Capítulo 16 #2
—Dentro de unas cuantas semanas. Hm, ¿es que estás pensando en intentarlo?
—Puede —respondo, mirándolo.
Se le ablanda el gesto como cuando mi padre se sentía mal por mí. Como cuando me miró justo después de la muerte de Robert.
—¿Tanto te sorprende?
—Es que… tienes que estar en forma —responde—. Necesitas resistencia y la fuerza suficiente para levantar cosas pesadas. Y también conocimientos de defensa propia, por si te encuentras en una situación difícil.
—¿Y?
—Que eres… menuda. Y débil. —Colin se encoge de hombros—. Se tardan seis semanas en ganar fuerza, como mínimo.
Contemplo de nuevo la ciudad.
«No soy tan débil», pienso, pero no parece cierto.
Espiar a los Zorros no funcionó. Pensándolo bien, fui muy tonta al suponer que compartirían información confidencial en una de sus reuniones matutinas, mientras se tomaban un café, tipo: «Oye, sobre el plan ese de destruir el sistema de facciones…
» o «¿Recuerdas cuando le robamos la pistola al centinela osado del muro?
». Está claro que espiando no voy a descubrir lo que quiero averiguar.
Así que tendré que convertirme en uno de ellos.
+ + +
Nos bajamos del tren —siempre es más fácil que subirse— cerca de la sede de Osadía, según el mapa que ya he memorizado. Me duele el pecho y reconozco que lo que siento es anhelo. Estoy muy cerca de lo que debería haber elegido.
Jove nos reúne en el andén. El sol se está poniendo, así que todo está teñido de un naranja cálido.
—Si os pedí que os pusierais la ropa más sucia que tuvierais es por un motivo —explica—.
Estamos a punto de ir a la depuradora. Es donde mantenemos limpia el agua de la ciudad.
A cambio, las facciones nos pagan con papel, ya que no podemos producir el nuestro.
Pero no nos gusta que las facciones sepan lo bien que nos va porque seguramente lo usarían de excusa para pagarnos menos.
Todo el mundo asiente mientras habla, como si les resultara evidente. Sin embargo, no me imagino a mi padre quitándoles vales a los sin facción solo por verlos bien alimentados y vestidos.
En cambio, sí veo otro problema, algo que Jove se calla: que si las facciones están buscando a un grupo marginal de abandonados y nos ven con buen aspecto y organizados, quizá sospechen que somos los radicales que atacaron la Ceremonia de la Elección.
Y quizá algunos lo seamos. Pero no tengo forma de saberlo… todavía.
—Cerrad la boca y no os relacionéis con nadie —nos ordena Jove—. Es importante que aprendáis todas las cosas de las que nos encargamos en esta ciudad, pero no es necesario que habléis con los centinelas mientras lo hacéis.
Recorremos unas cuantas manzanas entre las calles agrietadas y los edificios altos y oscuros. La mayoría están cubiertos de enredaderas y árboles, que es la forma de reafirmarse del mundo natural. Los marcos vacíos que antes ocupaban las ventanas parecen cuencas oculares.
Esta es la parte osada de la ciudad, y se nota. Nadie se ha molestado en arreglar las aceras ni en limpiar las calles de escombros; lo han dejado como una especie de pista de obstáculos que tenemos que esquivar.
—Vamos hacia el oeste —masculla Colin a mi lado. Todos hemos analizado las direcciones constantemente para intentar memorizar el mapa de la ciudad—. Hacia el río.
Lo de «el río» no es la descripción más apropiada; no circula el agua por los profundos canales que bordean la parte ocupada de la ciudad. Lo que hay son humedales y grupos de árboles y arbustos que crecen por debajo del nivel de la calle. Huelo el pantano en el aire cuando sopla el viento.
Más adelante, la calle se mete por debajo de un paso elevado. Sé que estamos cerca de la depuradora porque veo centinelas bajo el saliente, con franjas iridiscentes en las mangas para que los distingan en la oscuridad.
Frenamos el ritmo. No nos miramos ni hablamos entre nosotros.
—¿A qué venís? —pregunta una centinela cuando estamos al lado.
—A uno de los turnos de la depuradora —responde Jove.
—Madre mía, si ya tenéis a tres dentro, ¿cuántos sin facción hacen falta para manejar eso? —pregunta la centinela. Es de la edad de Jove y tiene patas de gallo de toda una vida riéndose. Ahora mismo, parece reírse de nosotros.
Lleva una chapa con el nombre en el pecho, lo que significa que es una oficial. Se llama Weaver.
—Suena como el principio de un chiste —añade otro centinela, este menor—. ¿Cuántos sin facción hacen falta para limpiar un poco de agua?
—¡Un número infinito! —interviene otro—. Porque, cuanto más la limpian, más se ensucia.
Jove no muerde el anzuelo, aunque le veo la tensión en los hombros.
—Son novatos —les explica—. Tienen que aprender el proceso.
—Novatos, ¿eh? —comenta el centinela más joven, el que ha contado el chiste, mirándome de una forma que no me gusta nada—. Todavía tan jóvenes y ya sin un ápice de potencial.
Me arde la cara. Rory alarga una mano para agarrarme el brazo, como si intentara sujetarme, aunque no me he movido.
—Bueno, vale —le dice a Jove la primera centinela, Weaver—. Pero no deis problemas.
Se hace a un lado y pasamos junto a ella en fila. No la miro a los ojos.
Creía que subiríamos por una escalera al paso elevado, pero Jove nos lleva hasta una puerta con escalones que descienden y nos conducen bajo la calle. Las tiras azules que los iluminan son tan tenues que no veo nada más que mis pies. El aire huele a moho.
Al fondo de la escalera hay un pasillo muy largo. Las paredes están mojadas y oigo un goteo por alguna parte. Cruzamos otra puerta y me quedo boquiabierta.
Nos encontramos en un espacio cavernoso, tan grande que no veo el final. Y frente a nosotros hay unos tanques cilíndricos gigantescos, cada uno de ellos tan grande como una casa. A mi alrededor oigo ruido de algo batiendo y un zumbido. Nunca había visto nada igual.
—De acuerdo, emparejaos y buscad a alguien a quien seguir —dice Jove.
Rory se vuelve hacia mí con el puño sobre la palma abierta de la otra mano. Después de unos días viéndolo, reconozco el gesto. La imito, igual que Colin. A la de tres, Rory y Colin sacan dos dedos y yo solo uno. Me miran como si se disculparan.
—Prior, conmigo —me indica Jove—. De todos modos, Evelyn me dijo que no te quitara ojo.
Sigo a Jove hasta el campo de tanques. Sube por una escalerilla metálica junto al segundo y llegamos a una plataforma que se encuentra a una planta del suelo, donde un abandonado barbudo vigila un enorme contenedor de plástico.
Desde aquí veo el interior del tanque: está lleno de agua oscura y turbia, como la que se cuela por las alcantarillas cuando llueve. Huele a hojas podridas y a lodo.
—Hola, Carr —lo saluda Jove—. Esta es Tris. Es una descarriada. Tris, este es Carr, está aquí todos los turnos.
—Si encuentras un trabajo que te gusta, consérvalo —me aconseja Carr, aunque no le he preguntado.
—¿De qué gremio eres? —pregunto.
—De los Reparadores. Estamos en el Museo.
Por lo que me han contado, el Museo es la casa segura más grande. Aunque sigo sin saber qué significa eso exactamente en cuanto a número de moradores; el otro día conté las sillas de la Colonia y había cien.
Jove chasquea los dedos para llamarme la atención.
—Quienquiera que construyera esto estableció un proceso lo más automatizado posible, así que solo hacen falta tres personas al día, Carr incluido.
Nos apuntamos a los turnos una vez al mes.
Todo el mundo está en el Paso Uno, el Paso Dos o el Paso Tres; si tienes suerte, te tocará el Uno.
Esa botella está llena de coagulante. —Señala el contenedor a los pies de Carr, que me llega hasta la cintura.
El coagulante del interior está teñido de azul—.
Solo tienes que traer el coagulante del almacén, echarlo en este tanque grande…
Carr se agacha para levantar el contenedor con los dos brazos, que son tan gruesos como mis piernas. Después, vuelca el coagulante en el tanque que tenemos al lado. Escucho el glu, glu, glu que hace al vaciarse.
—Después enciendes la batidora, que seguro que no se llamas así, pero no te vamos a examinar —dice Jove, y Carr deja el contenedor y se vuelve hacia un pequeño cuadro de mandos con tres botones.
Uno es verde, otro rojo y otro azul. Pulsa el verde—.
Y el coagulante aglutina toda la suciedad del agua en una masa.
Cuando termina de batir, el botón azul se libra de las masas de suciedad y pasamos al Paso Dos para terminar de purificar.
Pero eso no es asunto nuestro; aquí lo único que hacemos es cambiar de tanque y repetir la misma operación una y otra vez. ¿Alguna pregunta?
—¿Quién fabrica el coagulante?
—¿Quién va a ser? Los eruditos, en sus laboratorios de impresión. Allí fabrican todo tipo de cosas.
Mi padre decía que a la ciudad le iría mejor sin los eruditos. Pero, cuanto más aprendo sobre lo que hacen —aparte de quedarse con la nariz pegada a un libro o jugar al ajedrez, que es lo que siempre me había imaginado—, más me pregunto cómo íbamos a sobrevivir sin ellos.
—¿Cómo voy a levantar ese cacharro? —pregunto, señalando el contenedor vacío.
—Todos los sin facción deben ser capaces de levantar su propio peso —responde Carr—. A menos que se lo impida alguna enfermedad o lesión.