La sexta facción Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Todo lo que dice parece sacado de un manual para abandonados.

Me quedo mirando el contenedor, sintiéndome impotente. No creo ser capaz de levantar mi propio peso, ni aunque me fuera en ello la vida.

—Ahora te parece imposible, lo sé —me comenta Jove—, pero te prometo que eres capaz.

No sonríe al decirlo, así que creo que va en serio.

Pasamos al siguiente tanque, donde ya hay un contenedor esperándonos, y observo a Carr hacer lo mismo: quitarle el tapón, levantarlo, verter el coagulante y pulsar el botón verde.

No es un trabajo difícil, pero cuando la novedad de la tarea se convierte en tedio, se hace muy largo.

Al cabo de una hora, bajamos de nuevo los escalones y entramos en el almacén —que no es más que una esquina llena de contenedores idénticos al que ha levantado antes Carr— para que pueda echarse otro al hombro como si fuera un saco de patatas.

Mientras nos dirigimos al siguiente tanque, se oye un estruendo.

No decido agacharme y taparme la cabeza; ya lo estoy haciendo cuando identifico el sonido. Oigo el tintineo de cristales rotos y hago una mueca. Una mano me cae sobre el hombro y me aparto de ella, de modo que me doy en el hombro contra la húmeda pared.

—Tris —me dice una voz tranquila. La de Jove.

La miro y me doy cuenta de que no hay cristales.

Los hubo en la Ceremonia de la Elección. Cuando murió Robert.

—Lo siento —me disculpo, y me obligo a enderezarme, aunque todavía tengo el corazón acelerado.

Alguien está gritando, pero el espacio es demasiado grande y hay demasiado eco para distinguir lo que dice.

Carr deja el contenedor y corre hacia el sonido; Jove, con el ceño fruncido de preocupación, lo sigue. Tras apoyarme en la pared para recuperarme, corro tras ellos.

Weaver, la centinela de antes, es la que grita. Está llamándonos para que acudamos todos a la parte de delante. Los otros centinelas del paso elevado la rodean, además de otros que no había visto al entrar. Todos llevan sus pistolas de agujas.

—¿Qué pasa? —le pregunta Carr a Weaver—. Estamos en plena…

—Me importa una mierda lo que estéis haciendo —lo interrumpe ella—. Quiero que me habléis del ataque.

—¿Ataque? —pregunta él, que mira a su alrededor, claramente desconcertado—. Aquí no hay ningún ataque, Weaver.

—Aquí no —responde ella, frunciendo el ceño—. En el centro de detención; vuestros colegas abandonados han liberado a diez personas, como mínimo, de sus celdas, y sé que ella tiene algo que ver. —Señala a Jove.

—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunta con frialdad la abandonada.

—Has venido aquí sin avisar, con un rebaño de lacayos nuevecitos, sabiendo perfectamente que pediría refuerzos para vigilaros a todos —contesta ella, acercándose—.

Unos refuerzos que, oh, sorpresa, tenían que llegar del centro de detención, ya que es lo que está más cerca.

Y da la casualidad de que se te ocurre hacerlo la noche que tu escoria sin facción ataca el susodicho centro.

Eres una de las que gritan lo de «muerte a las facciones», ¿verdad?

Veo a Colin y a Rory entre dos de los enormes tanques, pero Cassandra y Miles han desaparecido.

—En primer lugar, no tengo ni puñetera idea de lo que estás hablando —responde Jove, cruzándose de brazos—.

Y, en segundo lugar, afirmáis sentir lástima por nosotros porque no contamos con vuestra preciada…

comunidad, pero en cuanto sucede algo que no os gusta, de repente estáis muy seguros de que nos conocemos todos.

—Weaver vacila y Jove la mira con desdén—.

Bueno, ¿qué va a ser? ¿Somos productos defectuosos que no sabemos funcionar en sociedad o somos una sexta facción de genios del crimen?

Weaver toca el esternón de Jove con su arma. Tiene el dedo al lado del seguro, que, para mi gran alivio, sigue puesto.

—No lo sé —le dice—. Pero voy a averiguarlo.

—Adelante. Pero, mientras tanto, debemos cumplir con nuestro trabajo para que nos paguen. ¿Te importa?

Weaver resopla.

—«Mientras tanto», supongo que debería advertirte que hoy nos falta una caja —dice, guardando el arma en la pistolera, pero acercándose más a Jove, hasta quedar a un palmo de su rostro—.

Hay problemas con el fabricador de papel.

Puede que racionar el papel higiénico durante un par de semanas os anime a ocuparos de vuestros amigos radicales.

Si lo que pretendía era alterar a Jove, ha tenido éxito. De repente, la mujer parece haberse quedado sin fuerzas.

Weaver les hace un gesto a los otros centinelas para marcharse.

Intercambio una mirada de sorpresa con Rory, que sigue parada entre los tanques gigantescos, con Colin a su lado.

Jove permanece inmóvil hasta que los centinelas abandonan la habitación; entonces, se sacude las manos, que le tiemblan. Carr la mira con cara rara.

—Lo que ha dicho no era cierto, ¿no? —le pregunta el hombre.

—¿Estás de coña? Aprovechan cualquier oportunidad para hacernos la vida imposible. Da igual que sea cierto o no.

Carr se rasca la barba. No parece demasiado convencido, pero me hace un gesto para que lo siga de vuelta al tanque.