La sexta facción Capítulo 14
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Capítulo 14

CUATRO

E STOY EN LO ALTO DEL C ENTRO y el viento me azota la ropa.

Al norte de donde me encuentro, hasta donde alcanza la vista, hay una cuadrícula de calles que parece la celosía de un jardín.

El pantano está justo al lado: un enredo de ríos de aguas poco profundas entre los que crecen las praderas.

Sin embargo, estoy concentrado en la vertiginosa altura de este edificio: el más alto de los que tenemos y mi peor pesadilla.

Llevo con miedo a las alturas desde que mi madre me trajo aquí de niño para contemplar las vistas de la ciudad. Supuso que se me pasaría, pero no fue así. Noto un cosquilleo en la cara y las manos; las piernas no me obedecen del todo. Sensaciones familiares.

Lo que nadie te cuenta sobre el terror es que, al cabo de un tiempo, se convierte en algo corriente.

Me obligo a caminar hasta el borde. Cinco pasos y llego al filo, donde los dedos gordos de los pies me asoman por el lateral de acero y cristal del edificio.

El viento me aparta la camiseta negra del cuerpo y me pega los vaqueros a las piernas.

Miro abajo, hacia la acera lejana, y se me revuelve el estómago.

«No pienses —me digo—. Salta y ya está».

Me inclino hacia delante y me precipito al vacío. Lo único que siento es el latido acelerado del corazón. El estómago, que se me cae a los pies. El rugido del aire. El horror de la calle que se abalanza sobre mí.

Me estrello contra el suelo y siento un instante de dolor antes de abrir los ojos, momento en el que me encuentro de pie en la sala de simulaciones de la sede de Osadía.

Me paso una mano por el cuello para secarme el sudor. Respiro con dificultad y la boca me sabe a sangre. Me he mordido la lengua.

La sala de simulaciones está pensada para ser una pizarra en blanco, con bastas paredes de piedra sin adornos. La puerta metálica se encuentra cerrada. No me molesto en esperar a que se me calme el corazón para abrirla con el hombro.

La antesala es redonda y baja, y a veces tengo que reprimirme para no agachar la cabeza al pasar bajo su techo de piedra. En el centro hay un crisol de metal tan grande que, de intentarlo, sería incapaz de abarcar con los brazos; en el centro arden unas llamas falsas.

Cuando traemos aquí a los iniciados para que se familiaricen con el generador de simulaciones de Osadía, tienen que meter las manos en el fuego, que no quema, pero lo parece. La cara que ponen es graciosísima.

A pesar de todo, diría que este es el corazón de Osadía. Aquí es donde más puro es nuestro vínculo con la misión de erradicar el miedo. Aquí nos enfrentamos a él. A nosotros.

Alargo una mano y dejo que las llamas bailen sobre los dedos. No siento nada, aunque, si pido otra simulación de mis miedos, me la ofrecerán. Me paso la mano libre por la frente para secar el sudor. Es probable que ya haya tenido bastante por hoy.

Oigo pasos a la carrera y, un segundo después, Uriah entra de repente en la habitación.

Les echa un vistazo inquieto a las llamas.

No me sorprende: casi todo el mundo se pone nervioso en la sala de simulaciones.

Cuando tus peores miedos se concentran en un solo lugar, es natural temer acercarse a él.

—Supuse que andarías por aquí —dice sin aliento—. Tienes que venir a la sala de entrenamiento. Se ha liado.

Conozco a Uriah desde hace tiempo. Es el hermano pequeño de mi mejor amigo. Aunque es tan entusiasta y torpe como un cachorrito, no suele ser dado a exageraciones. Suspiro.

—Vale.

Aquí es donde trabajo normalmente. Todos los osados tienen que regresar dos veces al año a la sala de simulaciones y, entre medias, programan un par de sesiones de práctica.

Yo soy el que las dirige. Pero durante los tres meses de iniciación osada, soy instructor.

En concreto, enseño a los trasladados, los que llegan de otras facciones. Y este año casi siempre se lía.

Corro detrás de Uriah por unos cuantos pasillos en penumbra, siguiendo el rastro de los cordones naranja chillón de sus zapatillas.

Aparecemos en la parte de arriba de los escalones que rodean el Pozo; en este centro subterráneo, con su profundo abismo en el fondo, se desarrollan muchas de las actividades osadas.

A lo largo de su borde en espiral se extiende el mercado, donde se puede encontrar prácticamente cualquier cosa que necesites…

, siempre que lo que necesites, además de lo imprescindible, sea un suministro inagotable de ropa negra y modificaciones corporales.

Permanezco pegado a la pared. Puede que no estemos a tanta altura como en mi simulación del miedo, pero moriría si caigo por el borde.

—¿Qué está pasando?

—Bueno, ya sabes —me dice Uriah, volviendo la vista atrás—. Ese Peter, como siempre.

Pongo cara de fastidio. Peter, un iniciado nativo de Verdad que siempre está flanqueado por sus lacayos favoritos, me ha preocupado desde el principio.

Desde que nuestros líderes aumentaron la competitividad de la iniciación reduciendo el número de plazas, está saliendo lo peor de la gente.

Hasta los iniciados que no son gilipollas sádicos parecen siempre a punto de estallar.

Uriah sigue hablando:

—Peter ha retado a una de las chicas, la otra veraz, a pelearse con él, y no aceptaba un no por respuesta. La ha acorralado. En eso estaban cuando he ido a buscarte.

Llegamos al fondo del Pozo, donde un grupo de chicos está de pie junto a la barandilla, contemplando el agua que fluye por el abismo. Torcemos a la derecha y corremos hacia las salas de entrenamiento.

La más grande es cavernosa y sus paredes están repletas de equipamiento: blancos para prácticas de tiro, colchonetas para lucha, sacos, guantes y vendajes de boxeo, además de pesas para entrenamiento de fuerza.

Hay tres círculos blancos pintados en el suelo; allí tienen lugar las peleas.

Una multitud se ha reunido en torno al más alejado.

Peter —alto y pálido, con el pelo castaño y una eterna sonrisa desdeñosa— se alza sobre la figura caída de Christina —también alta, de piel oscura y pelo negro recogido en cuatro gruesas trenzas pegadas al cuero cabelludo—, que escupe sangre en el suelo de la sala de entrenamiento.

Uriah ha tardado cuatro minutos en llegar hasta mí, lo que significa que Christina se ha defendido durante un rato antes de sucumbir.

Impresionante. Debería asegurarme de que suba un puesto en la clasificación.

Los otros iniciados rodean el círculo, algunos con cara de indignación, otros de interés. A los indignados los frenan los secuaces de Peter: Molly, la más fuerte de las chicas, y Drew, escurridizo pero volátil.

Peter, el cabecilla de todo esto, está cogiendo impulso con el pie para asestarle una patada en las costillas a Christina.

—Disculpad —digo.

Todos se quedan inmóviles. Peter baja el pie y me mira. Tiene el pelo pegado a la frente y le brillan los ojos, diría que de júbilo. El corazón me va a mil por hora, pero procuro hablar con calma.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunto, acercándome.

Los iniciados se apartan para abrirme paso hasta Peter.

—Estamos entrenando —responde él sin rastro de vergüenza—. ¿Qué tiene eso de malo?

—Para «entrenar» hacen falta dos contrincantes voluntarios. Lo que estás haciendo tú se llama «ser un gilipollas».

Le ofrezco una mano a Christina, que tiene un labio partido y un ojo tan hinchado que casi no puede abrirlo. Aun así, tiene suerte de seguir de una pieza. Qué narices, yo tengo suerte de que siga de una pieza.

Me da una mano temblorosa. Dejo que se levante por su cuenta, porque no quiero tirarle del brazo. Se pone en pie y, aunque carga el peso en el lado derecho, parece que, por lo demás, se encuentra bien.

—Vete a la enfermería a que te echen un vistazo —le indico—. ¿Uriah? Acompáñala.

Espero hasta que está a salvo y lejos de la pista para volverme de nuevo hacia Peter.

No puedo permitir que esto continúe. Lleva semanas acosando a otros iniciados.

Primero fue Will, un chico erudito que parecía un blanco fácil, pero que resultó tener un buen gancho de derecha.

Después, Myra: bajita, uña y carne con Edward, su novio erudito.

Y, ahora, le ha tocado a Christina. Su comportamiento no deja de empeorar porque nadie está frenando su ego.

Así que, sí, ha llegado el momento de hacerlo.

—Ahora que lo pienso, nunca te he visto luchar contra alguien de tu tamaño —le digo—. Creo que deberías empezar conmigo.

Peter me mira entornando los ojos.

—No puedes luchar contra un iniciado.

—Estoy bastante seguro de que sí puedo. Y, si te niegas, bueno, supongo que puedes esperar de mí la misma consideración que tú le has demostrado a Christina.

Pero no se negará. Es lo que pasa con las personas como Peter: nunca reconocen que han tomado la decisión equivocada, así que es fácil arrinconarlos.

Entro en el círculo y todos los iniciados que se habían acercado al caer Christina dan unos pasos atrás para salir de la línea blanca.

Peter se aparta el pelo sudoroso de la cara y estira el cuello mientras se pone en guardia.

Puede que haya dos metros entre nosotros, quizá más.

La habitación huele a tiza y sudor, un aroma que no resulta especialmente agradable, pero sí reconfortante por lo familiar; aquí fue donde por fin me sentí cómodo en Osadía, ya que mi estatura y mi tolerancia al dolor se convirtieron en mis mejores bazas.

La sabiduría convencional dice que hay que mantener las distancias con tu oponente, pero nunca me ha gustado el boxeo puro y duro que se les enseña a la mayoría de los osados.

No me parecía útil para lo que de verdad necesitamos: una forma no violenta de someter a las personas peligrosas. Así que aprendí otros métodos.