La sexta facción Capítulo 6
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Capítulo 6

BEATRICE

A LCANZO A VER LA A SAMBLEA DE LAS F ACCIONES desde la parada del autobús; el sol se refleja en las paredes de cristal de su pabellón más reciente. Detrás se extiende la larga fila de edificios de Michigan Avenue, tan apiñados como una columna de soldados que forma una muralla de escudos.

Nos apeamos y caminamos juntos hasta allí; nuestro gris de Abnegación nos hace parecer una bandada de palomas.

Una vez en la entrada, nos apartamos para dejar paso a los miembros de las otras facciones que llegan con sus jóvenes.

Puedo verlos a todos a través del cristal, agrupados bajo sus correspondientes banderas.

Aunque se han dispuesto filas de sillas, nadie se ha sentado todavía.

Diviso a Uriah en la entrada. Me sonríe y saluda con la mano; yo le devuelvo el gesto.

Cuando estamos todos, Marcus Eaton encabeza la comitiva.

Quizá sean imaginaciones mías, pero noto como si la sección erudita de la Asamblea irradiara desdén; puede que también el resto, aunque la mayoría de las otras facciones no nos miran con hostilidad, sino con pena.

«Pobres estirados, míralos; tan reprimidos».

Según mi padre, el antagonismo de Erudición se debe a su líder, Jeanine Matthews.

Todas las facciones tienen un representante en el consejo de la ciudad, aunque la responsabilidad de tomar las decisiones definitivas suele recaer en Abnegación, pues un líder altruista siempre inspira más confianza.

Jeanine Matthews es la portavoz erudita y, como a mi padre le gusta decir, las actitudes se pegan: de Jeanine a su junta de consejeros, y de estos al resto de la facción.

Jeanine está detrás de la hilera de cuencos metálicos, vestida con un traje azul de hombreras rectas y una camisa abrochada hasta el cuello.

Lleva el pelo —rubio, como el mío, aunque más oscuro— alisado y sujeto con horquillas tras las orejas.

Nos observa entrar desfilando en la Asamblea, inexpresiva.

Caleb y yo nos situamos ahora detrás de los demás jóvenes, esperando en formación en el centro exacto de la sala.

Somos noventa en esta promoción, menos de lo habitual, y entre ellos solo hay doce de Abnegación.

Una mano cálida aprieta la mía: mi padre. Quizá para los demás no signifique nada, pero para mí, sabiendo lo parcos en muestras de afecto que son mis camaradas de facción… Casi se me saltan las lágrimas.

¿Seré capaz de abandonar a mi familia? ¿Podré soportarlo?

Encuentro mi puesto en la fila; o mejor dicho, espero a que Caleb encuentre el suyo, ya que nos debemos colocar por edades, de mayor a menor.

Todo el que haya cumplido dieciséis años desde la Ceremonia de la Elección de la primavera pasada escogerá hoy su nueva facción —las familias suelen posponer el acceso al instituto de aquellos de sus jóvenes que hayan nacido en la segunda mitad del año, para que no tengan que pasar allí mucho más tiempo que sus compañeros— y las fechas de nacimiento son un tema de conversación recurrente en la fila: «Ya, pero ¿a qué hora del 24 de abril?

» y «Ah, conque el 7 de marzo. Pues yo el 8, así que me pongo detrás».

Nacida con dos minutos de diferencia con respecto a Caleb, ocupo mi puesto detrás de él y dejo que los que son menores que yo se sitúen a mi espalda.

Marcus Eaton está de pie en el centro exacto de la mesa, con Jack Kang, representante de Verdad, a la derecha y Johanna Reyes, portavoz de Cordialidad, a la izquierda. Junta las manos y en la sala se hace el silencio.

Los de Osadía son los últimos en llegar.

Al igual que Uriah, se muestran despreocupados, charlando con sus compañeros, con el brazo por encima del respaldo de las sillas, tamborileando con el pie en el suelo mientras esperan.

Intento imaginarme entre ellos, vestida por entero de negro, sin el pelo tan tirante como para que me duela el cuero cabelludo, sin que mis sonrisas susciten cejas arqueadas ni miradas de reprobación.

Noto una punzada de anhelo por la persona que podría ser ahí, entre ellos. Pero ¿cómo estar segura de que, si elijo Osadía, no voy a ser una simple estirada vestida de negro, una impostora? La prueba ni siquiera fue concluyente. La evaluación de Tori se quedó en conjeturas.

—Bienvenidos —dice Marcus Eaton. Aunque sonríe, tiene la facultad de conseguir que incluso eso parezca solemne—.

Bienvenidos a la Ceremonia de la Elección de este año.

Bienvenidos al día en que honramos la filosofía de nuestros fundadores, quienes promulgaban que todos tenemos derecho a elegir nuestro lugar en el mundo.

Me fijo en las manos de Caleb, temblorosas a los costados. Sin pensar, le tomo una y le doy un ligero apretón. Me lo devuelve.

—Hace ya tiempo, cuando nuestros ancestros fundaron esta ciudad, renunciaron a las categorías arcaicas que antes separaban a las personas, ya fueran políticas, religiosas, culturales o superficiales y abrazaron una nueva comprensión de la naturaleza humana.

Dicha comprensión es la siguiente: lo que nos une a los seres humanos es que somos profundamente imperfectos.

Para que una sociedad cualquiera pueda vivir en armonía, dijeron, debemos corregir tales imperfecciones.

Definir un nuevo conjunto de prioridades era la mejor manera de alcanzar ese objetivo.

Sin embargo, no consiguieron ponerse de acuerdo en cuál de aquellos defectos era el más grave.

Contemplo los estandartes que cuelgan del techo de cristal. Representan los cinco defectos que denunciaban nuestros fundadores… y las cinco medidas para remediarlos. Me llama la atención un movimiento al otro lado del tragaluz, pero es pasajero… Algún pájaro, seguramente.

—Quienes rechazaban la agresividad y la crueldad se hicieron llamar cordiales —continúa Marcus.

Johanna Reyes extiende las manos por encima del cuenco de metal que está lleno de tierra oscura.

La representación de Cordialidad sonríe.

Su atuendo es brillante y expresivo. Rojo y amarillo en todos los tonos, derivando a veces incluso hacia el naranja o el marrón.

Para mí, aunque no vayan vestidos igual, todos ofrecen el mismo aspecto: amable. Cálido. Relajado.

Unirme a ellos nunca ha sido una opción para mí. No he conocido la relajación ni un solo día de mi vida.

—Quienes rechazaban la ignorancia y el desinterés se hicieron llamar eruditos.

Jamás podría elegir Erudición. No con el odio que nos profesan.

—Quienes rechazaban la duplicidad y el secretismo se hicieron llamar veraces.

Pienso en el secreto que arde dentro de mí: «Divergente».

—Quienes rechazaban el egoísmo y el exceso de autoestima se hicieron llamar abnegados.

Rechazo el egoísmo porque lo noto dentro de mí, empujándome a protestar, a mentir y a exigir aquello que no me he ganado. Incluso ahora lo siento.

—Y quienes rechazaban la cobardía y la debilidad de carácter se hicieron llamar osados.

La cobardía es algo que me atormenta también.

Marcus prosigue:

—Nuestras cinco facciones han convivido pacíficamente desde que existe esta ciudad.

Todas aportan algo distinto a la sociedad.

Verdad es la facción de los administradores sinceros, los maestros, investigadores y jueces.

Erudición nos ha provisto de nuevas tecnologías, avances y una mejor comprensión del mundo que nos rodea.

Osadía nos protege de las amenazas, externas e internas por igual, y nos auxilia en momentos de crisis.

Cordialidad nos proporciona consejo, sustento y consuelo.

Y Abnegación siempre está dispuesta a sacrificarse en todos los aspectos.

Sin embargo, cada facción es algo más que sus cualidades; cada facción brinda a sus miembros algo más valioso que su mera función en la sociedad.

Les ofrece una comunidad. Propósito. Significado.

Hace una pausa para tomar la carpeta con sujetapapeles en la que se recogen los nombres de todos los iniciados.

Es entonces cuando todos los tragaluces estallan sobre nuestras cabezas.

La Asamblea de las Facciones se llena de gritos. Las esquirlas de cristal nos golpean como granizo. Me agacho instintivamente y me protejo la cabeza con los brazos. Junto a mí, Caleb tiene la mirada fija en un trozo de vidrio que sobresale de su antebrazo. La manga gris se tiñe de rojo.

Todas las luces —ya de por sí atenuadas— se apagan, pero la luna me permite distinguir unas siluetas en lo alto; caminan por los marcos de las ventanas ahora vacías como funambulistas por la cuerda floja.

—¡Muerte a las facciones! —resuena una voz, tan atronadora que no consigo precisar su origen. Otras se unen a ella, entonando:

—¡Muerte a las facciones! ¡Muerte a las facciones!

A mi alrededor, una avalancha de gente se precipita hacia las salidas, pero yo me he quedado de piedra. Paralizada, veo cómo bajan los estandartes de las facciones.

El de Cordialidad es el primero en caer, ondeando hasta el suelo.

Lo siguen los de Verdad, Erudición, Osadía y Abnegación.

Me fijo en los símbolos antes de que la tela se arrugue: el árbol, la balanza, el ojo, las llamas y las manos extendidas.

A continuación, se despliega una nueva bandera sobre mi cabeza; cuelga de las vigas como una hoja aferrada a su rama.

Veo un dibujo que imita las dimensiones y la figura inscrita en un círculo típica de los símbolos de las facciones. Está cosido con hilo blanco a la tela verde del estandarte y representa un ramillete de flores blancas.

Las puertas del extremo opuesto de la sala se han abierto de par en par y la gente continúa corriendo hacia ellas, mientras los centinelas de Osadía irrumpen con sus uniformes negros y sus pistolas de agujas apuntando al aire.

—¡Beatrice! —chilla Caleb, pero mi corta estatura me impide verlo.

A continuación, el estampido de una pistola de agujas. Un alarido. Y una figura oscura que se precipita desde las vigas sobre nuestras cabezas.

El cuerpo impacta en el suelo a escasos palmos de mí.

Estoy lo bastante cerca como para ver la aguja que sobresale del cuello de la mujer abatida.

Va vestida por entero de verde y lleva el rostro cubierto, pero a juzgar por su mirada ausente, no debe de ser mucho mayor que yo.

Alcanzada por una aguja de Osadía —una munición no letal que provoca dolor y parálisis—, ha perdido el equilibrio y ahora yace desmadejada en el suelo, probablemente sin vida.

El caos que había estallado antes no es nada en comparación con lo que se desata ahora que todos los ocupantes de la Asamblea de las Facciones corren en estampida hacia las puertas.

Desesperada, busco a mi padre, a mi madre, a mi hermano o a alguien conocido mientras el aluvión me oprime desde todos los ángulos.

Recibo un codazo en la cabeza, me tambaleo y se me escapa un gritito.

Aunque todo son voces, para mí suenan amortiguadas; no dejo de pensar en esa aguja clavada en el cuello de la mujer.

Me palpitan las sienes. Alguien me empuja con fuerza por la izquierda, pierdo por completo el equilibrio y me caigo.

Alguien me pega un pisotón en la mano. Chillo sin despegar los dientes mientras la suela rígida me aplasta las puntas de los dedos.

Luego noto que me agarran del brazo y tiran de mí hasta ponerme de pie.

Tengo el cuerpo entero dolorido. Al levantar la cabeza veo a un chico de Osadía delante de mí, bañado por un rayo de luna y con el ceño fruncido.

Embotada como estoy, tan solo acierto a pensar que sus ojos son de un color extraño: azul marino.

—¡Por aquí! —exclama para imponerse al estruendo mientras señala un lateral de la sala, donde veo una puerta de emergencia todavía cerrada. En la prisa generalizada por llegar a la salida, la gente se ha olvidado de las otras vías para evacuar el recinto.

Ante mi falta de reacción, el chico me agarra del hombro y me empuja hacia la puerta.

El sobresalto me saca de mi estupor y corro hasta el lateral de la sala, donde empujo contra la puerta y activo una alarma para mí apenas audible.

Salgo a trompicones a un patio en calma y vuelvo a pensar en mis padres y en Caleb, atrapados aún dentro, o quizá hayan escapado ya…

Corro hasta el final de la cubierta blanca del patio y rodeo la esquina del edificio. Allí reina la calma, todo un contraste con el caos que he dejado atrás, pero ante mí veo a una mujer de Cordialidad. Corre pegada a la pared y empuña una pistola.

Me detengo. ¿Una cordial armada?

Se gira y levanta el arma con un movimiento fluido, como una bailarina mortal.

Me mira como nadie de Cordialidad me ha mirado antes, con el pelo recogido en una coleta alta y las facciones severas divididas en dos por las sombras.

Al moverse, la luna le baña los pómulos y es entonces cuando la reconozco:

Evelyn Eaton. La difunta esposa de Marcus.

No podría olvidar su rostro aunque lo intentara.

Ocupaba todos los informativos cuando murió; siempre la misma foto de la familia Eaton: Marcus, su mujer y su hijo, que por entonces contaba diez u once años.

Me acuerdo porque me parecía un retrato familiar extraño: la familia de Abnegación perfecta, salvo por la expresión de Evelyn, con la mandíbula tirante y un destello crítico en la mirada. Parecía furiosa.

Esa era la foto que coronaba la repisa de su chimenea el día del funeral. Su funeral. Vi la urna que contenía las cenizas. Vi a Marcus Eaton verter esas cenizas en la arcilla húmeda tradicional de nuestros rituales fúnebres.

Y aquí está ahora. Más viva que nunca.

No reacciona a mi presencia, sino que baja la pistola y continúa avanzando, rodeando la esquina del edificio hasta perderse de vista en la calle a oscuras.

Permanezco en el sitio durante unos segundos, con un pitido en los oídos, antes de recordar que debería seguir buscando a mi familia. Debería comprobar que estén bien.

Corro y olvido el dolor de la cabeza y la mano hasta alcanzar la calle por la que hemos llegado antes a la Asamblea de las Facciones.

Está repleta de gente. Busco alguna prenda de color gris, mi bandada de abnegadas palomas.

Los encuentro junto a las puertas, guiando a la gente fuera del edificio.

Los veo a través del cristal, dentro aún de la sala, como no podría ser de otro modo.

Por supuesto que los de Abnegación se niegan a salvarse a sí mismos.

—¡Beatrice!

Reconozco la voz de Caleb antes de verlo, antes de que me estruje en un abrazo de oso.

—¿Estás bien? —le pregunto—. Tu brazo…

—Estoy bien. —Se aparta. Tiene la mirada empañada—. Tú no… No has…

—¿Qué sucede? —Llevaba años sin ver llorar a Caleb—. ¿Mamá está bien? ¿Y papá?

Asiente. La nuez le sube y le baja en el cuello.

—Es Robert —murmura—. Robert ha muerto.