzas. Christina. Está bocarriba y se sujeta la cara con las manos. Y del ojo le sobresale la empuñadura plateada de un cuchillo de untar.

Se me acelera el corazón. Corro hacia ella, me hinco de rodillas a su lado y le toco el hombro. Ella chilla y se aparta.

—Soy yo, soy Cuatro —le digo.

—Sácamelo —gime ella—. ¡Sácamelo!

—No puedo hacerlo. —Le sujeto las muñecas cuando se acerca las manos al ojo. Intento apartarle los dedos de la cabeza con toda la delicadeza posible—. Escúchame. —Yo soy el que tiene que calmarse; necesito respirar—. Por favor, escúchame.

Clava el ojo ileso en mí, anegado de lágrimas. Otros iniciados nos rodean; los noto a mi alrededor, pero no aparto la vista. La sangre le resbala por un lado de la cabeza, pero el cuchillo evita que salga más. Se me revuelven las tripas. Procuro mantener una expresión lo más neutra posible.

—Hay que dejarlo ahí —digo.

—No, no —responde ella entre sollozos—. No puedo, lo quiero fuera…

—Lo sé, lo sé —respondo, apretándole de nuevo las muñecas—. Y te lo vamos a sacar, pero primero tenemos que llevarte al hospital. Yo voy contigo, ¿vale?

De haber tenido alguna duda sobre las aptitudes de Christina para entrar en Osadía, se estarían disipando por momentos, ya que solo llora unos segundos más antes de tomar aire y decir:

—Vale.

—¡Lynn! —grito.

—Aquí —contesta ella desde algún punto a mi derecha.

Sale de la oscuridad, vestida con una camiseta extragrande negra y las piernas desnudas. Parece pálida, pero lo bastante tranquila.

—Ve a buscar a Shauna —le digo—. Ponte unos zapatos primero. Al…

Miro a mi alrededor y lo veo en la pared del fondo, con los puños contra el pecho, como una rata, y el rostro mojado de lágrimas.

—Déjalo. ¿Will?

Will está al lado de la puerta, con el pelo pegado a un lado de la cabeza, aturdido.

—¿Quieres que avise a Eric?

—No, a Max.

Lo que me faltaba es tener a Eric en la misma habitación que esta chica que tiembla de pies a cabeza, tirada en un charco de su propia sangre.

Me percato de que todavía la sujeto como si siguiera intentando sacarse el cuchillo de la cabeza, así que relajo los dedos.

Me sorprende agarrándose a mi mano para entrelazar los pulgares.

Puede que tiemble, pero me aprieta con fuerza.

Diría que es como una pesadilla, pero ni siquiera mis pesadillas son así, con este olor a cobre y sudor, la piedra dura bajo las rodillas, la chica llorosa que guarda silencio y se resigna a no moverse.

Y, en alguna parte, acechando en la oscuridad frente a mí, está la persona que le ha hecho esto, como una serpiente que ha vuelto a rastras a su madriguera.

Shauna está a medio vestir cuando entra corriendo en la habitación, con Lynn pegada a sus talones. Se coloca junto a la cabeza de Christina y la mira en busca de…, bueno, ni idea. No sé qué puede ver en este horror una técnica sanitaria que yo no vea.

—He llamado a una ambulancia; debería estar esperando fuera para cuando salgamos de aquí —dice—. ¿Crees que puedes cargar con ella? Yo le sujetaré la cabeza.

Christina es alta para ser una chica, pero estoy bastante seguro de ser capaz de levantar hasta a Al, siempre que signifique no tener que pedirle a alguien con un cuchillo en el ojo que se mueva solo. Asiento, y Shauna le da un toquecito a Christina en la cabeza.

—Hola, soy Shauna y soy técnica sanitaria. Voy a llevarte a un hospital. Cuatro cargará contigo y yo me aseguraré de que la cabeza no se te mueva ni un milímetro. ¿Vale?

Intento no sacudirla demasiado al meterle los brazos bajo las piernas y después los hombros. Me levanto, no sin cierta dificultad, y entonces recuerdo…

—Uri —digo.

—Aquí. —Uriah se materializa a pocos pasos de mí. Por una vez, no sonríe.

—No permitas que salga nadie hasta que Max se entere de lo que ha pasado.

Examino al grupo de iniciados que tengo delante. Está Myra, pegada a Edward. Al, encogido en un lateral. Un puñado de nativos de Osadía cuyos nombres no me he tenido que aprender. Y, al fondo de la habitación, con los brazos cruzados y el rostro en sombras, Peter.

+ + +

Horas después, abro el grifo del baño del hospital y meto debajo la cabeza.

El agua fría se me derrama por el pelo corto. Me rodea las orejas y me gotea en la boca.

Es por la mañana. Hace unas horas, la doctora —una erudita de voz severa— le ha dicho a Christina que no podía salvarle el ojo, aunque le han conectado un implante a los músculos y le han cerrado el párpado con unos puntos.

La reacción de Christina ha sido estoica.

Perturbadora, en realidad, aunque no es que yo sea un modelo de salud mental.

Dejo correr el agua unos segundos y después cierro el grifo sin moverme. Me quedo donde estoy, encorvado, con el agua chorreándome de la cabeza, hasta que me duele la espalda.

Cuando me enderezo, tengo la camiseta algo mojada, pero me siento mejor, con las ideas más claras.

Regreso al pasillo, donde unos cuantos doctores y enfermeros corren de camino a la siguiente emergencia.

Visten de todos los colores, ya que el hospital es uno de los pocos sitios de la ciudad en el que se mezclan las facciones.

Me hago a un lado cuando pasan junto a mí y después regreso a la habitación en la que han metido a Christina.

Está tumbada en la cama, con la cabeza envuelta en unas vendas blancas y una manta sobre las piernas. Y a los pies de la cama está Eric.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto.

—Creo que la respuesta es evidente. He venido para ofrecer mis condolencias.

—No está muerta.

—Lo que está es… incapacitada para seguir con la iniciación de Osadía —responde él con voz amable, como si hablara con un niño después de una pesadilla.

Respiro hondo para no pegarle un puñetazo en la boca tachonada de metal.

—No hay ninguna razón para que no siga —replico—. Solo tendrá que saltarse las luchas en la pista mientras se recupera y pasar a la siguiente fase.

—Si se salta su última pelea, quedará por debajo de la línea de corte —dice Eric, de nuevo en un tono paciente y comprensivo.

—Me importa una mierda tu estúpida línea de corte…

—Cuatro —me interrumpe Christina con voz ronca pero lo bastante alta como para cortarme a media frase—. Déjalo.

La miro. Tiene la cabeza vuelta hacia la pared y la mirada perdida. Por lo menos, alguien le ha limpiado la sangre de la cara. Está pálida.

—Ya no quiero ser de Osadía —anuncia—. Así que no tiene sentido que te pelees con él. Si quieres ayudarme, puedes alejarlo cuanto antes de mí.

Trago saliva. Parece mucho más pequeña en esta cama, metida bajo las mantas, conectada a los monitores.

Parece tan joven como es…, como lo somos todos.

Demasiado joven para que toda tu vida se derrumbe por culpa de un matón.

Demasiado joven para perder por completo la fe en el sistema del que has formado parte toda tu vida.

Eric tiene el pelo negro pegado a la nuca, lacio y sudoroso, recogido en una coleta. Me mira como si me retara. «Atrévete a seguir peleándote conmigo. Atrévete a que te echen de tu puesto de instructor».

—Ya la has oído —le digo—. Le gustaría que te fueras y, como ya no eres su líder de facción, te sugiero que obedezcas.

—Por supuesto —responde Eric, y la sonrisa le tensa el labio inferior, tirándole de los piercings—. Imagino que volverás al trabajo en algún momento del día, ¿no?

—Estoy enfermo. Es probable que me sienta mejor por la tarde.

—Asegúrate de que así sea.

Después sale de la habitación y oímos sus botas rechinar sobre las baldosas. Espero unos segundos antes de volverme hacia ella.

—¿Crees…? —empieza a decir, ahora más débil—. ¿Crees que mis padres me aceptarían durante una temporada? ¿Solo hasta que… mejore? —Se le rompe la voz—. No sé adónde ir, si no.

—Seguro que sí. Pero, si prefieres no ponerlos en esa tesitura, yo conozco un sitio.

Puede que no esté deseando unirme a los sin facción, pero tampoco voy a negarle ayuda a Christina. Y Evelyn se asegurará de que esté a salvo si se lo pido, aunque solo sea para manipularme.

Christina se seca el ojo con una mano.

—Ah, ¿sí?

—Tengo amigos, por si no lo sabías —respondo, probando a aligerar el ambiente—. ¿Eso te sorprende?

—La verdad es que sí. Me da la impresión de que pasas mucho tiempo solo.

—Y, en tu imaginación, ¿qué hago cuando estoy solo? ¿Tallar madera?

Ella sonríe, y yo me lo tomo como una buena señal.

+ + +

Estoy bastante seguro de que conocer la ubicación de su casa segura va contra las reglas, pero a Evelyn no pareció importarle cuando me contó cómo podía contactar con ella. Así que intento no darle vueltas mientras cruzo con Christina la calle del barrio abandonado.

Shauna nos ha traído hasta aquí en la ambulancia, lo que también va contra las normas, pero no pensaba dejar que Christina caminara sola hasta la casa segura con la cabeza vendada y dopada de analgésicos.

Lleva los susodichos analgésicos en una bolsa que repiquetea con cada paso que da, además de vendas y un frasquito de antibióticos recién impreso en la máquina de medicamentos del hospital.

Shauna también le ha dejado algo de ropa limpia. No tenía mucho más que llevarse.

—No lo sé —dice Christina—. Parece abandonado, ¿no?

—Esa es la idea —contesto, y paso por encima de las malas hierbas para quitar el tablón que cubre la ventana antes de ofrecerle una mano para que se apoye al trepar.

Una vez dentro, lo vuelvo a colocar en su sitio.

Delante de nosotros se extiende la oscuridad, aunque veo algo de luz más adelante. Avanzo hacia ella.

Christina me sigue, algo inestable. Tanteo la pared con una mano y ella camina detrás de mí.

Cuando llegamos al final del pasillo, nos paramos y nos quedamos pasmados.

Estamos en una sala grande y luminosa que contrasta tanto con la oscura fachada de piedra que me pregunto si no habremos cruzado un portal a otro mundo.

El techo es de cristal abovedado, dispuesto en delicados patrones geométricos, y los suelos están formados por baldosas claras y pulidas.

La estancia está llena de gente; algunos comen en pequeñas mesas, otros pasean por los laterales.

Ahora que estoy aquí, la verdad es que no sé qué hacer. No era consciente del tamaño de este lugar, ni de lo iluminado y concurrido que estaría. Vacilo y, en mi momento de vacilación, los sin facción empiezan a fijarse en nosotros.

Al principio se limitan a mirarnos, hasta que dos personas corren hacia nosotros desde dos puntos distintos. Me pongo delante de Christina justo a tiempo para que una chica de pelo negro, que no debe de ser mayor que yo, me apunte con una pistola a la cabeza.

Me quedo paralizado y se me seca la boca.

Por su fabricación, sé que está cargada con munición no letal —agujas, las llamamos—, pero no deja de ser doloroso, y no me apetece que me disparen; menos aún en el cráneo.

Noto un jadeo detrás de mí cuando Christina se agacha.

La acaban de atacar; no debería tener que enfrentarse a algo así en estos momentos. Debería haber venido yo solo primero.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunta la chica.

Sujeta el arma sin fuerzas y con poca convicción. Si fuera una de las letales que usan los centinelas del muro, no me atrevería a hacer nada. No soy tan estúpido. Sin embargo, se trata de una pistola de agujas y no me gusta que me amenacen.

Levanto las manos para mostrarles que no voy armado y, en un segundo, tengo una mano en su muñeca y la otra en el arma. Le retuerzo el brazo con la fuerza justa para que suelte la pistola y después sujeto el arma. Le doy la vuelta y la apunto con ella.

Todo el mundo guarda silencio.

—Nunca te acerques tanto a la persona a la que apuntas —le aconsejo—. Solo le facilitas que haga lo que acabo de hacerte.

Después le doy la vuelta de nuevo a la pistola y se la ofrezco. Ella la mira con suspicacia.

Entonces veo a Tris al otro lado de la habitación. Parece distinta a como la recuerdo en la oscuridad del tren; más menuda, rodeada de tantas personas más altas que ella, pero, aun así, es quien atrae mi mirada.

—¿Quieres que vaya a buscar a Evelyn? —me pregunta, y su voz se oye perfectamente en el silencio de la sala.

—Sí —respondo—. Eso estaría bien.