Capítulo 15 #3
—Sí, vale, no está mal —le dice al Remendador—. La tendremos en cuenta.
Gretchen le da una palmadita en el hombro al Remendador y desaparece del umbral.
—¿De qué iba eso? —pregunto.
—Es solo una sugerencia para uno de nuestros gremios —responde, esbozando una sonrisa torcida.
—¿Me has… sugerido?
—Algunas personas solo parecen ser de donde son, mientras que otras no. Cuando veo a las que no, se lo digo a alguien. No es para tanto. —Tamborilea con los dedos en el brazo—. Ya basta de perder el tiempo. Ha llegado el momento de probarse algunas cosas.
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El Remendador me prepara un espacio privado para que pueda cambiarme, cosa que hago.
Me pruebo unos rígidos vaqueros de Erudición, unos pantalones resistentes de color marrón que proceden de vete a saber dónde, y otros negros ajustados de Osadía.
Todos están diseñados para pegarse bien a la pierna, lo que es una novedad.
Después, camisas y camisetas: blancas, negras, verdes, moradas y rojas.
Con cuello, de manga corta y sin manga. El único gris que me quedo es el jersey que traje conmigo.
Nunca me había imaginado una vida con tanta variedad.
Me sujeta con alfileres la ropa que necesita alguna modificación y rechaza la que hay que modificar demasiado.
Después espero aquí, en el taller, mientras la arregla.
Observo sus elegantes manos cortando la tela con las tijeras en líneas perfectas, definiendo la forma de mi cuerpo; lo observo enhebrar la máquina sin esfuerzo; lo observo darles la vuelta a las prendas y meterlas bajo la aguja mientras acciona el pedal con el pie.
—Si te gusta, te puedo enseñar —dice sin mirarme.
—¿Perdona?
—Como me mirabas con tanto interés, he pensado que quizá te gustaría este tipo de trabajo.
Niego con la cabeza.
—No, ya… ya lo aprendí en Abnegación.
—De ahí mi oferta. —Me mira—. No me vendría mal una aprendiza con los conocimientos básicos. Y una de las primeras cosas que tendrás que hacer aquí, aparte de aprender a subirte a los trenes, es averiguar cómo vas a contribuir.
Me pregunto si le importaría explicarme qué hacen los Zorros, pero decido no arriesgarme.
—No me gusta coser —le confieso—. Es que se te da muy bien. Me resulta… relajante.
—Y echas de menos tu casa —replica.
Asiento.
—Nosotros venimos de Verdad —me informa Mae.
Se está acercando al final de su libro. No lo reconozco, aunque tampoco me sorprende. Los abandonados reciben los libros que las otras facciones rechazan por no enseñar las lecciones correctas.
Balancea las piernas debajo de la mesa.
—Echo de menos la comida.
—¿En serio?
Me intento imaginar al Remendador con ropa blanca y negra, caminando por los majestuosos pasillos de piedra del Merchandise Mart o, como se conoce comúnmente, el Mercado del Martirio o el Mart, porque los veraces son despiadados en sus comentarios.
Es imposible. Este sitio es un torbellino de colores.
—Pero eso es lo único que echo de menos. Allí la gente era mala conmigo. Sobre todo, mi madre —me explica sin apartar la mirada de la página—. Y cuando se lo decía a los demás, no me creían porque ella sabía cómo engañar al suero de la verdad.
Miro al Remendador.
—No sabemos cómo —añade—. Y no estaba dispuesto a quedarme por allí para averiguarlo.
Sin embargo, sé muy bien cómo su madre «engañaba» al suero de la verdad. Igual que yo evité que la Cámara de la Memoria borrara mis recuerdos. Igual que alteré la prueba de aptitud. Es divergente.
Tori me contó que los divergentes lo desestabilizan todo, y ahora me queda más claro.
Los sistemas que han establecido las facciones para controlar o supervisar el comportamiento fallan ante los divergentes.
¿Cómo va a asegurarse Abnegación de que no se divulgue la información que quieren mantener en secreto si no son capaces de borrar los recuerdos?
¿Cómo va a resolver Verdad una disputa si no son capaces de determinar con absoluta certeza quién dice la verdad y quién no?
Me doy cuenta de que el Remendador me observa con cautela, como si temiera mi reacción.
—Me parece que tienes un buen hermano —le digo a Mae.
—¿Estás de coña? —suelta ella—. ¡Si no me deja hacer nada!
—Te he permitido descansar de tu libro durante cinco minutos, como mínimo. Ponte otra vez con él, venga.
Sonrío al hermano mayor y él me responde con otra sonrisa.
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Cuando aparezco para desayunar con mi ropa nueva, Rory deja de remover la avena lo justo para aplaudir.
El comedor de la Colonia es más grande de lo que esperaba y está lleno de mesas. La mayoría están vacías, pero me pregunto si alguna vez será distinto. Si hay aquí la gente suficiente como para ocupar tantos asientos.
Y, de ser así, ¿qué tamaño tienen las otras casas seguras? ¿Cuánta gente hay en la sexta facción de Evelyn?
—Tu recompensa por librarte de la ropa, estirada —dice Rory mientras me sirve avena en un cuenco—. Siéntate allí. Es donde están los fracasados de las facciones.
Me señala un rincón del fondo. Como el patio interior que tengo detrás, el comedor es luminoso y limpio, no está hecho polvo, como todos los edificios del sector de los sin facción.
Se ve que lo han restaurado en algunos puntos, donde el suelo de madera es algo distinto o hay algún parche blanco en la pared.
Me llevo el cuenco de avena a la mesa que me ha señalado, aunque me fastidia un poco que me haya llamado «fracasada de las facciones».
Me quedo pensando dónde sentarme hasta que un chico pelirrojo empuja una silla hacia atrás con el pie y la señala.
Después se lleva un dedo a la boca llena, a modo de disculpa.
La mesa está abarrotada. Junto a mí hay un asiento vacío que, supongo, pertenecerá a Rory. Al otro lado tengo a un chico con cara de pocos amigos. Y, a la derecha del pelirrojo, una chica de cabello caoba tan largo que casi se le mete en la comida.
Dejo el cuenco en la mesa y me siento. Rory me sigue de cerca.
—Gente, esta es Tris. Ha fracasado en Abnegación —anuncia Rory—. Tris, este es Colin. Colin, lo justo es lo justo.
Colin, el chico pelirrojo, suspira y deja la cuchara. Ya no está masticando.
—Nací en Erudición, después elegí Osadía y… no pude completar la iniciación —dice con delicadeza.
—Quiere decir que le dio un calambre en la pierna y no pudo saltar al tren después de elegir —explica Rory.
Colin le lanza una mirada asesina, pero añade:
—Técnicamente, es cierto, sí. Rory, lo justo es lo justo.
—Yo no estaba a la altura de los estándares de comportamiento pacífico de Cordialidad.
—Quiere decir que empezó una pelea —me explica Colin.
—¿Te echan de Cordialidad por una sola pelea? —pregunto.
—Te echan por una sola pelea si te niegas a partir pan —responde ella—. Lo que significa que, básicamente, tienes que disculparte y hacer las paces. —Se encoge de hombros—. De todos modos, ya tenía un pie fuera.
—Sí, lo que tú digas —replica Colin entre risas.
No puedo evitar reírme un poco. Nunca había oído a nadie hablarse así. Siempre me han enseñado que las palabras mordaces le hacían daño a la otra persona, pero tanto Rory como Colin sonríen.
Rory sigue haciendo la ronda por la mesa, contándome quién fracasó en qué facción y por qué.
La chica del pelo largo color caoba es Cassandra, demasiado reservada para el ritual de iniciación de Verdad, que consistía en contarlo todo.
El chico de aspecto taciturno es Miles, un erudito que no fue capaz de resolver su primer puzle.
Rory se distrae antes de continuar con los demás, pero así tengo tiempo de terminar el desayuno. Me ruge el estómago. La sopa fría de anoche no me llenó demasiado, que se diga.
—¿Cómo encontrasteis la Colonia? —pregunto cuando he comido lo suficiente para sentirme satisfecha.
—Esta gente tiene… tenemos ojos y oídos por todas partes —responde Rory, encogiéndose de hombros—. Sobre todo, cuando toca la iniciación. Cuando descubrimos que alguien ha fracasado, le hacemos la oferta; el resto es decisión suya.
«Ojos y oídos por todas partes». Me pregunto si estará exagerando.
—Entonces, ¿cuál va a ser tu primera muestra de libertad? —me pregunta Rory—. ¿Corte de pelo? ¿Piercing? ¿Enseñar la clavícula en público?
—Se ha dejado el pelo suelto —apunta Colin—. Seguro que es eso.
Me recojo un mechón detrás de la oreja. Todavía está ondulado por culpa del moño apretado que llevaba cuando llegué.