La sexta facción Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Estoy familiarizada con el proceso. Es lo bastante sencillo como para ocuparme de él incluso sin Mary, quien, aunque bienintencionada, es lenta de movimientos y necesita supervisión constante.

Si no, corres el riesgo de que meta las camisetas hechas polvo de Osadía en la pila de «no necesita arreglos» o que mezcle para lavar los calcetines rojos de Cordialidad con los blancos de Verdad.

Si tuviera que adivinar, diría que mi madre me ha encomendado esta tarea porque pensaba que me gustaría, pero solo es otro recordatorio de que nada ha cambiado.

Esa noche, en el dormitorio, no me uno al juego de la gallinita ciega que se celebra en el patio. Hablar va contra las reglas, pero reírse no, por lo que puedo oír el jolgorio de los participantes mientras yo me quedo tumbada en el colchón, con la mirada fija en el techo.

Susan se dedica a tejer a un par de camas de distancia de mí. Constance sujeta un calendario a la pared con cinta adhesiva; tacha el primer día. Me quedo dormida.

+ + +

La siguiente jornada es idéntica a la primera. Y la siguiente también.

Meditación, desayuno en silencio, ir al centro de donaciones. Ordenar ropa hasta que me duelen los dedos. Picotear la cena. Contemplar a mis compañeros de iniciación asistiendo a las reuniones vocacionales, los círculos de costura y los talleres de carpintería.

Durante mis dieciséis años en Abnegación he ido probando toda la lista de pasatiempos bien vistos en busca de alguno que me pareciera aceptable, sin éxito. Ahora esa misma rotación desfila ante mis ojos como si estuviera en el centro de una rueda y todo diera vueltas a mi alrededor.

Mis compañeros de iniciación se muestran animados e incluso graciosos a veces, compensando el silencio con muecas, pero no me pueden distraer todo el rato. Por las noches me despierto a las pocas horas de haberme dormido, acalorada e inquieta, y deambulo por la sede de Abnegación.

Nunca me cruzo con nadie y caminar me relaja. Descubro lugares que no conocía. Una guardería. Una capilla que, a juzgar por la capa de polvo que recubre los bancos, no se usa nunca. Si pudiera vivir como una gata callejera, nocturna y errante, lo haría.

A la tercera noche, encuentro una sala de lectura que no conocía. Es pequeña y da a un callejón, por lo que la única luz que entra proviene de una farola lejana, macilenta y parpadeante. Aun así, me permite inspeccionar los libros de la estantería.

De divulgación, en su mayoría. Una edición antigua del libro de texto de Historia de las Facciones , con nuestros manifiestos impresos en las primeras páginas: «Seré mi ruina si me convierto en mi obsesión», palabras que ya me sé de memoria.

Pero el del estante de abajo, que tiene las tapas de cuero, es más grande que el resto.

Me lo llevo a la ventana y descubro que es un álbum de fotos.

Por lo general, en Abnegación no nos hacemos retratos, pues fomentan la nostalgia y la reminiscencia, antesala de la autocomplacencia.

Sin embargo, pensando en los archivos oficiales, se reserva una excepción para los consejeros y sus familias.

En una ocasión tuve que posar para nuestra foto de familia.

Hojeo el álbum hasta que la encuentro: Caleb y yo estamos sentados en un banco, delante de nuestros padres.

Todos vestidos con el gris de nuestra facción, serios y con la espalda muy recta.

Recuerdo que mi madre hizo una broma aquel día: «Que las generaciones venideras no se lleven la falsa impresión de que nos queríamos». Todos nos reímos y un instante después tuvimos que corregir la expresión para la cámara. Se nos nota en los ojos.

Me dejo llevar por la curiosidad y paso la página en busca de la fotografía de Marcus Eaton y su familia. Su hijo, de apenas diez años, aparece en pie delante de él en la imagen. Tiene el pelo oscuro y la mirada grave. Marcus le apoya una mano en el hombro.

Junto a ellos se encuentra Evelyn Eaton.

En el transcurso de los últimos días he empezado a pensar que la cordial armada, que me recordaba a la difunta esposa del líder del consejo, era un sueño.

Sin embargo, ahora que la miro a la cara, sé que no puede haber sido.

El ceño riguroso, la nariz aguileña, los labios severos…

Demasiados rasgos característicos como para confundirla con otra. Solo podía tratarse de Evelyn Eaton.

Lo que significa que la vi de verdad. Lo que significa que Evelyn Eaton realmente está viva.

Entonces, ¿de quién son los restos que contiene la urna? ¿Qué cenizas mezclaron Marcus y su hijo en el ladrillo ceremonial?

¿Y quién más sabe que no son las de Evelyn?

+ + +

A la mañana siguiente, mi padre aparece durante el desayuno.

—Beatrice —dice—. Por favor, acompáñame cuando acabes.

Me llevo el tazón al fregadero para lavarlo, pero Susan me lo quita y, por señas, me invita a marcharme. Parece cansada; como siempre, de un tiempo a esta parte. Por lo menos con la iniciación se mantiene ocupada.

Le dedico la sonrisa más entusiasta que consigo esbozar, pero llevo desde anoche con los nervios de punta y esta visita sorpresa no contribuye a calmarlos.

Quizá alguien se haya enterado de mis correrías y me ha denunciado.

Podría meterme en un lío. No sé por qué no soy capaz de aguantar un simple mes de iniciación sin pifiarla.

La preocupación se me debe de notar en la cara, porque la mirada de mi padre se suaviza cuando me acerco.

—No te preocupes, no te has metido en un lío —me in­dica.

Por alguna razón, eso no me tranquiliza.

Recorremos el pasillo gris, cruzamos el vestíbulo y tomamos otro pasillo, el que lleva a la Cámara de la Memoria. Mi padre se detiene en la puerta y llama con los nudillos.

—Adelante —responde Marcus desde el interior.

La cámara está igual que el Día de la Elección, cálida y en penumbra. Sentados a la mesa de piedra del centro de la sala están Marcus Eaton, la consejera Abigail Baker y ahora mi padre, que se coloca a su lado.

Ocupo el sitio que me han dejado libre.

Noto un escalofrío en las piernas, procedente del suelo de piedra. Abigail sonríe.

—Beatrice, sabemos que has jurado guardar silencio este mes como parte de tu iniciación, pero haremos una excepción para esta reunión. Las necesidades de la ciudad se imponen a la tradición. ¿Lo entiendes?

Asiento y digo con voz ronca:

—Sí. —Llevo días sin hablar. Carraspeo—. Lo siento. Sí, consejera.

—Se nos ha encomendado recabar información sobre lo que sucedió la semana pasada durante la primera Ceremonia de la Elección —continúa Abigail—.

Todas las facciones están enviando testigos para añadir sus recuerdos de lo ocurrido a la cámara, para los archivos de la ciudad y el escrutinio de los investigadores de Verdad, y tu padre nos ha comentado que podrías aportar un punto de vista exclusivo.

Miro de reojo a mi padre. «Si hubiera visto algo extraño, ¿a quién podría contárselo?», le pregunté. Pensaba que se habría olvidado de eso; supongo que me equivocaba. Me molesta un poco saber que no ha mantenido nuestra conversación en privado.

—No sé qué hacer —musito.

—Bueno, espero que nos hagas este favor igualmente —dice Abigail—. Enseguida te pediremos que añadas tu memoria a la cámara, pero antes nos gustaría que nos contaras qué te pasó el día de la Ceremonia de la Elección.

—Lo mismo que a todos —contesto—. Oí un ruido de cristales rotos y me agaché.

La gente de las vigas empezó a gritar. Quitaron los estandartes y colgaron el suyo.

Se… —Tengo la boca seca. No quiero hablar de esto, pero me obligo—.

Los centinelas de Osadía entraron corriendo y dispararon contra alguien por encima de nuestras cabezas. Se desplomó. Cayó justo a mi lado.

Mi padre contiene el aliento.

—Estará muerta, ¿verdad? —le pregunto—. La mujer sin facción. ¿Falleció al caer de las vigas?

—Sí —responde con gesto solemne—. Lamento que tuvieras que verlo, Beatrice.

No he pensado mucho en ella. Solo en Robert.

En si me habré equivocado de elección. En si estoy segura de haber visto una mujer regresada de entre los muertos.

Sin embargo, se me ha olvidado preguntarme quién sería esa mujer sin facción, y se me ha olvidado la inquietud que me provocó el contemplar un cadáver.

Pero ahora, al pensar en ello, noto una opresión en el pecho. Me froto el esternón con la mano mientras continúo.

—Todos echaron a correr y yo me caí. Alguien de Osadía me ayudó a levantarme y me indicó la salida que había en un lateral. Creo que casi todos nos habíamos olvidado de ella. —Recuerdo haber empujado con el hombro contra la puerta—. Después, en el patio…, me encontré con alguien.

—¿Te refieres a alguien extraño? —pregunta Abigail.

Asiento.

—Una mujer de Cordialidad. O eso pensé, por lo menos, pero su peinado era raro. Demasiado tirante. Como…, como lo llevamos nosotras. Y empuñaba una pistola. Creía que a los cordiales no les gustaban las armas, ni siquiera las que no son letales.

Se me forma un nudo en la garganta. Me obligo a parar.

—¿Qué más, Beatrice?

La voz de mi padre es comprensiva. Sabe que estoy callándome algo; pues claro. Siempre se da cuenta cuando no soy sincera.

—Estaba oscuro. Seguro que fueron imaginaciones mías.

—Bueno, háblanos de ellas —me anima Marcus.

—Vale. —Me clavo el pulgar en la palma—. La mujer que vi me miró y… la reconocí.

—¿De dónde?

—Era… Era Evelyn Eaton —afirmo, y miro a Marcus sin poder evitarlo para observar su reacción.

Sin embargo, no parece enfadado; al contrario, incluso se ríe un poquito.

—Beatrice. —Ahora la voz de mi padre suena más condescendiente que amable—. Recuerdas que estuvimos en el funeral de Evelyn, ¿no es así?

—Por supuesto. —Sé que la crispación de mi voz va a meterme en problemas. Lo sé. No debo perder los papeles—. Como ya he dicho, estaba oscuro.

—Andrew, propusiste traer a tu hija porque estabas seguro de que tenía algo que aportar —dice Marcus—. Pero si solo se va a inventar cuentos de fantasmas…