La sexta facción Capítulo 7 #2
10%

Capítulo 7 #2

Mi padre, situado junto a mi madre detrás de nosotros, extiende el brazo y le da un apretón en el hombro a Caleb para aliviar la tensión, como hacía cuando nos pasábamos demasiado tiempo encorvados mientras estudiábamos. «Tampoco hay que exagerar —decía—. Os lo vais a aprender igual».

Nos dirigimos a la entrada principal, donde ya nos esperan los cuencos llenos de tierra y agua, de piedra, cristal y brasas.

Tras ellos se abre el amplio espacio del vestíbulo y la sencilla escultura que es su único adorno: unas manos ahuecadas, que es el símbolo de Abnegación.

A veces parece que están recibiendo algo; otras, que lo ofrecen.

Hoy no sabría decir qué es lo que hacen.

Detrás de los cuencos se encuentran los líderes de las facciones: Johanna Reyes, de Cordialidad, con las manos recogidas delante de ella; Jack Kang, de Verdad, con la espalda bien recta; Max Young, de Osadía, que se rasca la nuca; Jeanine Matthews, de Erudición, inmóvil y atenta; y Marcus Eaton, con el gesto muy serio.

Al observarlo ahora, me pregunto si no serían imaginaciones mías el otro día, cuando me pareció ver a su difunta esposa en la calle. Toda la jornada me parece irreal. Quizá los nervios me jugaron una mala pasada.

Nos colocamos igual que entonces: los que cumplen antes a la izquierda y los que lo hacen más tarde a la derecha. En la ceremonia con las demás facciones tenía bastantes personas detrás; hoy, en cambio, soy de las últimas. Felicity cierra la fila a mi espalda.

Hay una sola fuente de luz en la sala, un rayo que incide sobre los cuencos. Nuestros familiares se distribuyen a nuestro alrededor en las sombras.

Jeanine Matthews sostiene una cajita en las manos. Cuando terminamos de formar, levanta la tapa para revelar una colección de cuchillos de pequeño tamaño.

—Nos gustaría empezar disculpándonos con todos vosotros —dice Marcus—.

Esta comunidad ha sufrido una trágica pérdida.

En un mundo ideal se os permitiría terminar vuestro duelo antes de tener que tomar una decisión tan importante.

Susan, queremos pedirte perdón a ti en especial.

—Le dedica una sonrisa apenada. Ella se la devuelve—.

Sin embargo, estamos de acuerdo en que, si hay fuerzas violentas en esta ciudad que pretenden destruir nuestro estilo de vida, será más importante que nunca que nos aferremos a nuestras convicciones y pasemos página; que nos aferremos a nuestras comunidades, a nuestras verdaderas familias. Por consiguiente, tendréis que elegir.

Pienso en el lema que leí en mi libro de texto de Historia de las Facciones .

«La facción antes que la sangre». Significa que ninguna familia puede ofrecerte lo mismo que una facción.

La familia te puede querer, pero no tiene por qué comprenderte.

No tiene por qué guiarte por el camino que más te conviene.

La familia no es más que una unidad temporal que cumple su función hasta que averiguas cuál es tu lugar.

—Hace unos días dije casi todo cuanto quería decir, así que no os obligaré a aguantarlo de nuevo —señala Marcus, y una risita de compromiso recorre la sala—.

Me limitaré a añadir lo siguiente: por mucho que una persona madure con el paso del tiempo, las raíces de su ser permanecen inmutables en lo esencial.

La prueba de aptitud penetra hasta esa raíz para revelar la esencia inalterable que se oculta bajo nuestra alterable fachada.

Hemos llegado al consenso de que dieciséis años es tiempo suficiente para que os asoméis a vuestro fuero interno y decidáis en qué dirección os gustaría crecer.

Por consiguiente… —Marcus da un paso atrás y señala con un ademán los cuencos que tiene delante—.

Por consiguiente, vuestra es la elección.

El pánico me oprime el pecho. ¿Qué hay en mi fuero interno? ¿Cuál es mi raíz? Me siento como una semilla de diente de león flotando a merced de la brisa. Me siento temporal y alterable.

—Mary Latham —nombra Marcus, y la aludida da un paso al frente.

Mary, la chica más alta de nuestra promoción, acepta el cuchillo que Jeanine Matthews le ofrece y se hace un corte en el dedo pulgar. Cuando la sangre mana de la herida, la derrama en el cuenco del centro, sobre las piedras que representan a Abnegación.

—Eustace Cooke.

El rubicundo Eustace coge el siguiente cuchillo de Jeanine Matthews. Se pincha el dedo. Elige Abnegación.

Se hace el silencio. Marcus tiene la mirada fija en su carpeta con sujetapapeles.

—Este habría sido el turno de Robert —comenta—. Honremos al joven que hemos perdido.

Me siento como si me acabara de tragar algo sin masticar. Como si se me hubiera quedado una pastilla atravesada en la garganta.

A continuación:

—Susan Black.

Le brillan las mejillas empapadas de lágrimas cuando elige Abnegación.

Estoy cada vez más cerca. Nombre a nombre; pasito a pasito.

Todos eligen Abnegación y yo me imagino mi sangre en las piedras, mi sangre en las brasas, mi sangre —cosa poco probable— en el agua.

Peor aún, ¿y si no consigo elegir? ¿Y si me quedo paralizada, incapaz de cortarme?

¿Y si me expulsan o ven en mi vacilación algo sospechoso, algo… divergente?

—Caleb Prior.

Me doy cuenta de que llevo todo este tiempo estrujándole los dedos cuando mi hermano los estira, momento en el que la sangre vuelve a fluir por los míos.

Ya empezaba a notar un cosquilleo en las puntas.

Caleb no me devuelve la mirada. Se acerca a los cuencos, acepta el pequeño cuchillo de manos de Jeanine Matthews y se llena los pulmones de aire con un estremecimiento de hombros.

Se practica un corte en el dedo y yo me quedo esperando a que extienda la mano y añada su sangre a las piedras de Abnegación.

Sin embargo, me quedo desconcertada cuando el cuenco de agua se tiñe de rojo.

Caleb acaba de elegir Erudición.

El silencio que impera en la sala es tan intenso que puedo oír los latidos de mi corazón desbocado. Es como si me aleteara en la garganta.

Erudición.

Me acuerdo de sus dedos manchados de tinta.

«También debemos pensar en nosotros mismos —fueron sus palabras, dirigidas, pensaba yo, a tranquilizarme; sin embargo, quizá tratara de infundirse seguridad a sí mismo—.

Nuestras decisiones solo nos atañen a nosotros, a nadie más.

Así que… Toma aquella decisión con la que te sientas capaz de vivir».

No logro imaginarme que esta sea una decisión con la que pueda vivir. Erudición, la facción que nos odia, la facción que miente sobre nosotros, la facción que difama a nuestro padre, a nuestros amigos y a todas las personas que nos importan.

—Beatrice Prior.

Caleb se ha retirado a las sombras, detrás de Jeanine Matthews, con la cabeza agachada. Como si no acabara de traicionarnos a todos.

«La facción antes que la sangre —me digo, y después—: No».

Pensaba que creía en eso. Pensaba que creía en todo, pero donde antes estaba Caleb, ahora solo hay una silla vacía. Su habitación, vacía también. Y dentro de mí, otro vacío.

En estos momentos, eso de «la facción antes que la sangre» me parece absurdo. Las quejas sobre mi pelo, mi atuendo, mi frustración por no poseer nada en exclusiva, la restringida selección de libros adecuados para Abnegación en la biblioteca… Todo es absurdo. Carente de la menor importancia.

No quiero seguir siendo alguien que se preocupa por cosas así.

—¿Beatrice?

Me adelanto. Jeanine Matthews me ofrece un cuchillo con la empuñadura por delante, sujetando la hoja entre los dedos. Como si fuera un escalpelo y ella la enfermera que asiste a un cirujano. La observo con un parpadeo antes de cogerlo. La nueva líder de mi hermano.

Presiono con el filo contra la parte más carnosa del pulgar; me resulta más fácil de lo que esperaba, quizá porque estoy tan enfadada que lo veo todo borroso, quizá porque el dolor me da fuerzas. La sangre roja, brillante, se me acumula en la palma de la mano un momento.

Ya no sé qué quiero ser, tan solo lo que puedo soportar… y lo que no.

Extiendo la mano y mi sangre baña las piedras.

Y en ese momento, lo sé. Lo sé. Sé que me he equivocado.

Pero ya es demasiado tarde.