Capítulo 14 #2
Peter ha levantado las manos y separado las piernas; al menos, he conseguido enseñarle bien lo esencial.
Rebota un poco sobre la punta de los pies, como si estuviera esperando a que yo diera el primer paso.
De acuerdo; hago un amago de abalanzarme sobre él, y Peter retrocede.
No era más que una provocación. Eso me demuestra lo nervioso que está.
Frunce el ceño. Lo he avergonzado. Bien.
Intenta pegarme en la cara y lo esquivo con un paso lateral; consigo que ambos nos demos la vuelta.
Lo intenta por segunda vez y me agacho. Debería contraatacar con un puñetazo, pero, a pesar de lo que he dicho, en realidad no quiero luchar contra uno de mis alumnos. Lo que busco es darle una lección.
Estoy bastante seguro de que, tras fallar un par de veces, dejará de lanzar jabs . Baja el hombro para un gancho dirigido a mi vientre, y ya está, este es el momento: descargo el brazo izquierdo sobre el suyo para desviar el golpe, le agarro la muñeca y se la retuerzo.
Intenta girarse para darme un puñetazo, ahora que estoy tan cerca, pero ese movimiento solo sirve para que le retuerza más la muñeca. No puede acertarme, ni tampoco liberarse. Está atrapado.
Lo suelto y él retrocede tambaleándose, sosteniéndose el brazo contra el pecho.
—Adelante —le digo—. Pégame.
—Vete a la mierda —responde, aunque está demasiado enfadado para resistirse a la invitación.
Suelta un puñetazo torpe y a lo loco hacia mi izquierda, y, en vez de apartarme, doy un paso hacia él y dejo caer el brazo izquierdo con fuerza sobre su hombro.
Al verlo desequilibrado, apoyado sobre un pie, le propino un clothesline con el brazo derecho, girándolo para acertarle justo en el cuello. Se ahoga, sorprendido.
Dejo caer el peso sobre ese brazo, lo que lo obliga a arquearse hacia atrás hasta que no puede seguir en pie. Entonces se da un buen golpe contra el suelo, jadeando.
Antes de que ruede para alejarse, levanto un pie y lo dejo en el aire por encima de su cuello, a modo de amenaza.
—Como vuelvas a atacar a uno de tus compañeros iniciados, no seré tan comedido.
Doy un paso atrás y me vuelvo hacia la puerta, donde Eric, el joven líder de Osadía y la peor persona que conozco, me observa con los brazos cruzados.
+ + +
—Interesante método de enseñanza, Cuatro.
Siempre dice mi nombre en un tono sarcástico, aunque sabe muy bien de dónde sale mi apodo.
Hemos entrado en una de las salas de práctica más pequeñas, la que tiene todos los sacos de boxeo colgados del techo bajo.
Está oscura, ya que solo contamos con las luces de emergencia teñidas de azul en las esquinas, que proyectan sombras extrañas.
Eric engancha sus dedos pálidos en la cadena de la que cuelga uno de los sacos y tira de ella, como si comprobara su resistencia.
El líder de Osadía estaba en mi promoción de iniciados.
De todos los miembros agujereados de nuestra facción, es el más comprometido con la estética.
Lleva piercings en las cejas y en los labios.
En alguna ocasión he fantaseado con arrancárselos con unos alicates —lo confieso: en mis peores momentos—, pero, en general, solo me resultan molestos.
—Gracias —le digo—. Intento innovar.
—Aun así, lo que nosotros intentamos es evitar que los instructores ataquen a sus estudiantes. ¿Qué diría Amar?
Amar fue nuestro instructor. Ahora está muerto.
No hago caso de la pulla.
—No le he hecho daño —señalo—. Y podría habérselo hecho, y mucho. Solo trataba de…
—¿Demostrar que tenías razón? ¿Y razón en qué?
—En que no puede hacer lo que le dé la gana sin que haya consecuencias. Ha estado atacando a sus compañeros desde el principio. Sé que has visto mis informes.
—Ah, sí, tus informes. De las burlas de Peter a los otros iniciados y de que les hace la vida imposible. Menudo crimen. —Pone los ojos en blanco. Son tan fríos como los de una serpiente—. Sabes que esto es una competición, ¿verdad?
Osadía tiene tres líderes, aunque solo uno nos representa en el consejo.
Max es el líder de la mayoría, es decir, de cualquiera entre veinticinco y cincuenta años.
Harrison es el líder de los ancianos: los osados de más de cincuenta.
Y siempre hay un líder de los jóvenes, que debe ser menor de veinticinco.
Por tradición, ese líder suele ser un recién llegado a la facción, porque se supone que eso nos aporta ideas y perspectivas nuevas.
Ese es Eric, de dieciocho años, nativo de Erudición y repleto de todo tipo de… ideas sobre cómo hacer las cosas.
De haberlo querido, ese trabajo habría sido mío. Max me insistía en que lo reclamara, pero me negué, y estoy bastante seguro de que Eric todavía está resentido conmigo por ser la primera opción de nuestro líder.
—Siempre ha sido una competición —respondo—. Una bastante amistosa. Tú eres el que lo ha convertido en una guerra abierta.
—No veo qué hay de malo en separar la paja del trigo.
Me tenso al oír la frase. Es un dicho que solía escuchar de niño. Seguro que lo ha elegido por eso.
—El problema es que saca lo peor de la gente. El comportamiento de Peter empeora. Sabía que, si no le ponía fin, acabaría hiriendo de gravedad a alguien. Habría sucedido hoy, de hecho, de no haber intervenido.
—Bueno, pues mira qué suerte que estuvieras ahí —responde Eric, cruzando los brazos—. ¿Y qué es exactamente lo que quieres que haga al respecto?
—Quiero que lo bajes de puesto en la clasificación. No recompenses la brutalidad; castígala.
Él se mete el pelo grasiento detrás de las orejas y asiente. Lo conozco lo bastante bien como para saber que eso no significa que esté de acuerdo conmigo. Es un error decirle lo que deseo, en vez de recurrir a subterfugios, como suelo hacer. Lo único que hará será usarlo contra mí.
—Eso te molesta, ¿verdad? Que yo tenga el poder necesario para hacerlo y tú no.