La sexta facción Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

«Necesito una extirpación», ha dicho mi padre antes de que la marea de la Cámara de la Memoria me arrastrara.

«No», pienso de nuevo.

Camino sobre mis pasos al internarme en las sombras. La veo marcharse: Evelyn Eaton, con el cabello recogido tan rigurosamente como el de cualquier abnegada y el atuendo de color rojo oscuro. Mis ojos se posan en la pistola que tiene en la mano, en el dedo curvado sobre el gatillo.

También ella camina de espaldas en lo que podría parecer un baile extraño si no supiera lo que está sucediendo: la Cámara de la Memoria está recogiendo el sedal de mis recuerdos, tirando del hilo suelto de una máquina de coser antes de desenhebrarlo en la aguja, desenroscarlo de la palanca, sacarlo de la guía…

En este caso, la «extirpación» consiste en recortar el recuerdo de Evelyn Eaton antes de sacármelo de la mente.

Evelyn gira la cabeza. Mis pies están a punto de llevarme otra vez por la salida de emergencia hacia la que me empujó el centinela de Osadía, de volver a sumergirme en el caos de la Asamblea de las Facciones y dejarme tumbada en el suelo, a merced de los pisotones, junto a la mujer muerta con una aguja clavada en el cuello.

«¡No, no, no!».

Me detengo con el talón en el aire, paralizada a medio camino entre el recuerdo y el olvido. Bajo el pie. Avanzo esta vez; me acerco a la mujer cuyas cenizas vi a Marcus mezclar con la arcilla. Se vuelve para mirarme de nuevo. Levanta el arma otra vez.

Continúo aproximándome hasta que desaparece y sigo mis pasos alrededor del edificio, donde me encuentra Caleb. Empujo el recuerdo hacia delante en vez de hacia atrás.

«Es Robert. Robert ha muerto».

El recuerdo termina y el programa afloja su presa, pero aprendí algo de la mirada que me lanzó Marcus Eaton el día que hice mi primera ofrenda y salí demasiado rápido de la Cámara de la Memoria: no es normal volver a la superficie tan pronto.

Dejo los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, como la superficie de un estanque.

Mis pies pedalean en sus profundidades, sumergidos en el horror de lo que mi padre acaba de intentar, en la oleada de alivio por haber logrado evadirme por los pelos de nuevo y en la confusión de lo que todo esto significa: para Abnegación, para la Cámara de la Memoria y para mi cerebro divergente.

Porque, sin duda, la única razón por la que puedo detener en seco el proceso de la Cámara de la Memoria es la misma por la que la prueba de aptitud no dio resultado conmigo.

«Divergente».

Ahora lo entiendo. Ahora conozco un motivo por el que ser así es peligroso: porque no me pueden quitar los recuerdos si yo no les dejo.

Abro los ojos y parpadeo frente a mi padre.

—¿Beatrice? —dice.

«Finge».

Miro a mi alrededor como si me sorprendiera encontrarme en la Cámara de la Memoria.

—Gracias por ofrecernos tus recuerdos, Beatrice.

—Si no supiera qué es lo que acaba de suceder entre nosotros, no detectaría una sombra de ello en su rostro—.

¿Te importaría contarme exactamente qué sucedió al salir de la Asamblea de las Facciones la noche del ataque durante la Ceremonia de la Elección para que pueda anotarlo en nuestros archivos?

«Confía en mí», me dijo, y lo hice.

Me lo quedo mirando.

—Pues… —«Finge», me repito. El corazón me late desbocado en el pecho—. Todo ocurrió tan deprisa… Estaba en el patio y luego… delante de la asamblea. Me encontró Caleb. Me contó lo de Robert.

Mi padre asiente; quizá me esté imaginando el alivio que veo en sus ojos…, pero puede que no.

—En ocasiones, en momentos de estrés, las cosas parecen suceder muy deprisa —comenta—. Creo que no necesitamos nada más por tu parte, Beatrice. Cuando salgas de esta habitación, el voto de silencio volverá a ser efectivo. Así que, ¿te gustaría añadir algo?

Lo que me gustaría es acribillarlo a preguntas: «¿Por qué sigue viva Evelyn Eaton?» y «¿Por qué queréis que me olvide de ella?» y «¿Cómo has podido hacerle algo así a tu propia hija?». La curiosidad y la indignación me abrasan por dentro.

Niego con la cabeza.

Me obligo a sonreír mientras me pongo de pie y mi padre me acompaña a la puerta.

—Ah, te quería preguntar una cosa —dice, aparentando indiferencia—. ¿Has estado alguna vez en la sala de lectura de la tercera planta?

—¿Sala de lectura? —Pienso en la fotografía que he visto allí: Marcus, con una mano apoyada en el hombro de su hijo pequeño y la mirada acerada de su mujer al lado—. No me suena.

Esboza esa sonrisita secreta que yo antes pensaba que solo conocíamos los dos. La misma que me dedicó tras decirme que había heredado de él mi incapacidad para mantener la boca cerrada, como si estuviera orgulloso.

—Nada interesante —replica—. Aunque es un buen sitio al que acudir para reflexionar en silencio, si ves que te hace falta algo así.

Noto como si se me hubieran dormido las manos.

No puedo evitar maravillarme ante lo buen actor que es. Con qué naturalidad me ha preguntado por la sala de lectura en la que encontré la fotografía de Evelyn Eaton. Con qué naturalidad me ha puesto una mano en el hombro para conducirme fuera de la Cámara de la Memoria.

Con qué naturalidad me habría borrado esos recuerdos.