La sexta facción Capítulo 14 #3
26%

Capítulo 14 #3

—De haberlo querido, lo tendría.

—Los dos sabemos que no es cierto. —Esboza una sonrisita. Condescendiente—. Y los dos sabemos por qué.

Aprieto la mandíbula. Carezco de respuesta ante eso porque tiene razón. Nunca intentaría acceder a un puesto de liderazgo en Osadía. Y puede que él sea la única persona viva que conoce la razón.

—No voy a animar a nuestra nueva promoción de iniciados a que se den la mano y canten canciones como si fueran un puñado de mansos cordiales —dice Eric, acercándose, y, a pesar de ser más bajo que yo, resulta amenazador.

Tengo que resistirme al impulso de dar un paso atrás—.

Nuestro trabajo consiste en evitar que esta ciudad se haga pedazos, en mantenerla segura.

No podemos hacer eso si nuestros miembros creen que la debilidad es aceptable.

—Levanta la cabeza—. Si descubro que les estás enseñando que lo es, me aseguraré de que te aparten de tu puesto. ¿Entendido?

La luz blanca azulada lo hace parecer aún más pálido, como los pececillos de plata que vivían en el sótano de mi edificio cuando era pequeño.

—Sí —respondo, intentando no atragantarme con la palabra.

—Puedes irte —indica, simplemente porque puede.

Y lo hago, porque está en lo cierto: aquí no ostento ningún poder.

+ + +

—Tengo una pregunta, y de verdad de la buena que quiero escuchar la respuesta —dice Shauna—: ¿Por qué es así?

Está tirada en mi cama, bocabajo. Me costó bastante acostumbrarme a lo relajada que es con todo; no es más que una amiga, pero, cada vez que viene, trata mi cama como si le perteneciera.

—Ah, ¿quieres inventarte la trágica historia del origen de Eric?

—pregunta Zeke desde la cocina, mientras busca algo que comer en el frigorífico.

Apoya uno de sus larguiruchos brazos en lo alto de la puerta—.

Cuatro, tío, ¿alguna vez comes algo que sepa a algo?

Estas sobras de champiñones no tienen ni pizca de aliño.

—Tienen sal —respondo, y Zeke me mira con asco mientras Shauna se ríe con la cara contra mi colcha. Es una de las pocas cosas que me quedan de mi hogar de la infancia. Está hecha a base de retazos de tela, tanto de ropa de las facciones como de reliquias más antiguas.

—Nuevo objetivo: enseñar a Cuatro lo que son las especias —dice Zeke.

—No puedes empezar con las especias —dice Shauna, seria—. Lo primero sería algo como el vinagre; después pasas al ajo y, finalmente, puedes probar con las especias. Quizá. A lo mejor.

Suspiro.

—¿No estábamos hablando de Eric? Me gustaría volver a hablar de Eric.

—Estábamos inventándonos su historia de origen. ¡Ah, ya lo sé! —exclama Shauna, sentándose—. Eric era un gusanito viscoso que se le metió debajo de la piel a un niño real, y todavía lleva puesto su cuerpo como si fuera un disfraz.

Zeke, que acababa de morder una manzana, hace una mueca.

—Qué asco.

—No, no —digo yo, entre risas—. Eric es un vampiro, pero, en vez de beber sangre humana, se alimenta de nuestra alegría.

—Ambos os equivocáis —señala Zeke—. Es evidente que se trata de un mago poderoso cuya habilidad para sembrar la tristeza aumenta con cada piercing que se hace; la única forma de derrotarlo es fundirlos todos para forjar una daga y atravesarle el corazón con ella.

—Nadie va a atravesarle el corazón a Eric —respondo.

—¿Por qué no? —pregunta Shauna, poniendo morritos.

—Demasiada sangre.

—Bien visto.

Me acomodo en la silla, sonriente. Mi apartamento está en uno de los edificios anexos de Osadía, demasiado lejos del bullicio de la sede para la mayoría. Lo elegí por su luz, que ahora es de color oro viejo y entra a través de las ventanas con cuarterones.

Shauna lleva todavía su uniforme de sanitaria, un mono negro con un ribete verde eléctrico… para que se vea en la oscuridad. Zeke no viste su uniforme de centinela del muro porque hoy tiene el día libre. Se ha puesto unos vaqueros con rotos que le quedan demasiado sueltos.

—Tengo sed —anuncia Shauna.

Se baja de un salto de mi cama y entra en la cocina. Al pasar junto a Zeke, enreda los dedos con los de él y los deja ahí mientras rebusca en el armario que hay encima del fregadero.

Entonces cae un trozo de papel.

—¿Esto qué es? —pregunta al recogerlo del suelo.

Cruzo la habitación lo más despacio que puedo. No quiero que piense que estoy tan alarmado como, de repente, me siento, con el estómago dando vueltas y revolviéndose.

—«El último tren, a la misma hora y en el mismo lugar de la última vez —lee—. El día más seguro».

Frunce el ceño y me lo pasa.

No necesito mirarlo para saber de quién es la letra. Fina y torcida. Una cursiva elegante.

—¿Alguna vez te has despertado de un sueño y lo has escrito a toda prisa para no olvidarlo? —le explico—. Bueno, a veces, cuando lo lees después, no tiene ningún sentido.

Arrugo la nota y me la meto en el bolsillo.

—¿Y después… lo guardas en el armario de la cocina?

Me obligo a reír.

—Estaría medio dormido.

No está muy convencida, pero tengo más claro que el agua que no le contaré la verdad: que la nota es de los abandonados.

Y están intentando reclutarme.