La sexta facción Capítulo 12
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Capítulo 12

BEATRICE

A UNQUE HACE CALOR esta noche y tenemos todas las ventanas abiertas, el aire se mueve tan poco que lo mismo podríamos haberlas dejado cerradas. Me concentro en los ronquidos de Mary con la esperanza de que me arrullen hasta quedarme dormida, pero sin éxito.

La luna brilla en lo alto cuando por fin me doy por vencida. Me pongo las zapatillas y salgo al patio.

Aquí no se echa nunca la llave. Abnegación te pide que te controles en vez de intentar controlarte. Hubo un tiempo en el que me parecía que la libertad era eso.

Deambulo por el patio, dándoles vueltas una y otra vez a las mismas ideas. Puedo encajar en Abnegación. Puedo fingir. No quiero estar sin facción. No puedo. No se me ocurre nada peor.

La luz de la luna se desliza por las hojas de lechuga del huerto. Las observo un momento antes de volver sobre mis pasos. Al girarme, veo a Susan Black en la puerta. Tiene las manos enlazadas frente a ella.

—¿Problemas para dormir? —me pregunta, y yo me la quedo mirando.

Acaba de romper el voto de silencio. Susan. ¿Y para qué? ¿Para hablar conmigo?

—Ningún voto es más importante que una amiga en aprietos —me explica con un encogimiento de hombros.

Me acerco a ella para que podamos conversar en voz baja.

Es como asomarse a un espejo. Mide poco más que yo y tiene el pelo un poco más oscuro, pero nuestros camisones son idénticos, al igual que las zapatillas, y tenemos los ojos del mismo tono de azul.

Nos parecemos más la una a la otra que cualquiera de las dos a sus respectivos hermanos; cuando éramos pequeñas, la gente nos tomaba por gemelas, así que yo la consideraba de la familia. Y lo sigo haciendo.

—¿Te puedo contar una cosa? —dice Susan—. ¿Algo que nadie más sabe?

—Pues claro.

—Robert pensaba elegir Cordialidad. Me lo contó después de la prueba de aptitud. —Las lágrimas relucen en sus ojos—. Cuando volvió, estaba llorando. Quería que le saliera Abnegación en el resultado. Quería que la prueba le desvelara algo nuevo sobre él. Pero… ¿realmente hace eso?

Las comisuras de los labios le tiemblan en una breve sonrisa.

—No. —La mía sí, aunque no como ella se piensa—. No lo hace.

—Me enfadé con él. El día de la ceremonia casi no le dirigí la palabra. Me dijo que me quería y yo me quedé callada.

—Él lo sabía, Susan. —Me gustaría consolarla, pero no sé cómo. De modo que insisto—: Por supuesto que sabía que lo querías.

—Ya. Eso espero. —Susan acaricia una de las flores que crecen por la zona. Es amarilla y delicada—. Me pregunto por qué le dispararían… Por qué querrían disparar contra nadie, quiero decir. ¿Era eso lo que los consejeros intentaban averiguar cuando te llamaron? ¿Te preguntaron si viste algo?

«No», pienso. No parecían interesados en absoluto en la muerte de Robert, ¿verdad?

Es tal y como me dijo mi madre: el consejo cree que las personas que atacaron la Ceremonia de la Elección no son más que un hatajo de aficionados, de los que serían capaces de abrir fuego al azar contra la multitud.

Quizá tengan razón, pero… ¿Y si se equivocan?

¿Y si la muerte de Robert solo fuera el principio de algo más grande?

—¿Te ayudaría saberlo? Saber quién lo hizo y por qué, quiero decir.

Susan suelta la flor.

—No estoy segura. —De nuevo esa tímida sonrisa—. La gente siempre piensa que necesita respuestas cuando alguien se muere. Tal vez no sea más que una manera de evitar la pena, pero… Quizá cambiaría mis sueños.

—¿Tus sueños?

—Todas las noches sueño con lo que pasó. No creo en almas en pena, Beatrice. Pero sí en mentes en pena.

Me río un poquito.

—Ya. Yo igual.

Nos quedamos allí un momento, escuchando la brisa, el canto de los insectos y la respiración de la otra.

—Bueno, ¿y qué te salió en la prueba de aptitud? —me pregunta—. ¿Verdad?

Me sorprendo riéndome; con ganas en esta ocasión.

—¿Verdad? ¿Me tomas el pelo?

—Sí. —Sonríe—. Bueno, pues Osadía, entonces.

Asiento. No voy a contarle que los resultados no fueron concluyentes, pero esto es lo más parecido a la verdad.

—¿Por qué elegiste Abnegación?

—La familia me parecía más importante —respondo—. Todavía me lo parece.

Asiente varias veces seguidas, pensativa.

—Robert no habría dejado de ser mi familia si hubiera elegido Cordialidad. Tú tampoco dejarás de serlo para la tuya. Cuando te marches.

—¿Cuando me marche? —digo, preguntándome qué habré hecho para que se huela mis intenciones.

—Venga, Beatrice. Nadie puede fingir eternamente. —Me coge la mano.

Creo que es este gesto bondadoso lo que me ayuda a tomar una decisión.

La seriedad que irradia de ella como la luz de una estrella.

Porque esta vida es perfecta para Susan Black, que anhela todo cuanto le puede ofrecer: días tranquilos de propósito simple, rutinas sencillas y reuniones cálidas, un matrimonio, hijos y velar por el prójimo.

Y saber que, aunque tu vida sea una mera fila de puntadas, su alineación con tantas otras es lo que compone un conjunto precioso.

Es la mejor imagen de lo que la vida en Abnegación puede ser, y ahora que ha perdido a su hermano, es lo que se merece.

Pero yo me he equivocado antes. Estar sin facción no es lo peor que me pueda imaginar, ya no. Lo peor sería llevar una vida para la que no estoy hecha.

—Gracias, Susan —le digo, y estoy siendo sincera—. Venga, a la cama.

+ + +

Al día siguiente, en el centro de donaciones, le llevo una pila de ropa a mi madre. Bajo la solapa de una chaqueta he metido una nota en la que se puede leer: «Necesito respuestas».

+ + +

Las horas de mi último día en Abnegación se escapan como agua entre mis manos. No consigo acumular la suficiente para saborearla. El tedio de separar y embalar los paquetes de artículos de primera necesidad que se van a repartir por toda la ciudad me resulta reconfortante e irritante a la vez.

Mucho más tarde de lo que debería, me percato de que los estoy elaborando para mí misma. ¿Seré una de esas personas que vagabundean por las calles en busca de algo que llevarse a la boca y que hacen cola para recibir agua potable?

«No», me aseguro. Mi madre se encargará de que no me falte de nada. Todavía puedo contar con ella. Me lo ha prometido.

Después del toque de queda, remoloneo tumbada en la cama, esperándola, con los dedos tamborileando nerviosos a los lados. Veo una sombra que se desliza por la ventana que hay al lado de la puerta del dormitorio y me siento. Reconozco la silueta de mi madre.

Todavía estoy vestida —he vuelto a ponerme la ropa bajo las mantas cuando las demás se han quedado dormidas—, pero ahora me calzo y echo un último vistazo al dormitorio.

Susan, con la cabeza enterrada bajo la almohada; Constance, estremeciéndose en sueños; Mary, todavía con el bordado en el regazo.

Son buena gente y desearía poder despedirme de ellas, pero quizá sea más fácil así.

Salgo del dormitorio de puntillas y cierro la puerta sin hacer ruido. Mi madre me espera en el pasillo, con una mochila en cada mano. Me da una y asiente. Abandonamos juntas la sede de Abnegación.

Una vez fuera, aprieta el paso y me veo obligada a trotar para no quedarme rezagada.

—¿Adónde vamos? —pregunto.

—A cazar un tren —dice—. Yo te enseño, no te preocupes.

«Cazar un tren» es una frase curiosa viniendo de ella. Es como si quisiera que ahuecara las manos para cerrarlas de golpe alrededor de uno, al igual que hago con las luciérnagas en el campo en verano.

Me duelen las piernas cuando caigo en lo que significan el resto de sus palabras: sabe hacerlo. Subirse a un tren en marcha.

¿Por qué?

—¿Es que nos vamos a montar de un salto? ¿Como si fuéramos… de Osadía?

Me observa de reojo; hay algo salvaje en su gesto.

—Ni más ni menos. Ven, por aquí…

Se desvía a la derecha y se mete en un callejón lleno de muebles abandonados y bolsas de basura rotas.

Veo un andén un poco más adelante. Mi madre es la primera en subir por las escaleras que conducen a la plataforma de madera que se extiende en ambas direcciones.

Me indica que me acerque al final del andén y nos quedamos juntas allí.

El viento me deshace el moño; me aparto los mechones sueltos del rostro.

Por encima del hombro, mi madre vuelve la mirada hacia una forma oscura que se mueve a lo lejos. Viene un tren, aunque todavía falta para que llegue.

—He oído que hay abandonados robando a las facciones —dice mi madre—, y estaba pensando… Si averiguas quiénes son, quizá puedas descubrir algo más acerca de la pistola que mató a Robert, puesto que la sustrajeron del muro.

Me la quedo mirando. Por sus palabras, se diría que llevo semanas pensando en desertar. Yo aún me siento como si estuviera en la Ceremonia de la Elección, con la mano suspendida sobre las piedras, mientras ella ya ha trazado un plan.

Continúa:

—No se me ocurre por dónde más empezar. Si encuentras algo, déjame un mensaje en el centro de donaciones, detrás del ladrillo suelto que hay al lado de la puerta trasera.

Asiento, aunque la perspectiva de montar de un salto en un tren en marcha me pone demasiado nerviosa como para reaccionar a sus instrucciones.

He visto a los osados hacerlo muchísimas veces, pero también he oído historias escalofriantes sobre gente que se ha caído del andén para morir triturada por las ruedas de los vagones o aplastada contra el pavimento ahí abajo.

—¿El tren?

—Vale, vale. —Mi madre apunta al otro extremo de la plataforma de madera—. Cuando yo te avise, corre a toda velocidad hasta el final del andén. Y cuando te pida que saltes, lánzate a la derecha con todas tus fuerzas. No es la forma más elegante de hacerlo, pero sí la menos arriesgada.

Noto la boca seca. Compruebo las correas de mi mochila para asegurarme de que esté bien sujeta a mi espalda.

—¿Con quién vamos a encontrarnos? ¿Cómo se llama?

—Bueno —replica mi madre—, la pregunta se las trae, no te creas. Digamos que ya la conoces.

Ni sé a qué se refiere ni estoy en condiciones de ponerme a resolver enigmas en estos momentos. El miedo me embota la cabeza y el cuerpo, aunque ella no parece haberlo notado.