La sexta facción Capítulo 17
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Capítulo 17

TRIS

R EGRESAMOS A LA C OLONIA unas cuantas horas después. No he dicho nada en todo el camino de vuelta. Estaba pensando en la acusación de Weaver y en que me da la impresión de que Carr se la creía, a pesar de que Jove lo negara. «¿O somos una sexta facción de genios del crimen?».

Sigo pensando en ello cuando entramos en el vestíbulo.

Por la noche, el patio interior está siempre a rebosar; se encuentra en el centro de la Colonia, como el corazón de una manzana, así que es uno de los pocos lugares en los que podemos encender faroles por la noche y ver el cielo nocturno sin preocuparnos por los centinelas.

Algunas personas tocan música. Otras brindan en el rincón, como si celebraran algo.

—¿Esos son Zorros? —le pregunto a Rory, dándole un codazo.

—Puede —responde, y se encoge de hombros—. ¿Por qué?

—Me preguntaba si brindan por su victoria —respondo, pensando en la fuga del centro de detención.

Rory parece desconcertada.

—¿Qué victoria?

Evelyn está al borde de la sala, apoyada en una columna.

La he visto unas cuantas veces desde que llegué —siempre está entrando y saliendo con los Zorros por las mañanas—, pero no hay forma de acercarse a ella.

Todos los abandonados parecen venerarla, prácticamente.

Siempre está rodeada, y ¿quién soy yo? Nada más que una descarriada. No soy nadie.

Veo que Jove se aproxima a Evelyn, así que yo también me acerco un poco más con la esperanza de escuchar lo que dice. Sin embargo, como no quiero que resulte demasiado evidente, solo capto las últimas palabras de Jove.

—… puede que sea buena idea compensárselo.

—Tomo nota —responde la otra mujer—. Pero ha merecido la pena.

Seguro que está hablando del ataque al centro de detención. Me pregunto a quién habrán soltado de las celdas y por qué estaban detenidos.

Entonces, Evelyn me ve observándola. Antes de poder desviar la mirada, se aparta de la columna y se dirige a mí.

—¿Te importa acompañarme un momento? —me pregunta.

Lleva una chaqueta verde oscuro hecha de lona.

Se ha delineado los ojos con un lápiz negro.

¿Cómo sería para ella dejar Abnegación? Desde que llegué aquí, he oído que por aquel entonces era más duro ser un sin facción.

No cultivaban su propia comida, ni tenían una cuadrilla de ladrones robando artículos de primera necesidad.

Por lo que cuentan, ella fue la que lo cambió todo. Sus ideas, su liderazgo, sus planes…

Quizá los mismos que acabaron con Robert.

Miro por encima de ella y veo que el Remendador sube por las escaleras con Mae. Está dormida sobre su hombro, con el pelo tapándole la cara.

—Vamos afuera —dice Evelyn, y me conduce por el vestíbulo, cruzando unos suelos de madera cubiertos de arañazos que han conocido días mejores.

En la parte de atrás del edificio, bajamos los escalones que dan al túnel.

No es la entrada por la que llegué, pero sí la que ahora uso más a menudo.

Los abandonados no quieren arriesgarse a que los centinelas descubran todos sus escondites, así que recurren a astutas estratagemas para disfrazar sus entradas y salidas.

Este túnel conecta la Colonia con el edificio de al lado.

Huele a moho y el camino está bordeado de faroles cargados por energía solar que nos iluminan.

Caminamos durante un trecho sin que ella diga nada.

—Necesito tu ayuda con algo.

Su mirada aguda me recuerda a la de un coyote que deambulaba por el sector Abnegado cuando era niña. No tenía la rabia, dijo mi padre, pero era salvaje y estaba hambriento.

Evelyn también está hambrienta, aunque no sé bien lo que busca.

—¿Mi ayuda? ¿Con qué?

—Consejo. Sobre un recluta.

—¿Un recluta? No sabía que… reclutarais.

—Normalmente, no. Pero, como te imaginarás, toda ayuda es buena. Así que, cuando descubrimos que alguien no está contento con su vida… —Se encoge de hombros—. Nos aseguramos de que conozca sus opciones. Como hicimos con tus amigos, los «fracasados de las facciones», creo que se hacen llamar.

No sé cómo se las apañan para averiguar que alguien no está contento con su vida, pero no se lo pienso preguntar. No cuando está a punto de confiarme algo.

—¿Para qué quieres mi consejo si acabo de llegar?

Al final del túnel, subimos hacia el edificio vacío que hay al lado de la Colonia.

A través de las ventanas veo el cielo, ahora de un azul oscuro, con la luna alta y fina, en cuarto creciente, rodeada de los puntitos de las estrellas.

El suelo está combado, pero los sin facción han colocado tablas para poder salir al callejón.

Unos zarcillos de hiedra enfermiza trepan por las paredes.

—Este recluta… tiene más o menos tu edad. —Hace una pausa—. La mayor parte de los miembros jóvenes, los que no nacieron abandonados, fracasaron en su iniciación. Tú no. Decidiste marcharte porque tu compromiso vaciló, como le sucede ahora a él.

—Ah —respondo.

No lo había pensado así. Técnicamente, no es posible fracasar en la iniciación de los abnegados. Si no cumples lo que te ordenan, te castigan, pero no te echan. No te expulsan de ninguna manera.

Al mirarla, me doy cuenta de que las dos tenemos algo en común. Evelyn tuvo que salir de allí, igual que yo, solo que desconozco la razón.

Eso da igual. Lo que importa es por qué estoy yo aquí: para descubrir qué provocó la muerte de Robert. Para descubrir qué planean los abandonados. Y, si deseo lograrlo, tengo que ser una de ellos. Deben confiar en mí.

—Este recluta…, ¿estás segura de que no es feliz donde vive ahora?

—Lo estoy —responde, arqueando una ceja.

—Bueno…

Pienso en cuando mi madre me explicó los caminos que se me presentaban. Quedarme en Abnegación y fingir olvidar. Quedarme y trabajar para cambiar mi facción desde dentro. O irme. Irme y descubrir algo nuevo.

Lo que no me dijo es qué debía hacer ni adónde debía ir. Como el sistema de facciones que Evelyn odia, solo me ofreció alternativas.

No me imagino a esta mujer, la de los ojos de acero y la pistola en la mano durante la Ceremonia de la Elección, haciendo lo mismo.

—No puedes forzarlo —le explico—. Solo tienes que escuchar.

Casi hago una mueca al decirlo porque sé que no es suficiente. Seguro que se le escapa una carcajada a mi costa.

—Eso será suponiendo que hable conmigo —responde—. Y, créeme, no lo hará.

Mira hacia el túnel como si estuviera a punto de sugerir que volvamos a la Colonia. Se me acelera el corazón. Tengo que ofrecerle algo más, un motivo para confiar en mí.

—Pues envía a otra persona —le aconsejo—. Si no quiere hablar contigo…, puede que hable conmigo.

Parece una estupidez de sugerencia, pero no reacciona como si lo fuera. De hecho, reacciona como si estuviera esperando que le dijera justo eso.

—Puede que lo haga —contesta.

+ + +

Evelyn y yo no regresamos a la Colonia, sino que recorremos la cuadrícula de calles que la rodea y después caminamos por una acera rota hasta la estación de tren más cercana. «Quincy», me digo antes de ver el cartel.

Subimos la escalera que da al andén. Los edificios nos cercan por todas partes. A pesar del aire cálido, me estremezco.

—Ya estará dentro cuando tú subas. Así que no te asustes.

—¿Cómo se llama? —le pregunto.

Ella mira las vías.

—Se hace llamar Cuatro. Es un apodo de Osadía.

Cuatro. ¿Por qué un chico osado se pondría de nombre un número?

—Gracias por tu ayuda —dice Evelyn.

«Ya me darás las gracias si sirve de algo», pienso, pero asiento e intento parecer segura de mí misma.

Vislumbro el tren que se desliza por las vías a lo lejos; la luz de la luna se refleja en el costado metálico en su avance.

Cada vez se acerca más, traqueteando, y echo a correr.

Lo siento detrás de mí, su calor y su energía, y esprinto para no quedarme sin suelo.

Siguen sin dárseme bien la mayoría de las cosas que los abandonados quieren que aprenda, pero ahora al menos sé cómo calcular cuándo darlo todo en una carrera. Me agarro al asidero y me meto en el vagón.

El recluta ya está en el tren. Sabía que sería así, pero, la verdad, no estaba preparada para… esto.

Para él.

Gracias a que lo baña la luz de la luna, puedo verle los ojos. Azules, pero no del azul claro de la mañana, sino oscuros, como la noche, el sueño, la espera.

Es el centinela que me ayudó en la Ceremonia de la Elección.

Me quedo mirándolo, de repente sin habla. El tren toma una curva y sigue traqueteando sobre los raíles al subir a la vía elevada. Pierdo el equilibrio y él se estira para sujetarme. Me rodea el pálido antebrazo con los dedos. Tiene los nudillos callosos.

Recupero el equilibrio y me aclaro la garganta.

—Gracias.

Al igual que en la Ceremonia, me mira con tal fijación que estoy segura de que nada lo desconcentra nunca. Hace que me cosquillee la piel.

Sin embargo, no parece reconocerme. Seguro que no se acuerda de mí y, la verdad, no lo culpo. Cuando me ayudó a levantarme en la Ceremonia de la Elección, yo era una simple chica abnegada idéntica a cualquier otra. Una estirada más.

Y ahora… Ahora no sé lo que soy del todo.

Va vestido de negro, aunque no le veo piercings ni tatuajes ni ninguna de las ostentosas marcas de Osadía. Sí le asoma algo de tinta negra por la nuca, encima del cuello de la chaqueta, pero apenas se vislumbra.

—Creía que Evelyn era la que había solicitado esta reunión —dice con la voz grave y clara.

—Así es, pero me ha pedido que acuda yo en su lugar.

—Ah, ¿sí? —replica en tono agrio—. ¿Y quién narices eres tú?

—Beatrice —digo primero, por la costumbre—. Tris.

El recluta, Cuatro, ya está negando con la cabeza.

—No. De ninguna manera. —Se aparta de mí—. Te ha enviado a convencerme de algo que no me interesa.

—No me ha enviado. Me he enviado yo.

—No me cabe duda. Y tampoco me cabe duda de que fue idea de ella, igualmente, y te hizo pensar que era tuya.

Abro la boca para protestar, pero recuerdo cómo me miró cuando le sugerí ir en su lugar; como si lo estuviera esperando.

Cuatro me mira con intención.

—Como te decía, te ha enviado ella. Y sé muy bien por qué y…

—¿Por qué?

Resopla.