La sexta facción Capítulo 16
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Capítulo 16

TRIS

A LO LARGO DE LOS DÍAS SIGUIENTES , busco a los Zorros que vi llevar comida robada al comedor de la Colonia, pero no los localizo.

El problema con un grupo de personas acostumbradas a disfrazarse de miembros de una u otra facción, según descubro, es que cuesta encontrarlas.

Y parece que a los Zorros, como colectivo, se les da muy bien ser poco memorables.

Pero también he estado demasiado ocupada para pensar en algo que no sea sobrevivir. Todas las mañanas, antes del alba, salgo a correr con los demás; correr, me cuenta Rory, es una habilidad esencial para los abandonados, por si tengo que subirme a un tren… o huir de un centinela de Osadía.

Cuando acaba la carrera, ayudo a Rory a preparar el desayuno y después aprendo sobre otras partes de la vida de los sin facción de las que no sabía nada: los paneles solares, las purificadoras de agua, la pajarera y el montón de compost.

Todos los días hay que hacer muchísimas cosas.

Hay que sacar la basura de las instalaciones cada cierto tiempo, lo que significa que alguien tiene que conducir un camión —robado a Cordialidad, sin duda— en plena noche para recogerla.

En el sótano hay unas tinas enormes donde se lavan las sábanas, la ropa y las toallas; alguien debe removerlas, escurrirlo todo y tenderlo a secar.

También es necesario sacar las lámparas solares al tejado todas las mañanas y recogerlas todas las noches.

Y alguien tiene que fregar los baños. Nunca se me habría ocurrido la cantidad de trabajo que hace falta para mantener el mundo a flote.

Sin embargo, después de nuestras tareas, Jove nos guía cada noche en unas excursiones obligatorias por las distintas partes de esta máquina secreta que los abandonados están fabricando circuito a circuito: el Invernadero, una estructura de cristal al borde del pantano en la que empiezan a florecer los humildes cultivos que los sin facción logran sacar adelante; y el Museo, una construcción enorme, medio en ruinas y muy animada.

También me entero de todo sobre los gremios.

No solo existen los Sanadores, Viajeros, Fabricantes y Zorros, sino también los Jardineros, que cultivan nuestros alimentos frescos; los Buscadores, que registran los edificios vacíos en busca de cosas útiles; y los Profesores, que se encargan de la escuela de los sin facción.

Intento imaginarme un lugar en el que encaje, pero solo puedo pensar en los Zorros, en la pistola en la mano de Evelyn al final de la Ceremonia de la Elección y en la pregunta de a quién iba dirigida en realidad la bala, si no era para Robert.

La noche del quinto día salgo del dormitorio de los fracasados de las facciones y me paro frente al lavabo que hay bajando por el pasillo. Me bebo un vaso de agua tras otro mientras pienso en Caleb.

Esto es lo que hacíamos todos los años, la víspera de nuestro cumpleaños, para despertarnos antes del alba.

En Abnegación no se celebran los cumpleaños de forma especial, pero se hace una excepción con los niños: se les añade miel a la avena, se les permite mirarse en el espejo y se les exime de las tareas.

Recuerdo que nos pasábamos el vaso de agua, turnándonos para beber.

¿Dónde estará ahora?

El método sigue funcionando: me despierto antes del alba, me pongo los zapatos, voy al baño y después bajo la escalera de caracol para llegar al patio interior.

Hasta el hueco de la escalera de la Colonia es precioso, con sus paneles de madera bajo los intrincados tallados de las ventanas y las flores que adornan los soportes metálicos de la barandilla.

Hoy, con suerte, estaré un paso más cerca de descubrir quién robó la pistola que mató a Robert… y por qué.

Cruzo el patio hacia el comedor y después, justo como había planeado, saco la cesta de productos de limpieza de debajo del fregadero. La guardo en el siguiente armario, encima de los trapos de cocina, y me meto en el hueco que he dejado vacío. Aunque está apretado, puedo cerrar la puerta.

Es poco habitual que ser menuda resulte útil, pero esta es una de esas veces.

Aguanto el olor a jabón, guantes de goma y podrido porque desde aquí puedo oír a los Zorros que salen de su reunión matutina.

—¿Pones tú el café? —pregunta uno, e intento ubicar su voz, pero nada. Respiro despacio, sin hacer ruido, por la nariz, y permanezco inmóvil.

—Pues claro —responde Gretchen, la mujer a la que llamó el Remendador para que me echara un vistazo el otro día, con mi chaqueta erudita—. ¿Hoy también eres erudito?

Oigo un arrastrar de pies y después… granos de café que caen en un molinillo.

—Sigo con el mismo hueso duro de roer —contesta la otra voz—. ¿Y tú?

—Estoy enseñando a los descarriados a pegar puñetazos.

—Yo no lo haría ni aunque me pagaran.

Empieza a dolerme el cuello, que he doblado en un ángulo muy cerrado bajo el fregadero. El molinillo se enciende y el ruido es tan fuerte que me gustaría poder taparme los oídos. Hace temblar todo el mueble.

—Sí, soy una heroína. He oído que Evelyn viene hoy, ¿no? Me pregunto qué anda buscando.

—Siempre tiene mensajes que enviar.

—Bueno, es demasiado reconocible para enviarlos en persona. Mierda, nos hemos quedado sin tazas limpias.

Contengo el aliento. Se me ha olvidado comprobarlo.

Se me ha olvidado comprobarlo, y ahora Gretchen va a lavar una de las tazas sucias, lo que significa que va a abrir este armario en el que suelen estar guardados los productos de limpieza…

La puerta se abre. Gretchen me mira unos cuantos segundos y cruza los brazos.

—Fuera —me ordena.

Tengo las piernas dormidas de haber pasado tanto tiempo hecha un ovillo. Salgo a rastras del armario, con el corazón acelerado, y me levanto.

—Explícate.

—Pues… —Intento pensar deprisa. ¿Qué explicación puede haber para que esté escondida en un armario bajo el fregadero?—. Anoche estábamos jugando al escondite.

—¿Y qué? ¿Te quedaste atrapada?

La persona con la que hablaba Gretchen es un chico, unos cuantos años mayor que yo, al que llaman Botas. De hecho, siempre calza botas. Ahora mismo están salpicadas de pintura, y bebe café en una taza sucia mientras me mira con cara de guasa.

—Me quedé dormida —respondo—. Os he oído llegar, pero… me habría sentido muy tonta saliendo a rastras de ahí delante de alguien. Así que pensaba quedarme hasta…

En ese momento llegan los otros Zorros; aparecen tras Gretchen, casi todos desaliñados, con el pelo revuelto y marcas de almohada en el rostro. Varios van derechos a por el café mientras me observan con curiosidad.

Nadie parece demasiado preocupado por mi presencia.

—¿Hasta que se acabara nuestra reunión clandestina?

—se ríe Gretchen—. Para que lo sepas, no impedimos la entrada a los demás porque esté pasando nada interesante, sino porque no nos gustan las distracciones.

Lo único que hacemos es hablar sobre lo que hay que robar y quién lo va a robar, y después repartimos los mensajes que hay que transmitir.

—Ah —digo mientras paso del pánico a la vergüenza.

No sé qué me esperaba, pero no era… esto. Risas fáciles, sonrisas apenas reprimidas. Así no se comporta la gente que esconde algo serio…, como un arma robada, un inocente muerto y un plan para destruir el sistema de facciones.

—Además, si quieres unirte a nuestro gremio, vas a tener que pensar más deprisa —interviene Botas—. Vamos, que se te tiene que ocurrir una mentira mejor. O no te metas en una situación de la que te va a ser difícil librarte mintiendo.

—¿Unirme?

—Sí, por eso nos espiabas, ¿no? ¿Para conseguir alguna ventaja? —pregunta Botas—. Además, ¿no te señaló el Remendador?

Pienso en cuando me puso la chaqueta de Erudición y la de Osadía. Llamó a Gretchen y le pidió que me observara. En aquel momento no me di cuenta de la razón por la que le pedía que lo hiciera.

—Un consejo —dice Gretchen—: entra por tus propios méritos. Y entonces te contaremos nuestros secretos más turbios. —Sonríe y me echa del comedor.

«Otro callejón sin salida», pienso. Pero me da una idea.

+ + +

Me duele el cuerpo. Me obligo a seguir corriendo. No puedo permitir que los otros me dejen atrás.

Es primera hora de la noche y corremos hacia el tren. Somos un grupo grande: todos los fracasados de la Colonia. Estamos aprendiendo a «arrimar el hombro», como ordena la segunda regla.

Jove ya está en el tren. Rory, con sus largas zancadas, va la primera y ya se ha agarrado al asidero del lateral del vagón. Miles está justo detrás de ella; le siguen Colin, Cassandra… y yo. Pero la distancia entre Cassandra y yo es cada vez mayor.

Corro en paralelo al tren. Salgo del andén. Los otros ya están dentro, animándome, pero no los oigo. Solo me oigo respirar.

Fuerzo mis doloridas articulaciones y me intento agarrar al tirador. Los dedos se me resbalan. A pesar de lo mucho que me arden los pulmones, corro más deprisa todavía y me vuelvo a agarrar. Esta vez sí consigo aferrarme mientras me quedo sin suelo bajo los pies.

Por un instante, cuelgo una planta por encima de la calle y, aunque me va el corazón a mil por hora y me cuesta respirar, me percato de que no tengo miedo. O… no tengo tanto miedo como me esperaba.

Colin me sujeta del brazo y tira de mí para meterme en el vagón.

Me derrumbo en el suelo, tosiendo y riendo a la vez.

—Si vas a tener las piernas cortas, será mejor que corras más deprisa —me aconseja Colin—. Es ciencia.

—Y por eso necesitamos a un erudito —le digo desde el suelo—. Sin ti, jamás se me habría pasado por la cabeza que tengo que ser más rápida.

Colin me sonríe y me doy cuenta de que nunca antes le había dicho nada parecido.

He pasado tanto tiempo con Rory y con él que estoy absorbiendo su sentido del humor.

Siento dos impulsos a la vez: uno, el de disculparme y retirarlo, que es como me han educado; y otro, el de darle las gracias por enseñarme a soltar la lengua.

Vine aquí para descubrir la verdad. No esperaba encontrar nada más.

Me ayuda a ponerme de pie y veo la ciudad pasar junto a mí un momento antes de preguntarle:

—Entonces…, ¿cuándo es la competición de los Zorros?