La sexta facción Capítulo 18
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Capítulo 18

CUATRO

H OY ES EL D ÍA DE V ISITA .

En el Día de Visita, todas las familias, incluso las de otras facciones, pueden reunirse y pasar tiempo juntas.

El Pozo se llena de padres que abrazan a sus hijas, madres que abrazan a sus hijos, hermanos que bromean entre ellos, y abuelos y abuelas que suben por el empinado camino que lleva hasta el edificio de arriba.

En otras palabras: una pesadilla.

Estoy deseando alejarme de todo esto, aunque solo sea durante una hora o así.

Salgo a correr justo después del alba y después me subo al tren que se dirige al oeste, hacia el complejo de Cordialidad.

Nunca he tenido demasiados motivos para ir a Cordialidad.

Cada trimestre me toca acercarme al muro que rodea nuestra ciudad para asegurarme de que los repetidores de señal —que amplían el alcance de los ordenadores osados para poder proyectar simulaciones fuera de las fronteras de la ciudad— estén en funcionamiento.

Pero, más allá, están los invernaderos de Cordialidad que brillan al sol, las ordenadas hileras de maíz, trigo y soja, los rebaños de vacas rumiando…

Son cosas que solo vi de cerca una vez, de pequeño. Lo recuerdo como si fuera un sueño.

Pero no voy a llegar hasta allí.

Me bajo del tren en la última parada antes de Cordialidad, un puesto fronterizo solitario que da a una calle abandonada.

Aquí, los árboles se han saltado sus límites y las raíces se hinchan bajo las aceras rotas.

Las enredaderas envuelven las paredes de los edificios desmoronados.

Ni siquiera los sin facción pueden vivir aquí.

Evelyn está junto a la barandilla, contemplando el estanque de abajo. Diría que fue cosa de una boca de incendios estropeada, pero ahora es un ecosistema al completo. Las algas flotan en la superficie del agua. Las ranas saltan por la orilla.

Hoy, Evelyn viste como una osada, con ropa negra y la tupida melena recogida en una trenza. Se endereza al verme.

—Es el Día de Visita —comenta con la sombra de una sonrisa, aunque los ojos siguen tristes.

Odio cuando la gente me mira así.

—Sí. Así es más sencillo largarse sin que nadie se dé cuenta.

—Claro —responde, apartando la vista—. Tris me dijo que habéis mantenido una conversación interesante.

—De eso quería hablarte. Te dejé bastante claro lo que pensaba de abandonar las facciones, así que deja de enviarme a tus esbirros para convencerme de que deserte.

Evelyn frunce el ceño.

—No es ninguna «esbirra». Pensé que tendríais cosas en común, eso es todo.

—No, creías que sería una buena herramienta.

—Sé que estás enfadado conmigo…

—¿Enfadado? —pregunto, resoplando.

—… pero nunca te he dado razones para creer que soy una especie de maestra de la manipulación.

—Me has dado razones para creer que eres una mentirosa.

Ella da un respingo, como si la palabra fuera un puñetazo, y casi… casi me siento mal por ello. Pero lo he dicho en serio.

Se vuelve hacia el estanque y apoya los codos en la barandilla. Se ha puesto de nuevo la máscara, así que su rostro controlado no expresa nada.

—Bueno, ¿me has invitado a venir para reprenderme? —pregunta—. Porque, si es eso, tengo cosas mejores que hacer.

—No. —Me vuelvo para que ambos miremos en la misma dirección: hacia fuera, y no el uno al otro.

Hay un conejo saltando junto al estanque.

Mientras lo observo, mastica una brizna de hierba agitando el hocico—.

En realidad, quería darte la oportunidad de ser sincera conmigo.

Debes de tener algún motivo para insistir tanto.

Así que o me dices qué es… o me dejas en paz. Para siempre, esta vez.

—Se acerca un gran cambio y, cuando llegue, no te conviene estar en el bando equivocado, rodeado de la gente equivocada.

—Bueno, la gente adecuada estaba gritando «muerte a las facciones» en la Ceremonia de la Elección. De ese cambio me hablas, ¿no? Por lo que veo, las facciones siguen a cargo de todo.

Aunque no la esté mirando, siento la energía que la recorre como una corriente eléctrica. Con Evelyn siempre sucede demasiado por debajo de la superficie, como si su cuerpo no pudiera contenerla del todo.

—No es un sueño lejano. Es inminente.

—¿Y crees que debería entusiasmarme la idea de darle la espalda a mi vida entera por ese «sueño inminente»? ¿El mismo sueño que mató a un crío que no tenía culpa de nada?

—Eso fue una desgracia. Pero solo ocurrió porque un centinela disparó primero.

—Los centinelas son mi gente, por si no lo sabes. Tengo un nombre osado, un trabajo osado y toda una vida osada. No voy a dejarla sin más por una de tus vagas afirmaciones.

Su reacción es repentina: deja caer la mano con fuerza sobre la barandilla y se vuelve hacia mí. Soy mucho más alto que ella, y más grande, pero retrocedo de todos modos.

—Voy a matarlo, y eso no es más que el principio —anuncia—. ¿Te parece lo bastante específico?

No necesito que me diga a quién se refiere. Solo hay una persona. Mantengo la mente en blanco y el cuerpo inmóvil. «Voy a matarlo», esa es la verdad pura y dura que le pedía, ¿no? Sin embargo, ahora que la tengo, desearía no saberla.

—Ya veo, y, si fuera yo mismo, debería sentirme orgulloso de lo monótona que suena mi voz, de lo tranquilo que estoy. Pero no soy yo, está todo mal, como si me encontrara dentro del cuerpo de otra persona, viviendo la vida de otra persona—. ¿Y pensabas que a mí me parecería bien?

—Pensaba que lo aceptarías. Y lo harás, claro.

No es una pregunta, así que no la respondo. Aunque no hay ningún tren a la vista, ni lo habrá hasta dentro de otra hora, más o menos, no puedo seguir aquí.

—Adiós, Evelyn.

Cuando me alejo, me dice en voz más alta:

—Me vendría bien tu ayuda para lo que sucederá después. Si cambias de idea, me puedes encontrar en la Colonia.

La Colonia. Claro. Así llama al edificio decrépito que no está lejos de la sede de Osadía, con las ventanas tapiadas y las malas hierbas bloqueando la entrada.

Esa es la glamurosa vida sin facción que quiere para mí.

Sigo caminando.

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Regreso a la sede de Osadía. Mi plan es pasarme por las tiendas para buscar unas cuantas cosas y esconderme en mi habitación el resto de la jornada.

De camino hacia allí, paso junto a las familias de los iniciados: un hombre alto de Verdad que, supongo, estará buscando a Al; las personas, en apariencia, sorprendentemente normales que engendraron a Peter; y una versión más joven de Christina que arde en deseos de asomarse al borde del abismo.

Y entonces me encuentro con la madre de Zeke y Uriah.

Se llama Hana. Es menuda, tanto de alto como de ancho, y más recatada que los osados que suelo ver a diario. Va vestida de negro, por supuesto, pero la ropa está hecha a medida y lleva el cuello de la camisa planchado. La melena le forma una línea perfecta en paralelo a la mandíbula.

—Cuatro —me llama—, mi hijo me dijo que hoy tenías que trabajar y que por eso no cenarías con nosotros.

—Sí, señora —respondo, y casi hago una mueca con ese «señora» que se me escapa de entre los labios. Cuesta perder algunas costumbres.

Hana arquea una ceja.

—Sé dónde trabajas, Cuatro.

Los iniciados tienen libre el Día de Visita, lo que significa que no necesito enseñarles nada; además, a nadie le apetece mucho, que se diga, ir por gusto a la sala de simulaciones. Debería haberle pedido a Zeke que se inventara una excusa mejor. No voy a ser buena compañía.

Hana me da una palmadita en el brazo y dice:

—Pues nos vemos a las seis.

+ + +

Zeke me mira con cara de disculpa cuando aparezco en la puerta de su madre seis horas más tarde, cargado con un pan envuelto en papel marrón. Aunque sonríe al ver el pan.

—Qué hogareño por tu parte —dice—. ¿Lo has hecho tú?

—Es de buena educación traer un regalo —contesto—. Y no, no lo he hecho yo.

—Pero podrías haberlo hecho, ¿a que sí?

Le lanzo una mirada asesina.

—No pienso responder a esa pregunta.

—¡Deja de fastidiarle e invítalo a pasar de una vez, Ezekiel! —le grita Hana desde la cocina.

No es la primera vez que estoy aquí. A veces, por ejemplo, acompaño a Zeke cuando tiene que llevarle algo a su madre o recoger a Uriah.

Normalmente, me quedo en la entrada, que está repleta de fotografías enmarcadas de Zeke, Uriah, Hana y su difunto marido; un hombre perforado, tatuado y siempre sonriente, al igual que Uriah.

Pero, a veces, Hana me obliga a cenar con ellos.

Siempre me habla como si me conociera, aunque yo hago todo lo posible por no conocer a nadie.

Lo de esta mañana es como una pesadilla que permanece de fondo, aunque el recuerdo se haya vuelto borroso. Me lo he quitado de la cabeza. Que Evelyn quiera hacer algo no significa que vaya a hacerlo. O que pueda.

Más allá de la entrada hay un piso luminoso y cómodo.

Las paredes son de ladrillo rojo; el sofá del salón, que se hunde por el centro, tiene al lado una estantería llena a rebosar de libros muy desgastados.

Hay plantas en todas las superficies disponibles y un gato gris se abre paso con cautela por la mesita de centro. Eso es nuevo.

—¡Líos, baja de ahí! —grita Zeke, espantándolo con ambas manos. El gato lo mira y maúlla.

—¿Le has puesto «Líos» a un gato?

—Se lo ha ganado.

Zeke me quita el pan y lo deja en la encimera, al lado de su madre.

Hana está picando carne cruda —algo poco habitual, incluso en Osadía— con un cuchillo enorme. Uriah remueve una olla con salsa roja al fuego. Tiene el labio partido después de la pelea de ayer contra otro de los nativos de Osadía. Brett. Brody. No me acuerdo.

Zeke está en la otra encimera con una cebolla en la mano. La coloca con el tallo hacia arriba en la tabla de cortar y sostiene el cuchillo por encima de ella.

—Alto —le digo—, no destroces una cebolla que no te ha hecho nada.

—No voy a destrozarla.

—Anda que no. Pásame el cuchillo.

Zeke lo suelta y se aparta de la encimera con las manos en alto, como si fuera a detenerlo. Me pongo delante de la tabla de cortar y le doy la vuelta a la cebolla. Hace unos cuantos meses que no hago esto —no me molesto más de lo necesario cuando cocino para mí—, pero es algo que no se olvida.

—Nadie me va a creer cuando cuente esto mañana —comenta Uriah.

—¿Cuando cuentes lo bueno que soy con el cuchillo? —pregunto, señalándolo—. Pues claro que te van a creer.

—Uriah, creo que te pedí que le subieras la colada a la señora Davis para que no intentara hacerlo ella sola —dice Hana—. Ezekiel, pon la mesa.

—Pero si a la cena todavía le queda mucho.

—Así tienes tiempo de sobra para hacerlo bien.

Tanto Zeke como Uriah desaparecen, y me concentro en cortar la cebolla a lo largo, sin llegar a separar los trozos todavía.

Durante unos largos segundos, me dedico a escuchar el sonido del cuchillo al picar, el borboteo de la olla al fuego y el siseo del agua cuando Hana lava algo en el fregadero; son sonidos que me recuerdan a mi casa.

Y, al pensar en casa, se me forma un nudo en la garganta.

—Bueno, dime, ¿cómo le va de verdad a Uriah? —me pregunta Hana.

—Le va bien —respondo, algo sorprendido—. Muy bien. ¿No se lo ha contado?

—No me refiero a su clasificación, sino a cómo se lleva con todo el mundo. ¿Se está portando bien?

Me río. No le digo que, en estos momentos, con que ningún iniciado ataque a sus compañeros en la sala de entrenamiento, me daré por satisfecho con su conducta.

—Sí. —Paso el dedo por la parte plana de la hoja del cuchillo para echar los últimos trocitos de cebolla en la tabla y después vuelvo la cabeza para mirarla—. No tiene nada de lo que preocuparse con Uriah.

—¿Y tú? ¿Cómo te va a ti?

Le ofrezco la tabla de cortar. Ella señala la olla con la cabeza.

—Ahí, por favor.

Añado poco a poco la cebolla a la cacerola y después muevo la salsa para integrarla. El olor es fuerte…, complicado. No he comido nunca nada parecido. Se me hace la boca agua y casi se me olvida lo que me ha preguntado.

—Ezekiel me cuenta que te pasas mucho tiempo en tus simulaciones del miedo —comenta y yo sigo removiendo—. Debes comprender que todas las personas necesitan a alguien que se preocupe por ellas.

El «y tú no pareces tener a nadie» está implícito.

Dejo la cuchara a un lado.

—Esta promoción concreta de iniciados me está estresando mucho —le cuento—. Y siempre he tenido una manera muy peculiar de enfrentarme al estrés, supongo.

Hana se recoge un mechón de pelo detrás de la oreja. Lleva unos pendientes que reconozco por las fotos de la entrada: los de su difunto marido. Por un momento, me pregunto cómo serían cuando estaban juntos. ¿Se pelearían? ¿Bromearían? ¿Las dos cosas?

—Eres muy disciplinado. Eso no es malo. Pero procura no usar esa disciplina para castigarte, por así decirlo.

De repente, pienso en ella. He pensado mucho en ella en los últimos días, Beatrice, un nombre estirado para una chica sin facción…

O, mejor dicho, he pensado en lo que me dijo: «No encajas del todo en ninguna parte, estés donde estés».

Incluso en Osadía, a pesar de lo bien que se me da todo lo que me han dicho que debe dárseme bien, sigo sin encajar del todo, ¿verdad?

«La alternativa, que tú seas el que está roto, es insoportable».

Creo que estaba hablando de ella. Demostraba esa sabiduría única de alguien que ya ha perdido todo lo que más temía perder.

Pero también hablaba de mí. Y sus palabras me persiguen.

«Creo que por quererlos no les debo una versión de mí que no es real».

Me concentro en Hana. Hana, que solo intenta decirme que no me haga daño, de una forma u otra. Me aclaro la garganta.

—Sí, señora.

Ella sonríe.

—Como me vuelvas a llamar así, me sentiré tan vieja que me arrugaré como una pasa.

Entonces coge un diente de ajo de la encimera y me mira arqueando una ceja.

Se lo quito y regreso a la tabla de cortar.