La sexta facción Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Porque ella… —Se interrumpe—. No. Eso tampoco lo voy a hacer.

—¿Hacer el qué?

—Este… teatro en el que tú te haces la inocente para pillarme con la guardia baja. Créeme, tengo la guardia donde debe estar.

Me río un poco.

—Sí, ya lo veo.

—No hay nada que puedas decirme que ella no me haya dicho ya. Así que mejor para, ¿vale?

Ahora estamos entre estaciones, pero, de no ser así, seguro que habría saltado del tren y tendría que perseguirlo por la calle.

O puede que ni siquiera me hubiera molestado.

¿Qué más me da que un centinela osado se una o no a los sin facción?

Solo he venido para hacerle un favor a Evelyn y ganarme su confianza.

Lo que significa que, por lo menos, tengo que intentarlo.

—Vamos a hacer un trato. Yo intento decirte algo nuevo y tú me escuchas. Y, si no tengo éxito, te bajas en la siguiente parada.

—Eso te da unos veinte segundos.

Se me forma un nudo en la garganta. Decido que no tengo nada que perder.

No sé nada de este chico, salvo lo que me ha dicho Evelyn: que su compromiso con Osadía pende de un hilo, por la razón que sea. Y sé lo que es eso; lo sé a la perfección. Así que le hablo de mí.

—Elegiste la facción equivocada, o eso crees.

No encajas del todo en ninguna parte, estés donde estés.

Y, cuanto más descubres sobre el mundo, sobre esta ciudad, sobre todas las cosas que te habían contado, más dudas sobre adónde ir y qué hacer.

—Las palabras brotan como si llevara semanas esperando decirlas, y puede que así sea.

Puede que solo estuviera esperando la oportunidad—.

Crees que nadie encaja en ninguna parte y solo fingen hacerlo.

—No protesta. Sigo—. O tienes que creerlo, porque la alternativa, que tú seas el que está roto, es insoportable.

El tren frena al acercarse a la siguiente estación.

Cuatro está en medio del vagón vacío, con las manos colgando a los lados.

No se agarra a nada, a pesar de los bandazos del tren; tiene las botas bien plantadas y el cuerpo se le balancea con sutiles movimientos para mantenerse erguido.

No me cuesta imaginarlo luchando contra un asaltante abandonado en una patrulla. Seguro que pega unos buenos puñetazos.

La estación llega y se va. Cuatro no salta.

—¿Por qué te uniste a ellos? —me pregunta, con voz más amable.

Mientras caminaba hacia la estación de tren, intentaba pensar en una respuesta a esta pregunta.

Podría decirle que Abnegación borra recuerdos solo porque les resulta más cómodo, o que sentía que me asfixiaba al pensar en toda una vida mordiéndome la lengua, o incluso el arrepentimiento inmediato que sentí al dejar caer mi sangre sobre las piedras. Pero no lo hago.

Le digo algo completamente nuevo:

—Estaba desapareciendo. Me di cuenta de que sería más útil yéndome que quedándome. Y… supuse que, si voy a sentirme así, si voy a sentirme siempre fuera de lugar, será mejor que esa sensación tenga un propósito. Que sirva para algo.

Cuatro asiente. Camina hasta colocarse frente a mí, con el hueco de la puerta entre ambos. Ya no me molesta estar tan cerca del borde, por mucho que el tren se incline al virar; a él tampoco parece importarle.

—¿Y dejaste a todos tus seres queridos atrás…, sin más? —pregunta—. Porque eso es lo que ella me pide que haga.

Me vuelvo hacia la ciudad. Estamos muy arriba ahora, cerca de la entrada a la sede de Osadía, aunque nunca la he visto. Detrás tenemos el pantano y, delante, las siluetas oscuras e irregulares de unos edificios, las líneas rectas de las calles rotas y el arco de la valla que nos cerca a todos.

Y, más allá, ¿quién sabe?

—Creo que por quererlos no les debo una versión de mí que no es real.

La fuerza de mis palabras, de la verdad que encierran, me empuja hacia atrás sobre los talones.

No es algo que haya sabido expresar hasta ahora.

En realidad, la única persona que dejé atrás es a mi padre, pero saber que está ahí fuera, avergonzado por mi ausencia, decepcionado conmigo, quizá incluso fingiendo que ya no tiene una hija…

, es un dolor tan profundo que, aunque supiera cómo calmarlo, me resultaría imposible llegar hasta él.

Sin embargo, cuando pienso en lo que le debo por haberme dado la vida, no se me ocurre nada.

No pedí nacer. Nunca le prometí que sería siempre la misma.

De todos modos, nadie puede hacer algo así.

—¿De verdad no sabes por qué te ha enviado? —pregunta Cuatro en voz más baja, ahora que estamos más cerca.

Me percato de que me ha estado mirando fijamente desde la última vez que hablé. Es como si no supiera qué pensar de mí o como si intentara resolver algo; como cuando una persona se enfrenta a una pregunta cuya respuesta conocía, pero no recuerda.

Niego con la cabeza.

—Porque —dice, y se ríe un poco—… porque hizo una suposición y supuso bien.

El tren vuelve a frenar. Cuatro se agarra al tirador de la puerta y yo sigo demasiado pasmada para responder.

—Dile que me lo pensaré —añade sin mirar atrás.

Después salta del vagón, aterriza de pie en el andén y desaparece de mi vista cuando el tren toma otra curva.