La sexta facción Capítulo 9
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Capítulo 9

CALEB

C ALEB PROCURA NO FIJARSE demasiado conforme el grupo se va reduciendo.

Uno a uno, sus compañeros de iniciación han resuelto la adivinanza que se les planteaba, le han susurrado la solución al guardián del laberinto y han cruzado la espesura que los separaba de la sede de Erudición.

Ya solo quedan tres, aparte de él: Felicity, que eligió después de su hermana, un chico de Verdad, con cuyo nombre no se ha quedado, y otro de Erudición que parece estar hiperventilando.

Caleb está asado de calor. La chaqueta gris que lleva puesta se le pega a la nuca. También jadea un poquito y, a cada segundo que pasa sin que su mente deje de estar en blanco, le cuesta más respirar.

No es capaz de resolverlo. No sabe cómo. Se ha criado con una sencillez que ahora le resulta irritante; el rigor moral de su educación lo traiciona en cuanto se obliga a pensar en abstracto.

Quizá eso explique por qué el chico de Verdad lo está pasando tan mal como él.

Verdad y Abnegación tienen algo en común: los miembros de ambas facciones son personas ajenas a las sutilezas, poco acostumbradas a darles demasiadas vueltas a las cosas o a desentrañar significados ocultos.

Martillos, más que instrumentos de precisión.

Caleb ha venido para pulirse y transformarse en algo más diestro, pero no lo conseguirá si ni siquiera es capaz de cruzar esta puerta.

El acertijo, la adivinanza, se recoge en un pedestal de piedra al pie de uno de los frondosos árboles del laberinto.

No se pregunta cómo habrá logrado Erudición fabricar semejante prodigio de vegetación sin que las demás facciones se enteraran; el laberinto existe, sin más, y su cometido es cruzarlo.

Se ha orientado por él sin problemas, guiándose por el ángulo en el que incidía la luz.

La adivinanza, en cambio…

«Es la barrera que nos separa —lee por enésima vez—. Quienes no la poseen, no la quieren; los que sí, no lo saben. Reconocerla es la única forma de desembarazarse de ella».

No puede tratarse de un objeto físico; no tendría sentido. Debe de ser más abstracto que eso, conceptual tal vez. Un término general más que algo específico.

«¿Una pared? —se pregunta. Las paredes separan a la gente. Pero no, el resto de la adivinanza no tendría sentido si la respuesta fuera “una pared”. Se devana los sesos buscando una alternativa—. Reconocerla es la única forma de desembarazarse de ella».

No está acostumbrado a esta clase de parálisis.

No la sufrió en la Ceremonia de la Elección, pese a sentirse como una banda elástica tensada al límite por la presión de lo que se disponía a hacer.

Como a todos los demás, lo distraía la pena.

Sin embargo, este laberinto no se va a dejar engañar por su control de la conducta; tiene que resolver la adivinanza.

El veraz se adelanta hasta el león de piedra que hay tras el pedestal. Se agacha junto a la estatua y le susurra la respuesta al oído.

Caleb ignora qué ocurrirá si falla; ¿deberá intentarlo de nuevo o bastará con una sola equivocación para que el laberinto lo expulse y lo exilie con los sin facción?

Se queda sin saberlo. El chico de Verdad ha dado con la solución; desaparece por el arco que las hojas han formado para franquearle el paso.

Ya solo quedan Caleb, Felicity y el chico de Erudición, aterrado.

—Con lo que me gustaban a mí las adivinanzas —dice Felicity con voz temblorosa—. Ya no tanto.

—No debemos ayudarnos —replica Caleb.

De todas formas, no quiere su ayuda. Lo que desea es resolver esto por sí solo; quiere que las nubes de su mente se despejen y le permitan ver qué hay detrás.

Se aprieta el vendaje que todavía tiene en el brazo, allí donde los cristales rotos le abrieron un tajo durante el ataque de la Ceremonia de la Elección.

Sin embargo, el dolor no le ayuda a concentrarse como esperaba. Sencillamente… le duele.

—Vale —dice Felicity—. Por mí, como si te tiras aquí toda la noche, Prior.

Avanza y le da su respuesta al león de piedra. El arco se abre para ella.

Caleb y el chico de Erudición se quedan solos.

Caleb masculla algo que solo ha oído en la escuela, algo que hasta ahora no había brotado nunca de sus labios. Las palabrotas están prohibidas en Abnegación, donde el autocontrol es crucial. Lo más probable es que tampoco estén bien vistas en Erudición, donde prevalecen las mentes en calma.

Mira de reojo al chico de Erudición, cuyo pecho sube y baja como un fuelle roto. Sí, eso es; Caleb debería tranquilizarse.

Conoce una técnica, aunque no la domina.

Se acerca al pedestal y se arrodilla. No es que sea necesario, pero es con lo que está familiarizado, por lo que por una vez se permite capitular ante este afán de confort.

Apoya las palmas de las manos en la piedra para tener algo en lo que concentrarse y cierra los ojos.

«Respira», se dice, y oye la voz de su padre en lugar de la suya, lo que lo distraería si no lo reconfortara tanto en este momento de crisis.

Se concentra en la piedra áspera y fría bajo los dedos.

Granito, quizá; el granito es la piedra más común de la zona, roca ígnea, lo que significa, ¿qué?

Que se formó al enfriarse el magma. «Suelta el aire».

Por Dios, ahora no puede pensar en la roca.

Tiene que pensar en el acertijo. No, se corrige, no tiene que pensar en nada. En nada en absoluto.

Oye el aliento entrecortado del chico a su espalda.

«Respira». Nota el aire pasando por su nariz y sigue mentalmente el camino que traza desde las fosas nasales a la tráquea y los pulmones, comprimiéndole el diafragma.

Respirar hondo reduce la respuesta al estrés del organismo.

«Suelta el aire». Acompaña al aire por el camino inverso, de los pulmones a la tráquea, las fosas nasales y al exterior.

Abre los ojos y relee el acertijo. En esta ocasión, pensando en la ruta de su exhalación, lo hace a la inversa. «Reconocerla es la única forma de desembarazarse de ella. Quienes no la poseen, no la quieren; los que sí, no lo saben. Es la barrera que nos separa».

La respuesta se despliega en su mente como los pétalos de una flor nueva. Se incorpora de un salto y se acerca corriendo al león de piedra.

—¡La ignorancia! —le dice—. La respuesta es «la ignorancia».

El chico de Erudición se queda solo a su espalda.

+ + +

Los demás —hay diecinueve de ellos, sin contar a Caleb— han estado hablando de él.

Lo nota en cuanto se sienta. Bueno, que hablen; ha superado la primera prueba de la iniciación, así que lo que tengan que decir le trae sin cuidado.

Solo un chico de Erudición le sonríe: Fernando, dice llamarse mientras le tiende la mano.

Caleb, poco acostumbrado a este gesto, se la da con torpeza.

Pero le alivia haber puesto nombre a una cara nueva.

—Vale que trabajen así —está comentando otra iniciada nativa de Erudición; una chica que lleva el pelo recogido en un moño desaliñado—, pero me siento como una idiota cada vez que salgo de la simulación.

¿Por qué iba a pensar que mi facción había conseguido plantar un laberinto de árboles sin que nadie se diera cuenta?

El comedor principal de Erudición —el Intercambiador, como Caleb ha oído que alguien lo llamaba— es una sala espaciosa y bien iluminada.

Aunque el color de la facción sea el azul, este no acapara los elementos decorativos.

El techo es de cristal, y si bien algunos de los paneles sí que son azules, también los hay verdes, naranjas, amarillos y rosas.

«Es el espectro de la luz blanca», le explicó Felicity cuando Caleb se sentó a su lado en la mesa de los iniciados.

Su mesa está rodeada por todos los flancos por miembros de las facciones; con los mayores en un lado de la sala y los más jóvenes en el opuesto.

El grupo adyacente es la promoción del año anterior; todos ríen, conversan y van vestidos de azul.

—Es como en los sueños —le dice Fernando a la chica nativa de Erudición—. La mente busca hilos sueltos con los que tejer imágenes dispares. Estamos diseñados para contarnos historias.

—Estamos diseñados para buscar la lógica —le discute ella, poniendo los ojos en blanco. Caleb recuerda su nombre de la ronda de presentaciones previa a su ingreso en el laberinto: Anna—. Las historias no tienen por qué ser siempre lógicas.

—Ni los sueños —replica Fernando.

Caleb se siente despierto por primera vez en su vida.

Está acostumbrado a comer en silencio, respetando las normas de la consideración, y a examinar todas las contribuciones que quiera hacer a una conversación antes de abrir la boca para determinar si se ajustan a los estándares de Abnegación.

A lo que no está habituado es al intercambio de frases ingeniosas con las que forzar la aceptación de una idea por parte de su interlocutor.

Fernando y Anna están discutiendo la historia de la narrativa y sus beneficios para la comunidad.

Algo acerca del uso de la tradición oral para preservar el conocimiento, de lo que Caleb solo entiende la base.

Continúa observándolos, fascinado, hasta que su instructora, una mujer con el pelo rubio que le recuerda a su hermana y a Jeanine Matthews, de alguna manera, se acerca al extremo de la mesa. Cara. Se llama Cara.

—Hemos perdido a uno de los vuestros —anuncia sin preámbulos Cara—. Él aún no lo sabe, pero la información recabada tras años de iniciaciones nos sugiere que, si no ha conseguido resolver el acertijo aún, ya no lo hará. Continuaremos sin él.

Caleb abre mucho los ojos para mirar a Felicity. El chico de Erudición… Nativo de Erudición… ¿Descalificado sin más? ¿Se acabó la iniciación para él? ¿Condenado a vivir sin facción?

—En Erudición —continúa Cara—, los privilegios hay que ganárselos.

Esta noche os habéis ganado el de disfrutar de una comida caliente y dormir con un techo sobre vuestras cabezas.

Mañana se os volverá a poner a prueba para que os ganéis el privilegio de recibir un sitio en el dormitorio y acceso a las zonas comunes de nuestra sede.

No os confiéis. No tenéis la permanencia garantizada.

—Hace una pausa—. En cualquier caso, enhorabuena por haber llegado hasta aquí.

No da la impresión de que les vayan a dispensar una acogida más calurosa. Caleb sospecha que el verdadero recibimiento se lo darán cuando hayan superado todas las pruebas de iniciación, y no antes.

Ante el silencio que se extiende por la sala, gira la cabeza buscando su origen: Jeanine Matthews, que acaba de entrar en el Intercambiador con las manos entrelazadas ante ella. Sonríe, saluda con la cabeza a unas pocas personas y se dirige a su lado del comedor.

Como hijo de un consejero que es, Caleb ya ha visto antes a Jeanine Matthews, pero todos sus encuentros han sido tan breves como poco memorables.

La mujer nunca se ha fijado en él. Es de la misma edad que sus padres, con el cabello rubio y los ojos grises.

Su atuendo es sencillo, aunque hecho a medida.

Nunca tiene un pelo ni encrespado ni fuera de su sitio.

—Representante Matthews —la saluda Cara cuando se acerca—. ¿A qué se debe este honor?

La sonrisa de Jeanine es diplomática, carente de calidez real.

—Quería ver cómo le va a nuestra nueva promoción de iniciados, eso es todo —replica—. ¿Quién fue el primero en resolver el acertijo?

Fernando levanta la mano. No vacila en arrogarse el mérito; una desfachatez que desconcierta momentáneamente a Caleb, hasta que recuerda que eso es un impulso de Abnegación, una reliquia de la vida a la que ha renunciado.

En Erudición, los logros no son más que hechos, y sería absurdo sentir reparo en confirmar un hecho.

—Enhorabuena —dice Jeanine con afecto—. ¿Y quién fue el último, aparte del desafortunado fracaso?

A Caleb le da un vuelco el estómago. Sin embargo, no quiere parecer avergonzado, por lo que levanta la mano.

Jeanine hace un ruidito con la garganta mientras escudriña su chaqueta gris con evidente desdén.

—Bueno, no me extraña, dada la rigidez de pensamiento que caracteriza a tu facción de origen —dice—. Espero que mañana puedas hacerlo mejor, Prior.

Se acuerda de él. Pues claro; seguro que se acuerda de todo.

Caleb contempla su plato con las mejillas incandescentes. Nota todas las miradas puestas en él. «Rigidez de pensamiento», se estarán repitiendo para sus adentros. Pensarán que es como todos los de su facción: estirado, cerrado, inflexible y aburrido.

Se obliga a seguir comiendo.

Tendrá que demostrarles lo equivocados que están, eso es todo.