Capítulo 13
CALEB
L A SEGUNDA FASE DE LA INICIACIÓN de Erudición es otro laberinto; de espejos, en esta ocasión.
Bueno, entero no. Solo la parte en la que Caleb está ahora.
La primera vez que se vio multiplicado hasta el infinito, pensó que alguien debía de haberla tomado con él. A fin de cuentas, como no está acostumbrado a su reflejo, es más probable que algo así lo distraiga. ¿Siempre se ha visto así de perfil? Tiene una postura horrorosa.
Esa mañana, Cara los dividió en grupos al azar antes de conducirlos al patio, escenario de la segunda prueba, donde un estanque de aguas tranquilas y poco profundas estaba cubierto de nenúfares. Un entorno precioso.
Caleb lo vadeó para llegar hasta este pasillo de espejos…, o eso cree. En realidad, no recuerda cómo ha acabado aquí, pero eso ahora no importa.
Los requisitos del laberinto son simples.
Caleb, Fernando y Quinn —una chica nativa de Cordialidad con voz nasal— encontraron un mapa en la misma entrada.
Tuvieron que memorizarlo para orientarse.
Quinn fue la que trazó el camino usando la punta del dedo, y Fernando, nativo de Erudición y conocedor de varias estrategias mnemotécnicas, transformó su solución en una melodía.
La dividieron en tres partes y se las repartieron para memorizar una cada uno. Pan comido.
Por supuesto, una vez dentro del laberinto, las cosas se complicaron.
Al principio, todo parecía estar a oscuras y en absoluto silencio.
Sin amilanarse, Fernando tomó a Caleb y Quinn de la mano para guiarlos mediante el tacto, sin necesidad de usar la vista ni el oído.
Al llegar a la sección de Quinn, las luces se encendieron de nuevo, pero también lo hizo una alarma estridente; tanto que Caleb se tuvo que tapar las orejas.
Aun así, el ruido era tan insoportable que empezó a marcar el son de sus pensamientos.
Quinn entonó su parte de la melodía para sí misma y él trotó detrás de ella, sudando. Odiando cada segundo.
Pero ahora han llegado a la sección de Caleb y este es incapaz de apartar la mirada de su reflejo.
O reflejos, en plural, puesto que los espejos lo muestran repetido desde todos los ángulos.
Ni siquiera ve dónde acaban las paredes.
La experiencia es lo opuesto a la sección de Fernando, con su desconcertante privación sensorial; aquí hay tantos estímulos visuales que Caleb no consigue ver bien.
Avanza y se estampa contra una pared. Nota calor en la cara. Lo intenta de nuevo, ignorando las mejillas coloradas de su reflejo. Esta vez encuentra el borde de la pared y da un paso con más confianza de la que siente…, tan solo para toparse con un callejón sin salida.
Maldice y piensa: «En esto me he convertido». En un malhablado. En alguien cuya mente lo abandona en los momentos más importantes. En un fracasado miserable y patético.
Fernando y Quinn tienen la cortesía de no decir nada. El primero se limita a guiarlos de vuelta al punto de partida, donde Caleb empieza de cero. Oye un tarareo sutil a su espalda, casi imperceptible: Quinn, recordándole la melodía.
Aunque no quiere aceptar ayuda, lo único peor que ser el eslabón débil de tu equipo sería fallar y arrastrarlos con él en su caída, así que consiente.
Se une al tarareo.
Le recuerda las canciones que tuvo que aprenderse para las fiestas de Abnegación, donde sumaba su voz a las del resto sin importar lo ronca o desafinada que sonara.
De niño, le gustaba fijarse en los zapatos de los demás mientras cantaban, pues todos eran iguales y la mayoría golpeaba el suelo al compás de la melodía.
Así, para su mente infantil, eran como una sola criatura de múltiples patas que se movían al mismo son.
Se mira los zapatos ahora y descubre que eso le sirve de ayuda. El suelo también es de espejo, pero, si se concentra en los pies, puede distinguir la junta de las paredes.
«Derecha, izquierda, derecha —entona para sus adentros—. Izquierda, izquierda, izquierda».
Aunque tarda el doble que los otros dos en recorrer su sección del laberinto, terminan llegando al final; y no son los últimos.
—Venga —dice Fernando con una sonrisa de oreja a oreja—. Tenemos que darnos prisa o nos quitarán las mejores camas.
Su recompensa por haber superado la segunda prueba es un sitio en el dormitorio.
Caleb entra detrás de Fernando y Quinn en la espaciosa habitación, donde la mitad de los puestos ya están ocupados.
Reclama el suyo junto a las ventanas, para poder ver la calle.
Estos espacios personales son unidades independientes que se componen de la cama propiamente dicha, un armario alto y una mesa con un estante encima; todo ello orientado de tal manera que transmite una sensación de gran amplitud.
Y, por si fuera poco, el estante está repleto de libros.
Caleb acaricia los lomos. En casa no le dejaban tener libros en la habitación, salvo que los que necesitara para hacer los deberes, pero estos no son exclusivamente prácticos.
Hay una novela de detectives. Una colección de relatos.
Una historia del sistema de facciones. Un libro de psicología.
Una colección de ensayos sobre naturaleza.
Ni ellos necesitan ser prácticos ni útiles, ni él necesita evaluarlos según la contribución que le permitan hacer a la comunidad. Puede leer lo que le parezca más interesante, sin más.
Se le empañan los ojos. Los cierra.
Jamás había experimentado este alivio.
+ + +
Fernando hace de guía para los iniciados trasladados de otras facciones.
Es evidente que le gusta la atención; una parte de Caleb lo reprende, mientras que otra reconoce que eso se debe a su educación abnegada.
El deseo de Fernando de compartir sus conocimientos parece sincero, no pretencioso ni condescendiente.
Es uno de los preceptos de Erudición: «El conocimiento valioso exige ser compartido».
Fernando acaba de terminar de enseñarles la biblioteca, la sala de lectura y el centro de información cuando comienza la transmisión del informativo.
En casa, las noticias llegaban en forma de rótulo; aquí, en Erudición, cada dispositivo que lleve alguien encima, ya sea una pantalla portátil o un reloj, se ilumina con una alerta. En este caso, una de las paredes del pasillo se ilumina de blanco y revela ser una pantalla. Caleb empieza a leer.
Le sorprende descubrir que las noticias son más duras aquí.
Hay un informe sobre ataques a los ciudadanos por parte de los sin facción.
Un intento de robo en la Asamblea de las Facciones, frustrado por el sistema de seguridad de manufactura erudita, se ha saldado con los responsables sin facción en custodia.
Una lista de avances en los campos de la investigación y la tecnología en el seno de Erudición, plagada de términos especializados que le cuesta seguir.
Retrasos en los trenes que unen Cordialidad con el resto de la ciudad, provocados por un número de averías sin precedentes.
Caleb observa de reojo a las demás personas que están en el pasillo, leyendo también. En Erudición no hay escasez de curiosidad.
El último informe de la ciudad habla de Abnegación. Caleb se crispa, con todos los músculos tensos.
«…ha desvelado preocupantes declaraciones de antiguos abnegados sobre crueles prácticas disciplinarias, incluida la llamada Pena de Silencio, según la cual los niños pierden el derecho a hablar durante un periodo estipulado de seis horas o más.
Este castigo se aplica por infracciones tan leves como hablar sin permiso, no ayudar en las tareas domésticas básicas o incluso la vagamente denominada «conducta vulgar», eufemismo que alude a las prácticas sexuales en solitario.
En su ensayo Los efectos psicológicos y emocionales del silencio forzoso , disponible en la biblioteca principal, la psicóloga erudita Ashley Day sugiere que el impacto de estas prácticas puede ser significativo.
Además, este informativo ha tenido acceso a un testimonio según el cual un importante consejero, cuyo nombre no se ha desvelado, habría participado en castigos físicos…».
Caleb aparta la mirada; se le revuelven las tripas al fijarse en que todos están pendientes de él. Quinn es la primera en hablar.
—¿Es cierto ese informe? —le pregunta.
—No sé nada de castigos físicos —replica Caleb, consciente de lo poco convincente que suena—. Pero sí, el resto en esencia es verdad.
—¿Tus padres te obligaban a hacer eso de la Pena de Silencio?
—No, porque yo nunca… —Decir «yo nunca me salté las reglas» se le antoja ridículo, por exacto que sea. Siempre se le ha dado bien controlar sus impulsos. A Beatrice, ya no tanto.
—Bueno, pues me parece una crueldad hacer algo así con un niño —declara Anna—. Imponer el silencio en vez de fomentar la independencia y la libertad de expresión… no está bien.
A Caleb se le forma un nudo en la garganta.
Piensa en Beatrice, la víspera de la prueba de aptitud, discutiendo con Marcus Eaton sobre si el informativo era verídico.
Llamándole la atención acerca de lo equivocado de su razonamiento.
Y luego, durante el resto de la velada, cabizbaja y con los labios sellados.
Acobardada, humillada. ¿Y por qué? ¿Por señalar la verdad?
Espera que se encuentre bien.
—¿Cómo os castigan aquí? —le pregunta a Fernando.
—Depende de la edad que tengas, pero sobre todo mediante una reevaluación situacional.
—Ante la cara de confusión de Caleb, continúa—: No es más que un repaso de la infracción, verbal o por escrito, que incluye un análisis de la conducta indeseada y sus motivaciones, seguido de una reflexión para evitar o modificar esa situación en el futuro.
Cuando te haces mayor tienes que citar fuentes y todo; es un rollo.
—Todas mis fuentes iban de la inhibición de la respuesta —tercia Anna—. O el estudio aquel sobre la limpieza…
—¡ ¿Causa o correlación? Análisis de los efectos de la pulcritud sobre la higiene mental ! —dice Fernando, riéndose—. A mí también me tocó citar ese. ¿Te fijaste en el tamaño de la muestra? ¡Pero si era ridícula!
Y así empieza la visita, con Anna abriendo la marcha hasta los laboratorios de investigación y Fernando hablando sin parar de lo importante que es que los estudios incluyan muestras de las cinco facciones y no solo de Erudición.
Caleb camina junto a Felicity, que les ha pedido a sus compañeros que la llamen Fell. La chica se está mordiendo el labio inferior.
—¿Crees que tienen razón? ¿Que la Pena de Silencio es mala? Siempre había pensado que alentaba la introspección, pero… quizá me equivoque.
—No sé —dice Caleb, aunque solo para no preocuparla más todavía. Sabe perfectamente cuál es la opinión que le merece ese castigo.
Llegan a los laboratorios de investigación y se separan para explorar.
Las paredes y los suelos de esta parte de la sede de Erudición están cubiertos de baldosas de color azul claro; los laboratorios en sí son de un blanco reluciente, con muros de cristal que permiten ver hasta el final del pasillo.
Caleb gravita hacia el escáner de un cerebro enorme. Al observarlo por el cristal, las distintas secciones se iluminan de color rojo, amarillo o azul, según los estímulos que va recibiendo. Se coloca en la puerta del laboratorio para verlo mejor.
Cara está sentada a una de las mesas, tomando apuntes en su pantalla portátil mientras observa la imagen. Se fija en la presencia de Caleb.
—Puedes entrar, ¿sabes? —le dice—. Nuestros estudios no son secretos.
Caleb se acerca y se pone a su lado.
—¿De qué es el escáner?
—Es alguien que está haciendo una nueva versión de la prueba de aptitud —explica Cara—.
Trabajamos continuamente para codificar instrucciones en las imágenes de la simulación.
Algunos se pasan demasiado tiempo vagando sin rumbo antes de darse cuenta de que tienen que cruzar el laberinto.
Estaría bien que aparecieran en la simulación con una sensación de propósito innata en vez de tener que depender de pistas visuales para entender qué se espera de ellos.
—Interesante. No sabía que la prueba de aptitud estuviera refinándose aún.
—Todo es susceptible de ser mejorado. También ayuda el hecho de que a Jeanine Matthews le encantan las simulaciones, así que siempre hay por lo menos un laboratorio estudiándolas. Para quienes estudiamos el cerebro, eso significa que no nos falta el trabajo.
Caleb asiente mientras las partes del cerebro continúan iluminándose de distintos colores.
Antes se sabía el nombre de todos los lóbulos y su función.
El occipital se encarga de la visión; el frontal, de la toma de decisiones; el temporal, de la memoria a corto plazo.
En cierta ocasión, fascinado, sacó a hurtadillas de la biblioteca un libro sobre lo que las lesiones cerebrales les habían enseñado a los científicos.
Lo escondió bajo la cama, entre el colchón y los muelles.
Se pregunta si seguirá estando allí, esperando a que lo descubran sus padres.
—Si sientes curiosidad —dice Cara—, puedo recomendarte algunos estudios. Hay un ensayo increíble sobre las hemisferectomías, que es cuando se extirpa la mitad del cerebro. ¡Te sorprendería hasta qué punto se las apaña para compensar esa ausencia la otra mitad! Me cambió la vida, sin exagerar.
—Vale —se descubre respondiendo Caleb—. Te lo agradezco, sería estupendo.
Cara le dedica una sonrisa radiante y Caleb le devuelve el gesto.
Cuando la gente de Abnegación hablaba de Erudición, siempre hacían que pareciera un sitio frío, vacío. Pero Erudición no tiene nada de frío. Aquí hay calidez y abundancia, un festín para la mente en el que te puedes servir todas las veces que quieras.
Erudición está llena de maravillas.