Capítulo 15
TRIS
C UANDO BAJAMOS DEL TREN , Evelyn me lleva a una iglesia abandonada.
Está oscuro; tanto, que apenas veo por dónde piso.
Los suelos se comban por el centro, así que me dice que me mantenga pegada a los bordes.
Doy un bote cuando veo algo moverse delante de mí; lo que creía que era una pila de trapos resulta ser un hombre dormido en un banco, con un fardo de ropa a modo de almohada.
—Eso es.
Evelyn rebusca en la bolsa que me dio mi madre y saca una lata de sopa. Usa el cuchillo que lleva a la cadera para abrir la tapa y después le da un trago, fría, con los labios pegados al metal roto.
Se me debe notar el horror en la cara, porque esboza una sonrisa burlona.
—¿Creías que sería una vida fácil? Siempre puedes quedarte sin comer. Más para mí.
Me obligo a aceptar la lata y a beber unos traguitos de la sopa de tomate fría. Recuerdo haberla preparado con otros voluntarios del centro de donaciones, cocinando los tomates hasta que se desintegraban.
—Mi madre me dijo que a algunos sin facción les va mejor que a otros —comento—. No creo que se refiriese a esto.
—Lo de «mejor» es relativo —dice Evelyn—. Ahora tienes que tomar una decisión. Puedes quitarte el jersey para usarlo de almohada, pero te dará frío. O puedes dormir sobre este saco de latas. Lo que prefieras.
Me dejo puesto el jersey. Me tumbo en uno de los bancos y apoyo la cabeza en el brazo. Oigo a alguien llorar en la esquina, además de los movimientos del hombre que he visto antes.
Aunque noto que llegan las lágrimas, las reprimo durante todo el tiempo que puedo, hasta que estoy segura de que Evelyn se ha dormido.
Entonces las dejo salir y me bajan por las mejillas, calientes.
Me tapo la boca con la mano para ahogar los sollozos.
Mi madre me prometió que sería distinto de lo que esperaba.
Me prometió que sería mejor que lo que dejaba atrás.
Pero esto es una pesadilla. Y ahora no puedo despertarme; es demasiado tarde.
Lloro hasta que no me queda nada dentro. E incluso así, a pesar de lo cansada que estoy, lo único que consigo es un sueño inquieto al filo de la vigilia. «¿Así va a ser el resto de mi vida?», me pregunto cuando se acerca la mañana, y suena a desesperación.
Sin embargo, justo antes del amanecer, Evelyn se me acerca, con las botas ya atadas y el pelo trenzado.
—Podrías volver ahora y nadie se enteraría, ¿sabes?
Resulta tentador. Tanto, de hecho, que tengo el «sí» en la punta de la lengua. Me duele la espalda y estoy aterrorizada. Pienso en mi cama de la residencia de Abnegación, mullida y limpia, y en el desayuno insípido pero familiar que me espera en el comedor.
Entonces pienso en la decisión atada y bien atada que tomé ayer, cuando elegí marcharme. En la nota para mi madre: «Necesito respuestas».
El manifiesto de Verdad dice: «La verdad es tan poderosa como un animal salvaje e, igual que este, no puede permanecer enjaulada». Puede que sea más veraz de lo que pensaba.
—No —respondo.
Evelyn se encoge de hombros y dice:
—De acuerdo. Tienes cinco minutos para prepararte. Hay que llegar allí antes del alba.
No sé dónde es ese «allí», pero, después de recogerme el pelo y ponerme los zapatos, salimos a pie.
Hay la luz justa para ver lo que piso; todo lo demás está envuelto en sombras.
Nos acercamos al sector osado de la ciudad, que está al sur del centro y al oeste, cerca del muro. Aunque todavía no hemos llegado.
—Como habrás observado, hay dos tipos de personas sin facción en la ciudad —comenta Evelyn—.
Las que duermen en edificios vacíos dentro del sector que les han asignado…
o fuera de él. Las que se ponen en fila para recoger agua del pequeño grifo cerca de la sede de Abnegación y van al centro de donaciones para recibir tarros de puré de manzana, latas de sopa y proteína en polvo, y pasan el resto de su tiempo lamentándose de todo lo que han perdido o de lo que nunca han llegado a tener.
Hay otra zona desierta, con casi todas las ventanas tapiadas y las calles en un estado lamentable. A diferencia del territorio de los sin facción cercano a mi antiguo hogar, aquí los edificios son enormes, como gigantes de piedra, cristal y acero que tapan la luz del sol naciente.
—Sin embargo, existe otro tipo —continúa—. Hace seis años, unos cuantos de nosotros decidimos que no era necesario vivir así. Nos unimos y empezamos a construir algo mejor, justo delante de las narices de las cinco facciones.
Evelyn me detiene y señala al otro lado de la calle, donde hay un edificio bajo y achaparrado de ladrillo marrón rojizo.
Al principio no me parece gran cosa. Nada más que una fachada de piedra vieja con las ventanas de la planta baja cubiertas de madera contrachapada. Pero ella lo mira mientras esboza una extraña sonrisa.
—Esto es la Colonia.
+ + +
—Tenemos tres casas seguras en la ciudad: una es la Colonia, otra es el Museo y otra es el Invernadero.
Evelyn afloja un recuadro de madera contrachapada de una de las ventanas y entra por el marco vacío que deja. La sigo y vuelve a colocar la plancha en su sitio.
—Puedes vivir en la que quieras, pero los nuevos descarriados vienen aquí hasta que averiguamos a qué van a dedicarse.
Nos encontramos en una habitación vieja y polvorienta que está completamente vacía. Se ven grietas en las paredes, aunque parece que han reparado el suelo con madera en algunas zonas.
—¿Dedicarse? —pregunto.
—Sí, dedicarse. Tu trabajo. Tienes que arrimar el hombro, Tris.
Salimos de la habitación polvorienta, bajamos por un pasillo y rodeamos una esquina.
Y aparecemos en un sitio completamente distinto.
En el centro del edificio hay un patio interior.
El techo está compuesto por diminutos paneles de cristal, dispuestos en forma de octágonos inscritos en un marco blanco.
El sol ha salido lo suficiente para enviar su cálida luz en todas direcciones y se refleja en una filigrana dorada pintada en las paredes.
Una majestuosa escalera de mármol se derrama hacia el suelo, como si se tratara de la cera derretida de una vela.
Hay detalles intrincados por doquier: las margaritas geométricas de la barrera metálica que envuelve la segunda planta; las hojas blancas de yeso que enmarcan el techo; las lámparas con forma de globo que cuelgan de delicadas cadenas por todo el espacio.
Es precioso.
Y no parece, en absoluto, ni desgastado ni abandonado; nada se desmorona.
Se vuelve hacia mí y arquea una ceja.
—Siento el numerito de la sopa fría y el banco duro. Tenía que asegurarme de tu compromiso —dice.
Siento la repentina necesidad de gritar. ¿Me ha hecho pasar una noche infernal para ponerme a prueba?
—Además —añade, encogiéndose de hombros—, si no eres capaz de soportar eso, esta vida tiene muchas cosas a las que no vas a ser capaz de enfrentarte.
No me considero una persona violenta, pero, en este momento, me gustaría pegarle un puñetazo.
Hay habitaciones alrededor del patio, tanto en esta planta como en la de arriba.
Una chica sale de una de ellas. No parece mucho mayor que yo.
Lleva el pelo corto y alborotado, y tardo un instante en encontrarle sentido a su ropa.
Viste un jersey azul demasiado grande, que le deja un hombro al descubierto, y pantalones vaqueros negros.
Las botas son grises, pero no están bien atadas hasta arriba, como en Abnegación, sino que los cordones y la lengüeta quedan sueltos, a su aire.
En los dedos lleva anillos de alambre de distintas formas: un diamante, un sol, una lágrima.
—Rory, ¿no? —le pregunta Evelyn—. Ven aquí, necesito que le enseñes esto a una descarriada.
Rory parece sorprendida. Todos sus rasgos son generosos: grandes ojos redondos, boca grande y nariz fuerte.
—¿Yo? —pregunta.
—Sí, tú. —Evelyn la señala—. Tris, esta es Rory. Vino aquí desde Cordialidad hace unas semanas. Rory, esta es Tris. Seguro que sabes de dónde viene.
Rory me echa un vistazo y esboza una sonrisita. Me preparo para algún comentario, pero se limita a decir:
—Claro.
Para ser una chica, tiene la voz bastante grave.
—Volveré por aquí para ver cómo vas —me indica Evelyn—. Hasta entonces, tienes mucho que aprender. Empezando por las reglas, Rory.
Y se marcha, no por donde ha venido, sino cruzando el vestíbulo hacia la siguiente habitación, donde vislumbro a un grupo de personas reunidas en torno a una mesa enorme.
—No sé cómo recuerda el nombre de todo el mundo —dice Rory mientras la observa desaparecer en el interior de la habitación—. Te llevaría a desayunar, pero no se nos permite hasta dentro de veinte minutos. Los Zorros están con sus intrigas matutinas.
—¿Zorros? —pregunto.
—Uno de nuestros gremios. Todos se dedican a algo distinto.
Los Sanadores son los médicos. Los Viajeros son los operarios de los trenes.
Los Fabricantes, para los manitas. Ya te haces una idea.
Pero digamos que el gremio de los Zorros es para los listos y rápidos.
—Sonríe—. Ese es mi objetivo. Espero conseguirlo. No dejan entrar a cualquiera.
Pienso en la bandera verde de la Asamblea de las Facciones, con su bordado de flores blancas. Me pregunto si unas personas que se hacen llamar «zorros» serían capaces de un ataque así.
Quizá. Podría intentar averiguarlo.
—Estos gremios suenan a facciones.
Rory pone cara de fastidio.
—Van de trabajo, no de filosofías enteras. Una vez que eres miembro de pleno derecho, puedes vivir donde quieras, vestir como quieras y hacerte amigo de quien quieras, siempre que colabores.
Frunzo el ceño. No es posible que sea tan sencillo.
—¿Qué hacen los Zorros, exactamente?
—No tan deprisa, estirada —responde ella, levantando las manos—.
Primero empezaremos con las reglas. Solo hay tres, así que estoy bastante segura de que eres capaz de recordarlas todas.
—Va marcándolas con los dedos mientras habla—.
Primera: que no te pillen. Los centinelas osados se aburren y nosotros somos un blanco fácil.
—Pero si no hacéis nada malo, ¿dónde está el problema?
Rory suspira.