La sexta facción Capítulo 10 #3
16%

Capítulo 10 #3

—No es ningún cuento —lo atajo. ¿Por qué habla de mí como si fuera una cría que se imagina monstruos en la oscuridad?—. Y tampoco me lo estoy inventando.

—Bueno, Marcus, la semana pasada ha sido traumática para nuestros jóvenes… —empieza Abigail Baker.

—¡No es ningún trauma! —No puedo evitarlo. Es demasiado tarde—. Pensaba que eran imaginaciones mías, pero ayer estuve en la sala de lectura y…

—¿Que estuviste… dónde? —me interrumpe mi padre.

Hago una mueca. No debería haber dicho eso. Se supone que las noches son para dormir en la cama.

—Estaba desvelada —replico—, así que… salí a dar un paseo y acabé en una sala de lectura en la que encontré fotos de los consejeros. Solo quería ver la nuestra, pero… cuando miré la del líder del consejo…

Marcus tensa el mentón. Me mira a los ojos.

—Era ella —insisto. No sabía hasta qué punto estaba segura de haber visto lo que vi, pero ahora que todos lo ponen en duda, lo sé: vi a Evelyn Eaton con un arma justo después de que Robert Black recibiera un disparo.

Me sostiene la mirada durante un instante y luego la redirige por encima de la mesa a mi padre. Es como si los dos estuvieran manteniendo una conversación silenciosa.

—Esto no llega al nivel de… —empieza mi padre.

—Sí que llega —lo ataja Marcus.

No había visto nunca la expresión que mi padre tiene ahora en el rostro. Implorante.

Desesperada.

Suspira.

—Dejadnos a solas —indica, y al principio pienso que está pidiéndome que me vaya, pero son Marcus y Abigail los que se levantan. Solo se oye el roce de sus prendas mientras cruzan la Cámara de la Memoria antes de cerrar la puerta al salir.

—¿Qué pasa? —le pregunto a mi padre.

—No te preocupes, Beatrice, ya casi hemos terminado aquí —dice—. Pero quiero que recuerdes todas las veces que has pensado en Evelyn en la última semana. ¿Dirías que te ha ocupado la mente a menudo?

—¿Por qué importa eso?

—Me gustaría saber hasta qué punto te preocupa, eso es todo.

Frunzo el ceño.

—Tú también piensas que estoy traumatizada, ¿verdad?

—Beatrice…

—Estoy triste —continúo—. Y preocupada. No puedo dormir. Pero eso no me hace ver cosas que no están ahí.

—Te creo. —Mi padre estira el brazo por encima de la mesa y me cubre la mano con la suya—.

Sé lo observadora que eres, Beatrice. Siempre has sabido si tu madre y yo habíamos reñido, o si alguno de los otros estaba incubando algo.

Se te daban tan bien esos juegos en los que había que encontrar detalles ocultos en un dibujo más grande…

—Los de buscar las diferencias —le ayudo.

—Sí, esos. —A pesar del rictus apenado de sus labios, le brillan un poco los ojos—. Confía en mí, ¿vale? Te conozco. Hay motivos por los que debo preguntarte esto y todavía no te puedo desvelar cuáles son. ¿Cuántas veces has pensado en Evelyn esta semana?

Algo dentro de mí querría gritar como un bebé teniendo una pataleta, pero otra parte de mí me recuerda que este es mi padre. Seguro que no insistiría tanto sin una buena razón para ello.

—No muchas —respondo—. He estado pensando en… —«En si me equivoqué eligiendo Abnegación, en si me siento así por ser divergente, en Robert, en Susan, en radicales sin facción con pistolas»— otras cosas.

—Lo entiendo —dice mi padre—. Quiero que apoyes las manos en la piedra, como hace unos días, y te concentres en lo que recuerdas de la Ceremonia de la Elección, primero, y después en haber encontrado esa fotografía del líder del consejo. ¿Te importaría hacer eso por mí?

—Quieres almacenar esos recuerdos en la cámara.

La sonrisa de mi padre no se le refleja en los ojos.

—En cierto modo.

Pone las manos encima de la mesa y dice:

—Necesito una extirpación.

«¿Una extirpación?», pienso, pero cuando asiente con la cabeza, levanto las manos y las apoyo en la mesa que tengo delante.

Demasiado tarde, pienso en aquel noticiario que me granjeó una Pena de Silencio el otro día. Tengo el titular grabado a fuego en la mente:

LOS LÍDERES DE ABNEGACIÓN RECHAZAN CON

VEHEMENCIA LOS RUMORES QUE LOS ACUSAN

DE MANIPULAR LOS RECUERDOS.

Es lo último que veo antes de sumergirme en la vorágine de mi memoria.

Es de noche. Caleb está delante de mí, con la manga teñida de rojo.

Por culpa del cristal que lo golpeó durante el ataque de la Ceremonia de la Elección.

Sus manos me rodean los brazos. Mueve los labios, pero no entiendo lo que dice.

Estamos cercados por personas apiñadas, atemorizadas.

La Asamblea de las Facciones se yergue a mi lado; sus paredes de cristal relucen a la luz de la luna.

Me siento como la primera vez que le ofrecí un recuerdo a la cámara, salvo que todo anda mal. Aunque Caleb está hablando, no consigo oírlo. Sin embargo, no… Si esto es un recuerdo, ya sé lo que dice. «Es Robert. Robert ha muerto».

Cruzamos unas cuantas palabras distorsionadas. No reconozco el idioma que estoy hablando, hasta que me doy cuenta de que es porque lo estoy diciendo todo al revés. Caleb tiene lágrimas en los ojos. Me abraza y me estrecha con fuerza contra su pecho.

«No», pienso, sin saber por qué.

Me aparto y ha desaparecido. Mi cuerpo camina de espaldas contra mi voluntad. Recorro la calle a la inversa y doblo la esquina del edificio.