Capítulo 8
BEATRICE
E L PÁNICO ME DEJA LA MENTE en blanco mientras veo a Caleb irse con Jeanine Matthews.
No recuerdo el camino de vuelta desde el cuenco hasta el fondo de la sala.
No recuerdo haber visto tomar su decisión a Felicity, aunque en estos momentos está saliendo con Caleb, nuestro otro trasladado.
Solo cuando noto un golpecito en el costado —Susan Black, con una delicada sonrisa— me percato de que todos se dirigen a la puerta que habrá de conducirnos al interior de la sede de Abnegación.
Aunque se me forma un nudo en la garganta, no puedo llorar. Ahora no. Aquí no. Mientras cruzo la sala con los demás, intento ser razonable. Llevo toda la vida en Abnegación. Sé lo que me espera. Disfrutaré de mañanas plácidas y tardes serenas. Quizá Robert me deje trabajar en el huerto con él…
No. Supongo que no.
«En fin», me digo, ignorando la punzada de dolor en el pecho que me produce pensar en él. Ya averiguaré qué es lo que se me da bien. Averiguaré la manera de no ser desdichada.
Me las apañaré.
Nunca había recorrido este pasillo. La iluminación es tenue, como en el resto de nuestra sede; las paredes y el suelo son de hormigón, y unos sencillos orbes blancos y amarillos hacen las veces de lámparas. Al final hay una puerta recia, que es donde Marcus se detiene.
—Bienvenidos, nuevos iniciados —dice—. Tengo entendido que Abnegación no ha recibido ningún trasladado este año, por lo que podemos empezar sin más dilación.
Tengo a Mary a mi lado; la miro de reojo. Es cierto que Abnegación nunca recibe muchos trasladados, pero… ¿ninguno?
—Mañana —prosigue Marcus— comenzará el mes de servicio, que será vuestro periodo de iniciación como abnegados.
Sin embargo, lo de esta noche va por otro camino.
—Junta las manos ante él con las palmas hacia arriba: una representación del símbolo de nuestra facción—.
Como miembros de Abnegación, dedicaréis vuestras vidas a dar a los que os rodean, pero esta noche seréis receptores.
—Se acerca las manos al cuerpo—. La interconexión que une a todas las personas es el eje de la filosofía de nuestra facción.
Nos necesitamos los unos a los otros para prosperar y sobrevivir.
Cuando podamos dar, daremos…, pero habrá ocasiones en las que no nos resulte posible: si estamos enfermos, o debilitados, o abrumados por el dolor o la pena.
En momentos así deberemos aprender a recibir y ofrecer a los demás la oportunidad de cuidar de nosotros.
Por consiguiente, esta noche os dedicaréis al arte de recibir.
—Sonríe—. Aunque primero deberéis presentaros ante el guardián de la memoria de nuestra ciudad. Y a tal fin…, seguidme.
Abre la puerta tocando el sensor que tiene a su lado y encabeza la marcha.
La sala a la que llegamos forma una circunferencia perfecta.
Aunque en los bordes todo está oscuro, en el centro, irradiando del techo, un tenue anillo de luz ilumina la mesa de piedra baja que tiene debajo.
Marcus nos indica que nos arrodillemos a su alrededor; al hacerlo, noto la aspereza de la piedra en las rodillas a través de los pantalones.
Junto a mí, tan cerca que la oigo respirar, está Susan. Sumamos tan solo nueve.
Me doy cuenta de que sé dónde estamos: en la Cámara de la Memoria de Abnegación, donde se almacenan los recuerdos de la ciudad.
Al imaginarme este sitio, pensaba en algo parecido a una biblioteca, repleta de archivadores y estantes.
Sin embargo, este lugar tan vacío, que parece un santuario, no es en absoluto como me esperaba.
—Para algunos de vosotros, esta será la última vez que entréis aquí —comenta Marcus—.
La Cámara de la Memoria es sagrada, pues contiene la historia de nuestra ciudad y nuestro pueblo…
Nuestro pueblo al completo, repartido entre todas las facciones.
Como tal, la responsabilidad de conservarlo recae sobre una sola persona.
—Se da una palmadita en el pecho—. Acceder a la Cámara de la Memoria, más allá de este punto, está prohibido para todos, salvo para quienes han sido llamados a hacer una ofrenda.
Todos los miembros de las facciones pueden recibir esa llamada: algunos más de una vez; otros, ninguna.
Marcus apoya las manos en la piedra que tiene delante y despliega los dedos.
—Ha llegado el momento de las presentaciones —indica, pero no a nosotros, sino a la piedra—. Las manos, por favor.
Cuando obedezco, la piedra desprende calor bajo mis palmas, como si se hubiera estado cociendo al sol. Noto un hormigueo y el espacio se altera.
Me encuentro en la salita en la que hice la prueba de aptitud. Sentada en la silla acolchada. A mi lado, la examinadora de Osadía, Tori, está detrás de la mesa del ordenador, tamborileando con los dedos en las piernas mientras me observa con atención.
—Bueno, eso ha sido… Desconcertante. Si me disculpas. —Se incorpora y sale de la habitación.
Asustada, me doy cuenta de que esto es lo que sucedió justo después de la prueba; un recuerdo que ahora se reproduce ante mis ojos.
Tori regresará al cabo de unos segundos para informarme de que los resultados no han sido concluyentes.
Me dirá que no debería haber estado consciente durante la simulación.
Me llamará divergente y me avisará de que eso es algo peligroso, tanto para mí como para cualquiera al que se lo cuente.
Y todo eso va a quedar registrado en la Cámara de la Memoria de Abnegación.
Tori entra en la sala, se apoya en la puerta y coloca las manos a la espalda.
—Perdona —dice—. He tenido que introducir a mano tu resultado después de dar parte de un fallo.
«No —intento ordenarle—. No sigas».
—¿Cuál…? —es lo que balbuceo, en cambio, como ya hice entonces—. ¿Cuál es el resultado?
—Pues… No te sabría decir, la verdad.
«Para». Me falta el aire por culpa del pánico. Sé que esto no es real, que aquí no soy real en el sentido al que estoy acostumbrada, pero tengo que detener esto, tengo que…
—¿A qué te refieres?
«¡Para!».
—Durante la prueba has hecho cosas…
«Que no deberían ser posibles», completa la frase mi mente por ella. Como diga eso, estaré sentenciada.
Sin embargo, no comenta nada.
La escena que me rodea cambia. Tori se desintegra. La oscuridad me envuelve como una manta. La luz del techo se convierte en la luna.
En lugar de Tori, hay un paisaje urbano a oscuras. Es la vista que se ve desde la azotea del bloque de pisos de mi familia. Me encuentro frente a la cornisa, en camisón, con los cordones de las botas desatados.
Abro la boca y grito hasta que los pájaros salen volando en desbandada.
Cuando vuelvo en mí, estoy arrodillada junto a la mesa de la Cámara de la Memoria de Abnegación, apartando las manos de la piedra caliente. El resto de mis compañeros de iniciación reaparecen a mi alrededor. Marcus Eaton me mira a los ojos y frunce el ceño; parece desconcertado.
Los demás vuelven en sí de uno en uno. Cuando todos han terminado, cruzamos el edificio hasta el salón de banquetes.
Ya he estado aquí antes: para celebrar cumpleaños, funerales, ceremonias religiosas o nuestros infrecuentes festejos, pero nunca lo había visto así.
Los farolillos llenan el espacio de luz y hay una larga mesa en el centro, con bancos a los lados.
Los iniciados se sientan: las cinco chicas a un lado y los tres chicos al otro. No sé qué va a pasar a continuación.
Mi madre me pone un plato delante y mi padre me deja un tenedor, un cuchillo y una cuchara encima de la mesa.
La gente —amigos, vecinos, personas con las que me he cruzado en la calle— no para de traernos cosas: una rebanada de pan caliente, una fuente de maíz hervido, una porción de verduras asadas a fuego lento, humeantes y tiernas, rehogadas con un chorrito de salsa oscura como añadido extraordinario.
De guarnición, lechuga aliñada con vinagre y aceite.
Detrás de nosotros, alguien murmura una plegaria apenas audible; todos vacilamos.
—¡A comer! —grita alguien, y otro se ríe.
Roto el hechizo, los iniciados nos ponemos manos a la obra.
Es incómodo comer con público, rodeados de tanta gente, pero un momento después alguien empieza a cantar.
Las demás facciones piensan que en Abnegación no tenemos juegos, ni música, ni celebraciones. Pero sí que tenemos de todo eso. Lo que pasa es que nos lo reservamos para nosotros. Quizá sea cierto que no utilizamos tantos instrumentos como las otras facciones, pero la voz también sirve.
Alguien da el primer tono y otro se une en armonía. Cada vez son más las voces que se suman al canto, hasta que empieza uno nuevo por debajo del primero, rellenando los silencios y entrelazándose con él, como unas manos que se unen para volver a separarse después.
La canción crece en intensidad conforme todos se suman al coro y cada voz encuentra un lugar.
Incluso las más ancianas y quebradizas; incluso las que desafinan; incluso las roncas.
Las dos melodías se funden como una llave con su cerradura, y cada una le proporciona a la otra lo que necesita para fluir.
Cuando me relajo y me permito escuchar de verdad, me doy cuenta de que reconozco ambos cantos. Uno habla de la fundación de la ciudad; el otro, de ayudar al prójimo y confiar en que él hará lo mismo contigo. Es la lección que se les suele enseñar a los niños abnegados.
La combinación no es tan solo musical, sino que también el mensaje coincide: nos cuentan la historia de nuestra ciudad y nos recuerdan el lugar que Abnegación ocupa dentro de ella. Ayudar. Llenar el vacío. Confiar los unos en los otros.
Se me anegan los ojos de lágrimas, pero de felicidad esta vez. Suelto el tenedor encima de la mesa, cierro los párpados y me dedico a escuchar.