La sexta facción Capítulo 10
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Capítulo 10

BEATRICE

D ESPUÉS DE CENAR , los iniciados de Abnegación nos levantamos de la mesa para seguir a nuestros instructores por los pasillos de la sede.

Silenciosos y en penumbra, pasamos por delante de la sencilla escultura del vestíbulo principal —los cuencos de la Ceremonia de la Elección ya se han retirado— y salimos al patio trasero del edificio.

Mi instructora se llama Eleanor. No es mucho mayor que yo —ni mucho más alta, tampoco— y lleva el pelo, largo y negro, recogido en una sola trenza.

El dormitorio de las chicas se encuentra a un lado del patio; el de los chicos, al otro.

No le hace falta informarnos de que no está permitido visitar el que no nos corresponde.

Es una de esas cosas que se sobreentienden en nuestra facción.

Benjamin —el instructor de los chicos— nos reúne a todos en un solo grupo delante de los dormitorios. La brisa que sopla en el patio es tan cálida como el aire que podría escapar al abrir la puerta de un horno. Las plantas del jardincito del que cuidaba Robert se mecen y agitan.

—Antes de que durmáis un poco, es nuestro deber explicaros qué podéis esperar de la iniciación.

—Benjamin debe de ser un poco mayor que Eleanor; aún conserva las mejillas chupadas típicas de un buen estirón—.

Habréis escuchado que este va a ser un mes de servicio, y es cierto.

Durante cuatro semanas, cada una de ellas se os asignará un nuevo cometido.

Ninguna de las tareas será glamurosa, pero sí útil.

Lo que hay que aprender sobre esta facción no se encuentra en filosofías inanes, sino en la práctica.

Es uno de nuestros preceptos centrales: las manos ocupadas sosiegan la mente y, en calma, la mente es sabia.

—Vacila un instante. Sea lo que sea lo que va a decir a continuación, le pone nervioso—.

Todas las iniciaciones tienen sus secretos —prosigue—.

El nuestro es que vuestro mes de servicio transcurrirá en absoluto silencio.

Ahí está.

Mis compañeros de iniciación cruzan miradas de espanto a mi alrededor, pero yo permanezco anclada en el sitio.

—Pero ¿la Pena de Silencio no es un castigo?

—pregunta Constance desde algún lugar a mi derecha.

Parece indecisa, aunque, por otra parte, esa es su condición natural—.

Según mi madre, los padres no pueden imponerla durante más de dos días.

¿Y se supone que nosotros nos vamos a pasar un mes entero así?

—Este mes no pretende ser ningún castigo, sino un desafío.

Está pensado para que veáis cuánto podéis aprender de los demás al trabajar hombro con hombro.

—La voz de Benjamin se suaviza—. Sé que en estos momentos os parecerá absurdo, pero creedme: pasaréis juntos por esto y saldréis más fuertes que nunca.

Yo todavía conservo el contacto con toda mi promoción de iniciados. Y Eleanor también, ¿no es así?

—Conocí a mi prometido fregando cuñas en el hospital. Era un trasladado de Cordialidad. —En los labios de Eleanor aletea una sonrisa—. Después de aquello, nos pasamos tres semanas sin cruzar ni media palabra.

Alguien a mi izquierda —Eustace, me parece— suspira como si eso fuera lo más romántico que ha escuchado en su vida. Por mi parte, me imagino que la propaganda de Erudición debe de surtir efecto, pues ni siquiera de Cordialidad hemos recibido algún trasladado este año.

—Si se os ha quedado alguna conversación a medias, acabadla —indica Eleanor—. Porque, cuando salgáis de esta sala, deberéis guardar silencio durante el resto del mes, a menos que alguien corra peligro. Sin excepción.

—¿Y si fallamos? —pregunta Martha. En primaria, siempre estaban regañándola por traviesa, por lo que su preocupación es comprensible—. ¿Nos echarán?

—Por supuesto que no —contesta Benjamin con una ligera sonrisa—. Pero habrá consecuencias. Mejor no pensar en eso; concentraos en lo que tenéis por delante. Estad presentes. Saldréis airosos de esta.

A mi alrededor, la gente se vuelve para concluir nuestras primeras y últimas conversaciones como iniciados de Abnegación.

Hablamos sobre todo de los rumores que hemos oído: que las otras facciones no siempre se portan bien con nuestros voluntarios y que el destino más interesante es el hospital.

El aire que antes me parecía tan cálido ahora me hormiguea en la piel.

«Lo conseguirás», me digo.

+ + +

Es temprano, no he desayunado y se me están durmiendo las piernas.

Estoy sentada en el patio, donde el aire es tan frío que puedo ver mi respiración.

La jornada de los iniciados de Abnegación empieza con una hora de meditación, hora que se nos antoja eterna.

Han pasado ya varios días desde la primera vez que me senté aquí, con el estómago rugiendo de hambre y legañas en los ojos.

«Estad presentes —nos instruyó Eleanor—. Pensad en lo que vais a hacer, en la persona para la que lo vais a hacer y en la persona con la que vais a hacerlo».

No paro de distraerme.

Pienso en Caleb, en si estará durmiendo en una cama de libros o qué pruebas les pondrán en la iniciación de los eruditos.

Pienso en mis padres y en el señor y la señora Black, preparando el desayuno en su piso medio vacío.

¿Se mudarán ahora que ya no tienen cuatro niños viviendo con ellos? ¿Estará contento Caleb con su decisión?

También pienso en la mujer que vi. La que se parecía a Evelyn Eaton. Intento recordar cómo era el arma que llevaba encima, si tenía la característica franja iridiscente de las pistolas de agujas no letales…, o si era el arma letal que mató a Robert.

Nerviosa, los dedos se me enredan en la tela de los pantalones. La piedra se me clava en la piel y tengo tanto frío que casi me castañetean los dientes.

«Estoy presente», me digo mientras intento concentrarme de nuevo en la respiración, pero no sirve de nada.

Nunca se me ha dado bien estar quieta.

—Regresad despacio —dice Eleanor—. Abrid los ojos.

Cuando empezamos, el patio estaba bañado por una luz gris, pero ya ha salido el sol. Nos levantamos en silencio y nos dirigimos a la cafetería, donde almuerzan los trabajadores de la sede de Abnegación. Como aún no han llegado, tenemos la sala —y la cocina— para nosotros.

Decidir quién preparará el tradicional desayuno abnegado de simples gachas de avena con proteína en polvo se convierte en un desafío de mímica. No sé cómo termino siendo yo la que cuenta a los iniciados; hago unos cálculos rápidos y hurgo en uno de los cajones en busca de un cacito para medir.

Estoy echando los copos de avena en un perol grande —del que se encarga Eustace, lo bastante alto para asomarse al borde— cuando recuerdo haberme encargado del desayuno para mi familia una mañana sí y otra no, desde que fui capaz de hacerlo yo sola.

Pienso: «Todo es lo mismo de siempre», pero no me proporciona el consuelo esperado.

Porque, la verdad, ¿no debería haber algo de cambio en la vida?

Después de desayunar recibimos nuestras tareas; espero que me toque algo interesante, ir a algún sitio donde no haya estado antes.

Todos los iniciados van, o bien a Cordialidad para ayudar en la huerta, o bien al hospital para ayudar con la limpieza, o bien al centro de donaciones para ayudar a los sin facción, o bien a Verdad para ayudar con los archivos.

Todas las tareas parecen tediosas, pero al menos la mayoría de ellas nos sacan del sector de Abnegación.

Razón por la cual, cuando se me asigna al centro de donaciones de los sin facción, donde me he pasado el último año como voluntaria, me dan ganas de chillar.

Me vuelvo hacia Mary, que ha recibido el mismo encargo.

Eustace y ella están haciendo un juego de entrelazar los dedos, que suele estar reservado para los niños.

Eustace se ha sentado un poquito más cerca de lo necesario, con el hombro pegado al de Mary, mientras se agacha y le señala un dedo para que ella lo agite.

Me fijo en el espacio que media entre ambos, en cómo se dilata y contrae, y me doy cuenta de que estoy asistiendo a una especie de cortejo de Abnegación.

No consigo imaginarme participando en algo así.

Pienso en los demás iniciados, chicos y chicas por igual.

Estadísticamente hablando, es probable que me acabe casando con alguno de ellos.

Si no es un enlace por amor, como sin duda Eustace y Mary esperan que ocurra, dentro de unos años solicitaré una prueba de compatibilidad y la facción me asignará un cónyuge aceptable.

También podría registrarme como soltera, lo que significaría vivir sin pareja.

No sé cuál de las dos opciones prefiero.

Me he fijado antes en otras personas, de esa forma en la que se supone que no debemos hacerlo —«Mira a las personas como personas, Beatrice, no como objetos a los que admirar», me dijo mi profesora de Abnegación una vez que me pilló embobada con un chico de Erudición—.

Sin embargo, aquellos no eran de Abnegación; los chicos abnegados son como de la familia.

Llamo la atención de Mary con la mano y partimos juntas en dirección al centro de donaciones, del que nos separan escasas manzanas.

Tengo un consuelo: mi madre siempre está allí cuando llegamos, sonriendo de oreja a oreja solo para mí. Aunque intento devolverle el gesto, estoy segura de que no es convincente.

Me pone a cargo de las donaciones de ropa.

Es una tarea sencilla con muchos pasos distintos: hay que dividir las prendas en «necesita arreglos», «no necesita arreglos», «para reciclar» y «retales».

Luego tengo que llevar cada cargamento de ropa a la lavandería para limpiarla y doblarla.

Las prendas intactas se preparan en lotes para los sin facción; las raídas las remiendo yo misma o se las doy a costureras con más experiencia; organizo las reciclables para que se las lleven al centro de procesamiento de Erudición y los retales los llevo al centro de manualidades para que otros se encarguen de separarlos.