La sexta facción Capítulo 5
7%

Capítulo 5

BEATRICE

U RIAH ES LA SERENIDAD ENCARNADA . Está en su sonrisa, como si esa curva fuera la posición natural de sus labios; en su forma de caminar, como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte.

Y está en sus palabras también, cuando habla de su hermano mayor, Zeke, uno de los osados que montan guardia en el muro —una posición prestigiosa para los de su facción—, y de lo que su amiga Marlene dijo esa mañana en el tren, algo que hizo que todos se troncharan de risa.

—Con que me acompañes hasta la parada del bus será suficiente —le digo cuando ya la tenemos a la vista—. Me encuentro mucho mejor y es una buena caminata…

Uriah arquea las cejas.

—No sé si te habrás dado cuenta, pero, cuanto más tarde en llevarte a casa, menos tiempo tendré que pasar en el insti.

—Ah. —No había caído en eso. Observo de reojo la sutil curvatura de sus labios y decido intentar una cosa—. Entonces, lo que dices es que dejar que me acompañes a casa es un gesto de altruismo por mi parte.

Da un respingo. Supongo que no estará acostumbrado a escuchar chistes de labios de las chicas de Abnegación. Luego se pone serio de nuevo y replica:

—Claro, sí, eso es.

—En tal caso, supongo que no tengo elección.

—Pues no.

Su sonrisa es amplia y radiante. La mía, bastante más cauta.

No estoy acostumbrada a moverme así por la ciudad, sin prisa ni objetivo, contemplando los edificios que me rodean. Muchos de ellos se encuentran vacíos, con candados en las puertas y tablones en las ventanas. Me parece imposible que alguna vez estuvieran habitados.

Al pasar bajo las vías elevadas que recorren esta parte de la ciudad como una costura, me parece ver un destello oscilante en una ventana.

Una llamita. Será algún vagabundo sin facción; a veces se meten a vivir en los edificios abandonados que están fuera de su sector.

Que yo sepa, nadie ha elaborado ningún censo de la población abandonada.

La última estimación de mi madre rondaba los doscientos, a partir de los que acuden a los centros de donaciones y los que acceden a trabajar para la ciudad, conduciendo los trenes o encargándose del saneamiento y la electricidad a cambio de las provisiones que necesiten.

Mi padre siempre ha dicho que se merecen toda nuestra compasión; que tener que vivir sin comunidad, sin propósito ni objetivo, es un destino peor que la muerte.

Nos encaminamos hacia el pantano. El viento nos trae su olor a algas y barro. Arrugo la nariz.

—Zeke me ha contado que la puerta trasera de la Asamblea siempre está abierta —dice Uriah—. ¿Te apetece entrar y ver la sala de la Ceremonia de la Elección?

La Asamblea de las Facciones está cerca del pantano, en el centro exacto de la ciudad. Me da un vuelco el estómago al pensar en la ceremonia de mañana. Asiento con la cabeza, pues no me fío de lo que pueda salir por mi boca.

«Lo que digo es que eres divergente. —La voz de Tori se me ha instalado en la cabeza, como la de mi padre—.

Es peligroso. Para ti y para todo aquel con el que hables».

Me conozco lo suficiente como para saber que no voy a contárselo a nadie, pero no por altruismo, sino porque no quiero divulgar que me pasa algo raro.

Rodeamos la parte antigua del edificio, una majestuosa estructura de piedra gris con la entrada flanqueada por columnas inmensas. La sección trasera, sin embargo, es distinta: estrecha y alargada, blanco y cristal. En el centro cuelgan los estandartes de las facciones, visibles por los ventanales.

Uriah abre la puerta empujando con el hombro.

—Vine aquí hace dos años —comenta—, por la ceremonia de Zeke. ¿Tú has estado en alguna?

—No. ¿Cómo son?

Nuestras palabras y nuestros pasos rebotan en el suelo de piedra pulida. Hago una mueca al oír mi voz tan amplificada, pero a Uriah no parece importarle el estruendo.

En el centro de la sala, bajo los estandartes con los manifiestos de cada facción, hay una mesa alargada con cinco cuencos metálicos encima.

Me resultaría imposible abarcarlos con las dos manos y todos contienen algo distinto: cristal para Verdad, piedras para Abnegación, brasas para Osadía, tierra para Cordialidad y agua para Erudición.

Nos acercamos a la mesa. Uriah contempla las brasas de Osadía y yo las piedras de Abnegación.

—Cada aspirante recibe un cuchillo. —Nunca lo había visto tan serio—.

Pequeño. Te haces un corte en la mano, lo justo para que mane la sangre, y luego la colocas sobre uno de los cuencos.

—Su mano pende suspendida por encima del cuenco de Osadía, con la palma hacia abajo—. Me parece bastante brutal.

—Es simbólico —le explico—. Le entregas tu sangre a la facción que hayas elegido, porque desde ese momento será tu nueva familia.

—Lo dicho: brutal, sobre todo si vas a cambiar de facción.

Lo miro de reojo.

—¿Estás pensando en hacerlo?

—¿Tú no? —Se encoge de hombros—. ¿No nos lo planteamos todos, al menos?

Observo las banderas. Me llama la atención la de Erudición —azul, por supuesto—.

Por lo visto, me comporté como una erudita durante la prueba de aptitud.

Los de mi facción odiamos a los de Erudición, y se diría que el sentimiento es mutuo.

Sin embargo, mientras leo su manifiesto —«Toda pregunta que pueda responderse debe responderse»—, pienso que sería un alivio formular cuantas preguntas me plazcan y obtener alguna respuesta.

Debatir con un adulto como Marcus Eaton y recibir la impresión de que me está escuchando de verdad.

A continuación, me fijo en el centro de los estandartes, en el negro, el que pertenece a Osadía.

Su frase siempre ha sido mi preferida: «Creemos en los actos cotidianos de valentía, en el coraje que impulsa a una persona a defender a otra».

De niña, una vez le pregunté a mi padre si eso significaba que los osados eran igual de altruistas que los abnegados, si también ellos se preocupaban de ayudar al prójimo.

Se rio y me dijo: «Todas las facciones intentan velar por los suyos, Beatrice.

La nuestra es la única que intenta velar por todos, tanto si son de los nuestros como si no».

Noto un dolor sordo en el pecho. ¿Qué será de él si me voy? ¿Me odiarán mis padres por abandonarlos? ¿Llorarán mi pérdida como si me hubiera muerto?

«Todavía les queda Caleb —me digo—. Estarán bien».

—Deberíamos irnos —sugiero—. Antes de que alguien nos pille.

+ + +

Esa noche, mis padres hacen la cena. Preparan un plato para cada niño —Robert, Susan, Caleb y yo— y lo colocan en una bandeja para que nos la llevemos a nuestro cuarto.

—La noche previa a la Ceremonia de la Elección es para reflexionar en privado —indica mi padre mientras me da la bandeja. Tiene la sonrisa torcida y arrugas en la comisura de los ojos.

Cojo la comida y se agacha para besarme en la coronilla, como todas las noches desde que tengo uso de razón y, seguramente, antes incluso.

—Te quiero —susurra contra mi pelo.

Se me ha formado un nudo en la garganta que me impide hablar, por lo que me limito a ofrecerle una débil sonrisa y me llevo la bandeja a mi habitación.

El piso se divide en dos mitades, con la cocina, el baño y la sala de estar en el centro, y una fila de dormitorios para los Black que sale de ella. En lo alto de las escaleras hay otra fila de dormitorios: los nuestros. Caleb y yo subimos juntos y nos metemos cada uno en su cuarto.

Como sin saborear los alimentos. Estoy a punto de terminarme las judías con arroz cuando oigo el sutil golpecito en la pared, la señal de que Caleb tiene ganas de hablar.

Me acerco a la ventana y la abro despacio para no hacer ruido.

La víspera de la Ceremonia de la Elección no hay reuniones, ni grupos de costura ni talleres de carpintería, por lo que en las calles reina el silencio.

Caleb se ha asomado ya a la ventana, con los codos apoyados en la repisa. Tiene las puntas de los dedos manchadas de tinta, como si hubiera estado leyendo el periódico o algún libro antiguo. Me aúpo al alféizar y me siento de lado para mirarlo de frente.

—¿Te importaría tener más cuidado? —me dice—. Como te caigas, te romperás todos los huesos.

—No voy a caerme. Espera… Oh, no… ¡Que sí, que me caigo!

Suelto la repisa y hago aspavientos con los brazos, como si perdiera el equilibrio.

—Beatrice, por favor…

Es una discusión que viene de lejos: desde que tuvimos edad suficiente para dormir separados. Caleb cierra los ojos contra el viento; por una vez, ha sido el primero en rendirse.

—Te fuiste del instituto después de la prueba de aptitud —comenta—. ¿Pasó algo?

En ese momento, me encantaría contárselo.

Caleb siempre ha sabido escuchar y siempre mantiene la cabeza fría en tiempos de crisis.

Quizá él pueda ayudarme a descifrar las palabras de Tori: todo eso de los receptores que ahora supuestamente nadan por mi cerebro, instalados en mis neuronas; lo de haber permanecido consciente durante la prueba, y lo de las tres facciones para las que, en su opinión —subjetiva—, demuestro tener aptitudes.

¿Será que todos tenemos aptitudes para más de una facción?

Ni idea. Podría preguntárselo a Caleb, pero…

Pero…

«Es peligroso. Para ti y para todo aquel con el que hables».

—Cuando acabó, me sentía rara. Como mareada. Serían los nervios.

Arquea las cejas como hace siempre que no me cree, pero se deja engañar esta vez.

—¿Tú no estás nervioso? —le pregunto.

Espero que me diga que no. Caleb es un ciudadano de Abnegación modélico. Nunca se queja y siempre se da cuenta de lo que necesita la gente. Sabe quién es y qué va a elegir. Si contemplo siquiera la posibilidad de abandonar mi facción, es porque mis padres podrán seguir contando con su apoyo.

—Pues claro —replica con una risita ahogada—. Estoy nervioso, sí.

Noto una leve disminución en la tensión de mis hombros. Quizá sea más normal de lo que pensaba. «Divergente», susurra la voz de Tori, pero hago oídos sordos.

Después añade:

—¿Recuerdas cuando éramos pequeños y nos peleábamos por aquel juguete…, el de la cuerda, el vaso y la bola?

Me río.

—¿Cuando nos caímos rodando por las escaleras?

Caleb asiente.

—Me aterraba pensar que te hubiera pasado algo, así que me acerqué a ti corriendo y dejé la alfombra embadurnada de sangre.

—Todavía hay una mancha al pie de las escaleras que no sale con nada.

Aquel accidente le dejó la nariz ligeramente torcida—.

Pues bien, después de eso, cuando estaba en el hospital, mamá me dijo algo en lo que no he dejado de pensar desde entonces: «Tienes que cuidarte tú antes de cuidar de tu hermana».

—Tamborilea con los dedos en la repisa y me mira—.

Tenemos que pensar en la familia, Beatrice, pero también debemos pensar en nosotros mismos.

Nuestras decisiones solo nos atañen a nosotros, a nadie más.

Así que… toma la decisión con la que te sientas capaz de vivir, ¿vale?

Por lo general, me fastidia cuando Caleb intenta darme consejos. Solo nació dos minutos antes que yo, pero se comporta como si fuera mi hermano mayor. En esta ocasión, sin embargo, me preocupa tanto lo que se avecina que ni siquiera me importa.

—Vale. Gracias.

Me dedica una sonrisita extraña. Cariñosa, pero también apenada, como si presintiera que me estoy planteando abandonar nuestra facción, nuestra familia, y supiera que va a echarme de menos.

Yo también voy a echarlo de menos a él.