La sexta facción Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Estás haciendo algo malo por el mero hecho de existir fuera del sector de los sin facción.

¿Sabías que, incluso allí, se supone que no pueden reunirse en grupos de más de cinco personas?

Los centinelas lo llaman «aglomeración» y dicen que «no es seguro».

Es una de las muchas razones por las que Evelyn y los demás empezaron a organizarse.

No sé si me gusta que pronuncie el nombre de Evelyn con tanta admiración. No logro olvidar que la vi con una pistola al salir de la Ceremonia de la Elección, justo después de que disparasen a Robert. Que me apuntó con ella.

—¿La segunda regla? —pregunto.

—Arrima el hombro. Como todo el mundo puede hacer algo, a nadie se le permite estar de brazos cruzados.

Me hace un gesto para que la siga por la majestuosa escalera del centro del vestíbulo. El sol está subiendo y se refracta a través de los paneles de cristal de arriba como si fueran un prisma.

—La tercera y más importante de las reglas es: nada de facciones —continúa Rory—. Es más filosófica que las demás. Quiere decir que hay que aprender a desprenderse del antiguo sistema. Hay que intentar dejar de meter a todas las personas que conozcas en categorías.

Asiento, aunque lo que de verdad pienso es que me encuentro en la sede de una facción, una sexta facción oculta a las demás, cuya virtud gira en torno al lema: «Nada de facciones».

—Hablando de ello, te voy a llevar con el Remendador —sigue diciendo Rory.

Me dirige a la escalera. Acaricio con la punta de los dedos las incrustaciones de oro de las paredes por las que pasamos. Es metal, no pintura; en algunos sitios brilla y en otros se ve mate.

—¿El Remendador?

—Sí, no puedes ir por ahí con esas pintas.

Una de las habitaciones de la planta de arriba es un estallido de tela.

En las paredes hay estantes y perchas hasta el techo, repletos de ropa de todos los tonos imaginables, no solo los de las facciones.

Los zapatos rodean todo el cuarto; predominan las botas de trabajo, aunque también veo unos cuantos pares poco prácticos: de tacón, en punta y abrillantados.

En el centro del espacio hay una mesa de trabajo en la que veo una máquina de coser con pedal e innumerables herramientas usadas para coser, bordar y remendar.

De pie junto a la mesa, me encuentro con el hombre más alto que he visto en mi vida; además, está como un fideo. Toda su ropa es del mismo tono morado oscuro, y tanto las mangas de la chaqueta como el chaleco tienen bordadas flores de un dorado tenue. Lleva un anillo dorado en cada dedo.

Frente a él hay una niña con un libro delante. Tiene el mismo cabello oscuro y la misma ropa colorida que el Remen­dador.

—Remendador, esta es Tris. Es una nueva descarriada que necesita ayuda con desesperación.

El Remendador me mira.

—Sí, ya lo veo.

Rory bosteza.

—Envíamela cuando termines, ¿vale? Estoy bastante segura de que las chicas de Abnegación saben remover la avena.

Si ella supiera…

Rory desaparece. Aunque sea básicamente una desconocida, siento su ausencia como si me faltara la barandilla en una escalera.

—¿Te llamas Tris? —pregunta la niña de la mesa—. Yo soy Mae. Soy su hermana pequeña —añade, señalando al Remendador—. Pareces triste. ¿A que parece triste?

—Si lo está, es probable que tu comentario no sea de ayuda —dice el Remendador—. ¿No dijo tu profesor que tenías que terminar ese libro hoy?

«¿Su profesor?».

En la ciudad existe un sistema de adopciones dirigido a través de la sede de Abnegación.

Los niños sin facción pasan por ese sistema, donde se les aloja durante unas semanas con abnegados para después ubicarlos en otra parte.

Por lo que he oído siempre, daba por sentado que todos los niños sin facción pasaban por ese proceso, pero supongo que no es así.

Parece que algunos de ellos se quedan fuera. Y alguien tiene que enseñarles.

De repente, necesito sentarme. Me he pasado media noche despierta, preocupada por si el suelo duro y el frío se convertían en mis compañeros durante el resto de mi vida. Y ahora estoy aquí, en una gema de cristal, descubriendo una especie de ciudad oculta cuya existencia ignoraba.

Mae le saca la lengua al Remendador, aunque se vuelve a concentrar en su libro.

—Por grosero que fuera el comentario, no deja de tener razón —me dice él—.

Vienes de Abnegación, así que sé que la iniciación no es el problema.

Lo que significa que has elegido esto. Así que alegra esa cara, Tris.

—Esboza una sonrisa que es como una luz titilante: desaparece, aparece y vuelve a desaparecer—.

Quizá sea por llevar tanto gris encima. Puedo ayudarte con eso. —Señala la ropa que lo rodea.

Miro mis pantalones grises, mi camisa gris abotonada hasta el cuello, mi chaqueta gris y mis zapatillas grises. Noto el pinchazo de las horquillas que todavía me tiran del pelo hacia atrás y me lo recogen.

No sé por qué tengo tanto miedo. No me gusta mi ropa. No me gusta llevar el pelo así. Pero tampoco quiero desprenderme de ninguna de las dos cosas.

—Vale —le digo—. Pero… nada de amarillo. Por favor.

—Eres demasiado pálida para el amarillo —responde, sonriente—. Te prepararé un armario básico. Sin embargo, tu trabajo consiste en encontrar una chaqueta —concluye, poniéndome las manos sobre los hombros para girarme hacia las perchas de la pared oriental.

Mae levanta la cabeza del libro, sorprendida. El Remendador señala el libro y se aleja, dejándome frente a la ropa.

Las chaquetas que tengo delante pertenecen a todas las facciones.

Algunas ni siquiera sé de dónde proceden.

Hay una de retales que está hecha con muchas telas distintas.

Un blazer morado con los hombros rígidos que supongo que será de Erudición, aunque teñido de un color distinto.

Una sobrecamisa de Cordialidad teñida de un verde entreverado.

Pero mis ojos, como siempre, se sienten atraídos por el negro de Osadía.

Tras volver la vista atrás para asegurarme de que no me miran, me quito la chaqueta de Abnegación y me pongo la negra. Es de un material resistente, con cremallera en vez de botones. Las mangas me quedan demasiado largas, pero el resto parece encajar.

—Adelante —dice el Remendador, señalando con la cabeza el espejo que está colgado en la columna que tengo detrás.

Me giro para mirarme. Los hombros reforzados de la chaqueta me hacen parecer más fuerte. Me remango y me subo la cremallera. Me aprieta la camisa gris, de modo que se me marca la cintura.

Antes de poder pensármelo dos veces, me llevo las manos a las horquillas del pelo y me las quito una a una. Deshago el moño y me sacudo la melena, dejándola caer sobre los hombros.

—Bien —afirma el Remendador, enérgico—. Ahora, pruébate otra.

—¿Por qué? —protesta Mae—. Si le queda perfecta.

—Nunca se ha probado nada que no sea gris —responde su hermano—. Todavía no sabe qué es lo que más le gusta.

No me hace demasiada gracia quitarme la chaqueta negra, pero no va desencaminado. Solo me he visto de una manera. Es mi oportunidad para experimentar.

Me pruebo una chaqueta erudita. Tiene los hombros muy marcados y líneas limpias.

Siguiendo un impulso, me retuerzo el pelo como he visto hacer a las eruditas y me lo sujeto con las horquillas.

Me enderezo e intento que mi reflejo lance la misma mirada imperiosa que Jeanine Matthews dedicó a todo el mundo en la Ceremonia de la Elección.

—¡Ahora esto! —exclama Mae.

Su libro está bocabajo sobre la mesa, olvidado. Agarra un chal rojo de la repisa. No es algo que esté dispuesta a ponerme, pero decido seguirle la corriente; me envuelvo los hombros con él, como he visto que hacen las mujeres cordiales en el autobús para protegerse del frío.

Mae le echa una mirada muy incisiva a mi pelo, así que pongo cara de fastidio y suelto el recogido erudito. Me hago una trenza que dejo caer sobre un hombro.

Entonces me encuentro con la mirada del Remendador en el espejo. Sostiene una pila de ropa contra el pecho y frunce el ceño, pero no por descontento, sino más bien como si intentara resolver un enigma.

—Ahora mismo vuelvo —anuncia—. No te muevas.

Sale del taller, agachándose para pasar por la puerta. Miro a Mae, desconcertada, pero ella se encoge de hombros. Unos segundos después, aparece de nuevo en el umbral, esta vez con una mujer alta y ancha de hombros.

—De acuerdo, Gretchen —dice el Remendador desde la puerta—, adivina de qué facción es.

Gretchen no parece impresionada.

—A juzgar por los zapatos grises, apostaría por Abnegación.

El Remendador pone los ojos en blanco.

—Tris, vuelve a convertirte en erudita.

No sé por qué quiere que juegue a disfrazarme de distintas facciones para esta mujer, pero Mae parece entusiasmada y yo quiero encajar aquí, si puedo.

Con las mejillas ruborizadas, me quito el chal y cojo la chaqueta de Erudición que sostiene Mae. No estoy acostumbrada a cambiarme de ropa delante de nadie.

Me pongo la chaqueta, me sacudo el pelo, lo vuelvo a recoger en un moño suelto y lo sujeto con horquillas para que no se mueva.

—No es demasiado sorprendente que las dos facciones más envaradas, Abnegación y Erudición, se parezcan —dice Gretchen.

—Tú fuiste la que me dijo que estuviera atento a una buena intuición. Pero cada vez que te enseño a alguien, intentas que me sienta como un idiota.

Gretchen suspira.

—Vale. Tris, ¿no? ¿Te importa probar con otra?

—Con otra… ¿facción, te refieres?

Ella asiente. Me pongo la chaqueta negra con la que empecé y me quito las horquillas del pelo. Miro al Remendador y a Gretchen en el espejo.

—Si fueras osada, ¿qué pose adoptarías? —me pregunta.

—¿Qué?

—No es una pregunta difícil —replica, mirándome a los ojos—. Tú inténtalo.

Pienso en las chicas osadas que solía observar en la escuela. Saltaban del tren y se chocaban las unas contra las otras. Se reían con ganas. Se ponían en la cola del comedor, relajadas.

Apoyo todo mi peso en una cadera. Se me ocurre cruzar los brazos, pero me parece demasiado, así que no lo hago. La miro a los ojos sin vacilar.