La sexta facción Capítulo 11
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Capítulo 11

BEATRICE

H OY DEBERÍA IR AL CENTRO de donaciones, pero mis pies me llevan de regreso al dormitorio.

«Quieres almacenar esos recuerdos en la cámara», le dije.

«En cierto modo».

No mentía, supongo.

Eleanor me espera en el dormitorio. Todas las camas tienen las esquinas recogidas, como nos enseñaron nuestros abnegados progenitores.

El bordado de Susan reposa encima de la almohada, con la aguja prendida en su sitio para marcar por dónde va la labor.

El calendario de Constance está en la pared, tachada ya la primera mitad de la semana.

Otras tres y media más y podremos hablar otra vez.

Mientras midamos nuestras palabras.

«Si hubiera visto algo extraño, ¿a quién podría contárselo?».

«Conmigo puedes hablar siempre».

—Abigail Baker me ha contado que tuviste que declarar por lo de la Ceremonia de la Elección. —Frunce el ceño—. Seguro que no ha sido fácil. ¿Necesitas pasar un rato a solas?

Me obligo a concentrarme. Asiento.

Me toca el codo.

—Descansa y reúnete con tus compañeros de iniciación esta tarde. ¿Te parece bien?

Agradezco no tener que pronunciar palabra. De lo contrario, creo que abriría la boca y toda la verdad escaparía como una avalancha. «Evelyn Eaton está viva y los líderes de Abnegación no quieren que nadie lo sepa, a pesar de que estaba con las personas que mataron a Robert».

Me dedica una sonrisa apenada antes de irse.

Me siento en el borde de la cama. Noto como si los brazos me pesaran una tonelada.

«Necesito una extirpación».

«Gracias por ofrecernos tus recuerdos».

Oigo un sonido rasposo. Me toco el pecho y me doy cuenta de que es el sonido que escapa de él al intentar respirar.

+ + +

Tengo la mente cargada de estática mientras doblo ropa en el centro de donaciones esa tarde, mientras rehúyo la mirada de mi madre, mientras regreso con Mary…

Ceno sola al final de la mesa, friego la cuchara y el cuenco.

Me digo que doy gracias por el aislamiento, porque me proporcionará tiempo para pensar en lo que ha sucedido.

Sin embargo, al día siguiente, mientras extiendo una camisa de Erudición encima de la mesa y la doblo alisando con esmero los pliegues, pienso que no me está sirviendo de nada.

¿Cuántas veces puedo recordar el alivio en los ojos de mi padre cuando creía haberme borrado la memoria con éxito?

¿O cómo asintió Marcus Eaton, el líder del consejo, como si ya hubieran hecho eso mismo en infinidad de ocasiones?

¿Cuántas veces puedo preguntarme por qué preferirían encubrir la supervivencia de Evelyn Eaton en vez de averiguar por qué Robert ha muerto?

¿Hasta cuándo seré capaz de fingir que todo continúa siendo normal?

Siento una súbita punzada en el labio y noto un sabor a cobre en la lengua. Me he mordido sin querer. Le doy la vuelta a la camisa para doblarla por la mitad y la dejo en lo alto del montón que tengo a mi lado.

Estoy demasiado distraída como para verla venir, pero mi madre me pone delante otra pila de ropa, recién recogida del tendedero de la parte de atrás.

Me dispongo a abordarla cuando veo que hay un papelito encima.

Lo ha dejado ella. Se trata de un trozo pequeño y arrugado que se podría confundir con cualquier desperdicio, pero lo cojo de todas formas.

«DEJA QUE SE TE HAGA TARDE», leo que dice.

Me lo guardo en el bolsillo y continúo doblando.

Un rato después, pese a haber terminado ya mis quehaceres, me dirijo al fondo de la habitación para hacer inventario y comprobar que no falte nada; una de las tareas más tediosas en el centro de donaciones.

Suena la campana que señala el final de la jornada y yo sigo trabajando, fingiendo querer terminar lo que estoy haciendo, por si a alguien le diera por mirar en mi dirección.

Me despido con la mano de Mary, que se marcha sin mí.

Mi madre está en la entrada del almacén, bajando los interruptores de la luz y apagando los ventiladores del techo. Cierra con llave la puerta principal y me lleva hasta la trasera.

Salimos al callejón que hay detrás del centro de donaciones, lleno de contenedores demasiado altos como para ver lo que hay dentro. Junto a nosotras se levanta un pulcro montón de cajas de cartón desmontadas.

Mi madre mira arriba, primero a una esquina del edificio y después a la otra. La imito sin saber qué busca. Sea lo que sea, no parece encontrarlo. Se vuelve hacia mí.

—No funcionó, ¿verdad? —me pregunta—. Me refiero a la extirpación.

Cuando Eleanor y Benjamin anunciaron el mes de silencio, sentí como si una mano se cerrara sobre mi garganta. Sin embargo, en los últimos días, presiento que eso es lo único que me ha impedido desmoronarme. Mientras no tenga que decirlo en voz alta, será como si nunca hubiera ocurrido.

Pero esta es mi madre. Me conoce…, aunque mi padre ya no sepa quién soy.

—No —digo con voz ronca.

—Me lo imaginaba. —Frunce el ceño—. Sé para qué llevan a la gente a esa habitación, y cuando tu padre me contó lo que viste…

—¿Te lo ha contado? —Me fijo en que no da muestras de estar sorprendida—. ¿Sabes que…?

No consigo obligarme a decirlo en voz alta. Es demasiado absurdo. «¿Sabes que Evelyn Eaton todavía está viva?».

—Lo sé desde el funeral —murmura con gesto serio.

—¿Cómo es…? ¿Por qué hacen como si estuviera muerta? —Me doy cuenta de que tengo los puños apretados y me obligo a tranquilizarme—. ¿Por qué no querían que lo supiera?

—No tengo respuestas, tan solo teorías. Evelyn Eaton era la esposa del líder del consejo, lo que significa que poseía acceso a información que solo él podría tener.

Si nuestros líderes han decidido que lo mejor era fingir que había fallecido, será porque no querían que la gente se preguntara por qué había huido.

—Se le suaviza la mirada—. Y siguen sin querer que nos lo preguntemos.

—Han pasado ocho años —indico—. La información que posea debe de ser espantosa, ¿no? Para que estén dispuestos a llegar a este extremo.

Mi madre titubea, y en ese momento de vacilación recuerdo las noticias. «Una preocupante recurrencia en las lagunas de memoria que sufren algunos de los centinelas de Osadía que patrullan el muro».

—Ah. Es que a ellos no les parece extremo —musito.

Mi madre menea la cabeza.

—¿Con qué frecuencia actúan? ¿Lo sabes? ¿A cuánta gente se lo han hecho ya?

—No lo sé —reconoce mi madre—. Pero tu padre respeta las reglas. Si te ha hecho esto es porque las autoridades competentes habrán decidido que es el procedimiento correcto… Si le pareciera «espantoso», como tú dices, no habría accedido. Tratándose de su hija, no.

—Pero ¿por qué no ha funcionado? ¿Me pasa algo malo?

Mi madre me recoge el pelo detrás de la oreja.

—No es nada malo, no. Naciste así, eso es todo. Sin embargo, lo que eres, lo que puedes hacer… —Me pone las manos en la nuca y se agacha para mirarme a los ojos—. No dejes que nadie se entere. Jamás. De lo contrario…, acabarás muerta. ¿Entendido?

«Muerta». Esa palabra me provoca un escalofrío. Cuando Tori me dijo que ser divergente era peligroso, no me imaginaba que se refería a que podría costarme la vida.

Pienso en la mujer abandonada del ataque a la Ceremonia de la Elección, tirada en el suelo con una aguja en el cuello. Desmadejada.

—¿Entendido? —repite mi madre, con más insistencia esta vez.

Se me corta el aliento. Nunca la había visto así. Ni siquiera para reñirme me había hablado antes de esta manera, brusca e intensa.

—Sí. Sí, entendido.

Sus ojos se demoran sobre los míos durante unos segundos antes de soltarme.

—¿Qué voy a hacer ahora? —pregunto—. Ahora que he visto…, ahora que sé…

Me cuesta encontrar las palabras. Ahora que sé que Evelyn está viva, ahora que sé que mi padre ha ayudado a encubrirlo, que mi facción nos borra la memoria… Todo eso cambia las cosas. Pero no sé cómo.

—Depende de ti. Puedes fingir que la extirpación dio resultado.

Puedes terminar tu iniciación, olvidar todo esto y seguir con tu vida en Abnegación.

Esa sería la opción más segura. —Pensativa, hace una pausa antes de continuar—.

O puedes hacer todo eso, pero en vez de fingir que no pasó nada, volcarte en encontrar respuestas desde el seno de Abnegación.

Si asciendes hasta conseguir algo de autoridad, podrías cambiar las cosas desde dentro.

Aunque te lleve tiempo, te proporcionará un objetivo.

Intento imaginármelo. Acostarme esta noche en el dormitorio de los iniciados, ignorando los ronquidos de Mary y los sollozos de Susan. Despertarme mañana para meditar y preparar el desayuno, como si todo siguiera igual. Como si aquí fuera feliz, solo que… antes tampoco lo era.

Pienso en mi padre. Cruzármelo por la calle y sonreír como si no hubiera intentado borrarme la memoria contra mi voluntad. Ir a su casa a cenar una vez cada dos semanas y conversar como si no tuviera en mente la imagen de Evelyn Eaton empuñando un arma, una pistola letal.

Mi madre se mira los zapatos durante unos segundos. Después sus ojos se clavan en los míos y me parece ver nerviosismo en ellos, o quizá sea el reflejo de lo que yo siento. Sé lo que va a decir; me adelanto.

—Existe otra opción, ¿verdad?

Podría abandonar la facción.

Desertar.

En ese momento, con el sol poniente llameando anaranjado sobre los ladrillos del callejón, solo puedo pensar en lo que me gustaría volver a estar delante de los cuencos y mover la mano ligeramente hacia un lado para que mi sangre cayera sobre las brasas.

El sistema de facciones es todo cuanto conozco, todo en lo que creo. El camino a la paz. El orden perfecto. Con sitio de sobra para que todos encontremos dónde encajar. Nos permite ser diferentes sin conflicto, unidos por un mismo propósito. El sistema de facciones es positivo.

No decido hablar, pero las palabras escapan de mí igualmente:

—He fallado.

Mi madre me agarra los hombros con tanta firmeza que me siento obligada a mirarla.

—Escucha. Tú no has fallado; es Abnegación la que te ha fallado a ti. —Su voz es toda cantos y filos—. Ya antes de la extirpación te esforzabas por volverte lo bastante pequeña como para encajar en la cajita de esta facción. Me dolía verlo.