La sexta facción Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Mejorarán las cosas cuando acabe la iniciación?

—Ay, Beatrice. —Mi nombre es un suspiro en sus labios. Susurra—: Ojalá pudiera decirte que sí, pero esta facción nunca será un lugar seguro para una mente tan singular como la tuya. La cajita no se va a expandir para acogerte. Las cosas nunca van a mejorar lo bastante.

En el fondo de mi ser, donde reside la verdad, sé que tiene razón. Mi vida aquí sería una farsa, y no me refiero solo a fingir que mi padre no haya intentado borrarme la memoria o que esa no sea una actividad habitual aquí, sino a fingir que no siento curiosidad. Fingir que me gusta el silencio.

Fingir que soy otra.

—Creo que tengo que irme —confieso.

Se me derraman las lágrimas. Noto las mejillas calientes. Ahora que han empezado a brotar, ya no puedo pararlas. Me tapo los ojos con las manos y lloro contra las palmas.

Mi madre me estrecha contra su cuerpo.

—Está bien —exhala en mi pelo—. Está bien, Beatrice, suéltalo todo.

Sollozo cada vez con más fuerza y me cuesta creer que esos sonidos provengan de mí: desesperados, bestiales, como los de un animal lastimado.

Me abraza hasta que me quedo sin lágrimas. Apoyo el rostro en su hombro; su camisa huele a detergente y su piel a jabón de romero.

La brisa que sopla en el callejón hace que los cartones traqueteen y que los hierbajos que crecen en las grietas del pavimento se mezan.

—Conozco un lugar al que podrías ir. Tengo contactos entre los sin facción —dice—.

Pero…, antes de acudir a ellos, necesito estar segura de que entiendes lo que te dispones a hacer.

—Su voz es distinta de nuevo. Menos cuidadosa y medida—.

He intentado ganarme la confianza de algunos de los abandonados que acuden al centro de donaciones y he descubierto lo siguiente: hay dos tipos de sin facción, Beatrice.

Los que ya conoces… y los que todavía no has visto.

—Sus palabras me provocan un escalofrío—.

A los segundos les va mejor que a los primeros; no sé más de ellos.

Podrías ir ahí. Podrías ser tú misma. Creo que no serían capaces de hacerle daño a uno de los suyos, si te convirtieras en eso.

Está callándose algo.

—Pero… —la animo a seguir.

—Pero… —dice, y se interrumpe un momento, pensativa—.

Siempre ha habido tiranteces con los sin facción.

Sin embargo, en los últimos años eso había empezado a arreglarse.

Tu padre y los demás consejeros veían esto como algo positivo.

Yo no. Me sugería que los sin facción estaban encontrando otras vías de escape para su descontento.

Pienso en el estandarte desplegándose sobre mi cabeza. Las flores blancas bordadas.

—Como atacar la Ceremonia de la Elección —afirmo.

Asiente.

—El consejo opina que las personas que atacaron la ceremonia son un hatajo de advenedizos. Que el ataque que acabó con la vida de Robert Black en realidad fue un acto desorganizado. Que los centinelas de Osadía pueden controlarlos.

—¿No estás de acuerdo?

—Creo que ese grupo formaba parte de un movimiento más grande. Que el ataque contra la Ceremonia de la Elección solo fue el primer acto de un plan mucho más ambicioso.

Los sin facción que conozco son los del centro de donaciones. Achacosos, desdichados, sin rumbo… Me cuesta imaginarlos atacando la Ceremonia de la Elección. Así que, quizá tenga razón.

—¿Por qué querrían asesinar a Robert? —pregunto—. ¿En qué ayuda eso a los planes de nadie?

—Es posible —replica con delicadeza— que no apuntaran a Robert.

Desde el principio había sospechado que la muerte de Robert fue algo fortuito.

Un accidente, quizá, o una simple reacción al caos: la mujer sin facción se cae de las vigas, alguien se asusta y ¡pam!

, una bala perdida se aloja en el cuerpo de Robert.

Sin embargo, no me había parado a pensar en la intencionalidad de todo el asunto: robarles un arma letal a los guardias del muro, introducirla en la Ceremonia de la Elección, descolgarse de las vigas y abrir fuego…

Quizá diera igual que la mujer sin facción se cayera. Quizá la persona con la pistola planeaba usarla desde el principio.

—Si yo no tuviera facción —comento—, conviviría con ellos. Con los que nos atacaron.

—Estarías a salvo… Yo me aseguraría de que estuvieras a salvo. Pero sí. Si vas allí, no sabrás quién mató a Robert. No sabrás quién es peligroso y quién no.

«Si vas allí». Dios, me parece imposible.

Pero en mi mente se abre paso una minúscula posibilidad, un agujero de alfiler que permite el paso de un rayo de luz diminuto.

—Si deserto —digo—, podría averiguar qué se proponen esos sin facción.

—No es responsabilidad tuya.

—¿No? Robert era mi amigo. Si puedo descubrir por qué murió…, ¿no debería intentarlo?

Suspira.

—No puedo decidirlo por ti. Lo único que quiero es que seas feliz y que estés a salvo.

Pero esta es una de tus opciones. Quédate o no te quedes.

Encuentra respuestas o no las busques siquiera.

Pero, si decides que esto es lo que deseas, si decides que quieres buscar esas respuestas, prometo ayudarte en todo lo que necesites. Te ayudaré a averiguar la verdad.

Las nuevas elecciones que se me plantean son como los cuencos de la ceremonia, exigiendo mi sangre. Al igual que ellos, me ofrecen algunos destinos con los que me siento capaz de vivir y otros con los que no.

«Quedarme y negar qué ha pasado. Quedarme y fingir hasta que ya no haga falta seguir actuando. Irme y olvidarme de todo. Irme y buscar la verdad».

Pienso en Robert, con la nariz pegada a un manual de poda, y en lo que él, Susan y sus padres se merecen, y en cómo esta es mi oportunidad de hacer algo bueno e importante.

—Piénsatelo —me dice mi madre—. Piensa en lo que realmente quieres.

Me siento como si estuviera hecha de piedra. Tan pesada que no puedo moverme. Tan rígida que no me puedo doblar.

Lo que quiero no existe.