Capítulo 7
BEATRICE
H ORAS DESPUÉS , mi madre me pone un vaso de agua en la mano.
—Bebe.
Obedezco. No sospechaba siquiera la sed que tenía hasta que bebo el primer trago. No tardo en apurarlo.
Estamos sentadas en nuestra modesta salita, rodeadas de gente. El señor y la señora Black se han instalado en el diván, flanqueando a Susan, que tiene cara de estar atrapada en un sueño. La comprendo. La señora Black llora.
Hay comida en la cocina, encima de todas las superficies.
He visto llegar a la gente cargada de platos: hogazas de pan, sabrosas fuentes de gachas, huevos cocidos y peroles de sopa.
No he tenido menos ganas de comer en mi vida, pero sí que me apetece más agua, así que me dirijo a la cocina con el vaso vacío.
La luz del horno es lo único que rompe la oscuridad. Mi padre está fregando una montaña de cuencos. Se me olvida la sed, cojo un trapo limpio y me pongo a su lado para secar los platos conforme él los enjuaga. Me saluda con un pequeño toque de hombros.
—¿Dónde te metiste durante el ataque? —pregunta—. Estabas allí, pero cuando intenté buscarte, ya te habías ido.
Su tono es neutro, medido, pero veo que le tiemblan las manos. Debió de pasar tanto miedo como yo.
—Cuando se cayó esa mujer… —Recuerdo su figura en el suelo, la aguja en su cuello, y me obligo a seguir hablando—. Alguien me ayudó a levantarme y me enseñó dónde estaba la salida de emergencia. Y luego…
Me interrumpo. Pienso en la mujer de la pistola, vestida con ropas de Cordialidad. La mujer que se parecía a Evelyn Eaton.
—Si hubiera visto algo extraño —digo—, ¿a quién podría contárselo?
—¿Viste algo extraño?
De nuevo el mismo tono neutro, como si procurara no incomodarme.
Asiento con la cabeza, pero después me pregunto si realmente vi algo. Estaba oscuro. Quizá aquella mujer no fuera Evelyn Eaton. ¿Cómo podría? Evelyn Eaton está muerta.
—A lo mejor. No lo sé.
—Conmigo puedes hablar siempre, Beatrice. Pase lo que pase.
Pienso en Tori, diciéndome que soy divergente; algo peligroso para mí y para todo el que se entere. Pienso en ver saltar del tren a los osados cada mañana junto a Robert. Pienso en lo que estaba considerando en la Ceremonia de la Elección, justo antes de que…
No. Hay cosas que no le puedo contar a mi padre.
—Y Robert, ¿saben cómo…? ¿Cómo pasó? —le pregunto.
Debería haberlo hecho horas antes, pero los detalles no me parecían importantes entonces.
Robert ya no estaba; ningún detalle iba a cambiar eso.
Solo podía pensar en su sonrisa mientras me guiaba por los pasillos de la biblioteca ayer por la mañana.
«Justo a tiempo». Nunca se le olvidaba acercarme una silla para que pudiera ver la llegada de Osadía.
—Le dispararon —me informa mi padre.
No es la respuesta que esperaba. Pensaba que lo habría arrollado el tumulto o que habría salido herido con la confusión… No me imaginaba que hubiera recibido un disparo.
—Los osados llevaban pistolas de agujas —digo—. Pero las pistolas de agujas no matan, ¿verdad?
—No. —La voz de mi padre denota enfado y tensión—. Sin embargo, los de Osadía no eran los únicos que iban armados.
Tardo unos segundos en sumar dos y dos. Los centinelas de Osadía utilizan armas normales, con munición letal. Sin embargo, están bien controladas. Reguladas. O deberían.
—¿Quizá algún centinela del muro vino con un arma letal por error? —aventuro. No se me ocurre otra explicación.
Mi padre niega con la cabeza. No me gusta la ternura de su mirada. Es como si se compadeciera de mí.
—No —replica—. No ha habido ningún error. Uno de los sin facción robó una pistola del muro, y cuando la mujer se cayó de las vigas, contraatacaron. Recurrieron a la violencia.
«Sin facción». Los veo constantemente en el centro de donaciones. Afligidos y arrastrando los pies. Aplastados por el peso del mundo. Me cuesta entender por qué mi padre piensa que había abandonados presentes en la Ceremonia de la Elección.
Sin embargo, me siento como una boba al instante siguiente. Por supuesto que había abandonados. Eran los que gritaban: «¡Muerte a las facciones!». Los que descolgaron nuestros estandartes. Los que ondearon el suyo.
Pienso en la mujer que vi. La sin facción que podría haber sido Evelyn Eaton. Empuñaba un arma. Ahora no consigo recordar cómo era, si de las letales o no.
—El estandarte —murmuro.
—Una broma de mal gusto. Pero ¿qué se podría esperar de los sin facción? La corrupción moral es lo que los ha llevado a estar en su situación.
Mi padre escupe las palabras. De los nervios, el tazón cubierto de jabón que tiene en las manos se le escurre y se rompe en el suelo.
Doy un respingo.
—Perdona. —Mi padre apoya las manos en el borde del fregadero y deja caer la cabeza—. Lo siento, Beatrice. No debería perder los estribos.
—No te preocupes. —Lo rodeo con un brazo y apoyo la cabeza en su hombro—. No pasa nada.
Jamás podría ingresar en Verdad. Me resulta demasiado fácil mentir.
+ + +
El entierro es por la mañana y, aunque acude Abnegación al completo, la ceremonia es tranquila.
Los funerales forman parte de la vida cotidiana en nuestra facción.
Siempre transcurren de la misma manera: se incinera el cadáver y sus cenizas se guardan en una urna; la gente les lleva comida a sus allegados y se sienta con ellos; se oficia un servicio religioso y la familia moldea un ladrillo conmemorativo.
A excepción del entierro de Evelyn Eaton, todos a los que he asistido se han enmarcado en un contexto de conclusión natural, como una vela cuya mecha se ha consumido.
Menos el de Robert Black. El ambiente del ágape previo es de consternación, no de pena.
El sermón del servicio versa sobre la tragedia, no el recuerdo.
Y el cortejo fúnebre que recorre las calles del sector abnegado —encabezado por la madre de Robert, con sus cenizas abrazadas contra el vientre como si quisiera volver a experimentar lo que sentía al llevarlo en su seno— discurre en tensión.
El recorrido desemboca en el taller, donde el señor Black mezcla la arcilla en el molde y Susan retira la urna de los dedos crispados de su madre para quitarle la tapa.
Como la señora Black no para de temblar, es Susan la que derrama las cenizas de Robert y ayuda a su padre a integrarlas con la arcilla para dar forma al ladrillo con sus propias manos, pequeñas y delicadas.
Lo dejarán secando unos días, transcurridos los cuales alguien lo cocerá y alguien más se lo llevará para usarlo en la construcción, como si se tratara de un ladrillo más. De los miembros de Abnegación se espera que sus aportaciones a la sociedad continúen incluso después de la muerte.
+ + +
A la mañana siguiente, durante el desayuno, tengo la mirada fija en la silla vacía de Robert cuando oigo que llaman a la puerta.
No sé quién es la mujer, pero mi madre parece conocerla y se dirige a ella como «Tabitha»; mi padre y ella conversan en voz baja en la entrada.
Solo alcanzo a oír las palabras de él, pues la sutileza nunca ha sido su fuerte.
—Me parece una crueldad —comenta, y a continuación—: Vale. Vale.
Aunque la puerta se cierra, mi padre no regresa a la cocina enseguida. Cruzo la mirada con Caleb, que se encoge de hombros. Susan continúa comiéndose las gachas de avena.
Oigo suspirar a mi padre. Cuando vuelve, se demora en la puerta un momento.
—Caleb, Beatrice, Susan —dice—. Me temo que tenemos que hablar.
Titubea de nuevo y a mí se me acelera el corazón. No sé qué estará a punto de contarnos, pero es evidente que no desea hacerlo.
—Como ya sabéis, el consejo ha decidido que reunirse para la Ceremonia de la Elección no es seguro. Se me ha informado de que cada facción va a celebrar la suya por separado. Hoy.
Se me cae la cuchara, que repiquetea al golpear el tazón.
—¿Qué?
Ahora entiendo cuál es la «crueldad» a la que se refería mi padre.
Veo que Susan continúa desayunando sin inmutarse.
—Ya lo han aplazado dos días —musita Caleb—. La iniciación debe empezar, Beatrice.
—Dos días enteros de duelo, qué generosidad…
Iba a añadir algo más, pero me percato de que Susan levanta las cejas, como suele hacer cuando quiere decir algo.
Con la mirada fija en el asiento vacío de Robert, recita:
—La hierba crece, las flores se abren y la fruta madura. —Apoya una mano en el respaldo de la silla—. Sin preguntarnos nunca si deberían hacerlo.
No le puedo llevar la contraria.
Recojo los platos del desayuno, como ya hice el día de nuestra primera Ceremonia de la Elección.
Me tiemblan las manos mientras friego los tazones.
Mi madre corre el panel de la planta de arriba para que nos podamos mirar al espejo; según ella, una pequeña concesión para amortiguar el dolor.
No tengo buen aspecto: me veo demasiado pálida y ojerosa.
En un intento por tranquilizarme, me esfuerzo por memorizar hasta el último rincón del piso: el bordado de la señora Black que cuelga encima del fregadero, el montón de toallas bien alineadas en el armario de la salita y la pulcra hilera de zapatos grises junto a la puerta principal.
Con orden y respeto, así han vivido siempre nuestras familias.
Incluso ahora que todo amenaza con desmoronarse.
Nos reunimos al final de la calle, frente a la sede de Abnegación. Solo mis compañeros de clase, de dieciséis años, y sus familias tienen permiso para asistir a esta Ceremonia de la Elección.
Pienso en lo que sentí hace unos días al ver a los osados rebulléndose en sus asientos, envidiosa de su pelo suelto y el escándalo que formaban. Ahora me parece ridículo haber estado pensando en horquillas momentos antes de que mi amigo muriera.
Una mano se cierra sobre la mía: Caleb, con la mandíbula tan tirante que se le ven los tendones.
—Recuerda lo que te dije hace unos días —masculla—. Toma aquella decisión con la que te sientas capaz de vivir.
Casi no me acuerdo de esa conversación. Me masajeo el esternón para aliviar la opresión que siento en el pecho.