La sexta facción Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Tengo entendido que se trata de alguien importante para los sin facción. Una vez la ayudé a hacer lo mismo que estás haciendo tú ahora, así que me debe un favor. Ha prometido cuidar de ti.

El sonido del tren al acercarse al andén es atronador.

Un murmullo grave que crece hasta transformarse en rugido.

Mi madre me pide que corra, así que lo hago, con la mochila rebotando contra la columna mientras me dirijo a la otra punta de la plataforma.

El tren me adelanta. Hace tanto ruido que temo no oír la orden de saltar.

Pero sí que la oigo.

—¡Salta!

No me lo pienso; confío en ella. Me impulso a la derecha. Estoy medio convencida de que voy a estamparme contra una pared de metal. Me caigo, liviana por un momento, antes de golpear algo con tanta fuerza que me hago daño en el hombro.

El suelo metálico de uno de los vagones.

Me siento, aturdida, a tiempo de ver a mi madre balanceándose para entrar en el mismo vagón, con la mano cerrada todavía en torno a uno de los asideros que hay junto a la puerta.

Ni siquiera se ha despeinado. Es como si estuviera contemplando a una desconocida que da la casualidad de llevar puesta la misma piel que Natalie Prior.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí.

Sigo su mirada hasta una figura que está de pie en un rincón. No me había percatado de su presencia. Se nos acerca y me tenso antes de ver que se trata de una mujer.

Es más alta que nosotras, con rizos oscuros y un rictus severo en los labios. Su atuendo es una mezcla de tres facciones distintas: los pantalones granates de Cordialidad, la camisa blanca de Verdad y la chaqueta negra de Osadía. Lleva un cuchillo sujeto con una correa al muslo.

Y mi madre tenía razón. La conozco.

Es la culpable de que yo esté en este lío.

—Hola, Evelyn —la saluda mi madre.

Ayer, cuando me dijo que sabía que Evelyn estaba viva, no mencionó nada de esto. Que la había ayudado. Que mantenían aún el contacto.

Ignoraba que mi madre tuviera tantos secretos.

Un recuerdo sale a flote en mi mente: cuando Evelyn Eaton murió, acompañé a mi madre a llevar comida a la casa de Marcus.

Pensó que a su hijo le agradaría tener compañía de su edad, pero Marcus dijo que el chico estaba indispuesto.

Así que me senté en la sala de estar con mi madre, viendo llorar al hombre.

No sé cómo pude pensar que me había confundido. Esta mujer solo podría ser Evelyn.

—¿Tu hija? —pregunta inclinando la cabeza en mi dirección, sin mirarme a los ojos.

Si es importante para la facción, quizá sepa quién mató a Robert. Quizá sepa por qué. Quizá fue ella misma, con aquella pistola.

Me pongo de pie, pero no estoy preparada para los vaivenes del tren. Tropiezo y me caigo de lado, sobre mi madre, que me sujeta.

—Eligió Abnegación —dice mi madre—, pero no fue una decisión acertada.

—Menuda sorpresa.

La voz de Evelyn es ácida y oscura. Como el pan de centeno o aquel café solo que un veraz me ofreció en el autobús una vez, solo para reírse de mi cara al probarlo. «¿Demasiado fuerte para ti, estirada?».

—La acogerás —indica mi madre, y no es una pregunta, sino una orden—. La protegerás. Y luego daré por saldada la deuda que tienes conmigo.

Evelyn me observa por fin; me pregunto qué verá. A una rubita menuda con el pulcro moño tradicional de Abnegación, más el atuendo gris y holgado de su facción. Poca cosa, callada; nada especial.

—¿Qué facción te gustaría haber elegido? —me pregunta—. ¿Lo sabes siquiera?

La respuesta acude sin dificultad a mis labios:

—Osadía.

—De tal palo, tal astilla, supongo. —Evelyn se ríe y le dice a mi madre—: Será mejor que te bajes en la próxima.

«De tal palo, tal astilla».

Mi madre… Mi madre, la de voz imperiosa, la que es más perspicaz de lo que parece, la que tiene secretos, la que sabe subirse a los trenes en marcha… ¿Ha sido osada?

No es sorpresa lo que siento al mirarla de nuevo; es más bien como si la última pieza de un puzle acabara de encajar en su sitio. Esto explica lo que he estado viendo. Lo que por fin me ha permitido ver.

Mi madre suelta la mochila en el suelo del vagón.

—Víveres para ti —informa.

El tren está llegando a una estación. Aunque aminora, continúa yendo demasiado deprisa; mis últimos minutos con mi madre se evaporan.

Me rodea con los brazos y aprieta tanto que me corta la respiración antes de saltar del tren en marcha, sin previo aviso.

Me asomo para ver si ha aterrizado a salvo y diviso su silueta corriendo por el andén con zancadas gráciles y cómodas.

El tren describe una curva y la pierdo de vista.

Me vuelvo hacia Evelyn.

—Supongo que vamos a averiguar de qué pasta estás hecha, Beatrice —me dice.

—No me llames así —replico. No sé de dónde he sacado el valor. Quizá sea la rabia que siento contra las personas que asesinaron a mi amigo y han puesto mi vida patas arriba, o quizá sea la amargura que destila su voz lo que me da permiso para mostrarme arisca.

—Bueno, pues elige otro nombre.

Tengo que dejar atrás a Beatrice. Lo sé con una certeza que me costaría explicar. Beatrice es la persona que nunca ha perdido a nadie. Beatrice desconocía la verdad acerca de su padre, acerca de la facción que había elegido.

Sé exactamente qué clase de persona quiero ser a partir de ahora: la clase de persona que obtiene respuestas a todas sus preguntas.

—Tris —digo—. Llámame Tris.