La sexta facción Capítulo 4
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Capítulo 4

BEATRICE

C UANDO VUELVO A AbrIR LOS OJOS , tengo una pared delante de mí.

Es de ladrillo rojo, como casi todos los edificios en ruinas que bordean el sector de Abnegación. Aunque parece tan ancha como un bloque de pisos, al dar unos pasos hacia la izquierda, la pared continúa como si se estirara ante mí. Me detengo y la miro.

«¿Qué es este sitio?».

En la pared se abre un hueco tan grande como una puerta. Una invitación evidente. Vuelvo la vista atrás, pero todo está oscuro y vacío. Puesto que solo hay una forma de avanzar, ese es el camino que tomo.

De inmediato, se oye un chirrido. A mi espalda, las paredes se mueven y se sellan con mortero. Estoy atrapada.

Deslizo los dedos por los ladrillos y me maravilla su textura, su solidez. Parece real, pero no puede serlo. Hace un instante estaba en la silla, viendo cómo Tori me ponía una inyección.

Tomo el camino que discurre a mi izquierda en busca de algo que me oriente. La pared se acaba a mi derecha y la senda se bifurca; un ramal continúa en línea recta y el otro se desvía a la izquierda. Contemplo la encrucijada, indecisa.

Ahora oigo un grito estridente hacia un lado, en el interior del laberinto. No decido moverme de forma consciente, sino que salgo corriendo sin más. Me araño la mano con el muro al doblar una esquina. Oigo otro alarido y tomo la primera desviación que me lleva a la izquierda.

En la siguiente confluencia de dos paredes hay una niña pequeña vestida con ropas de Abnegación. Es rubia, como yo, y lleva el pelo recogido en un moño estricto, como el mío, pero es pequeña, una cría. Tiene las mejillas surcadas de lágrimas.

Corro a su lado y le enderezo los hombros mientras la examino. No parece herida; tan solo asustada.

—¿Qué tienes? —le digo—. ¿Qué pasa?

Veo movimiento reflejado en sus ojos vidriosos cuando levanta una mano y señala por encima de mi hombro.

Al girarme, me encuentro con la humareda más negra que he visto en mi vida; rodea la pared a mi espalda y se abalanza sobre nosotras.

El miedo me forma un nudo en la garganta mientras levanto la pechera de la camisa de la muchacha para taparle la nariz y la boca.

—Sujeta eso ahí. Vamos.

La tomo de la mano y tiro de ella mientras corro por el camino, huyendo del humo. Los pasos de la niña son lentos y torpes, y tiene la mano empapada de sudor. Huelo el fuego. Toso y tomo el siguiente desvío, pero conduce a un callejón sin salida.

Miro a lo alto del muro. Parece tener límite por arriba, pero no a los lados. Me agacho, entrelazo los dedos y los sostengo ante la pequeña.

—El pie —le digo—. ¡Deprisa!

Pisa el estribo que he formado con las manos y la aúpo a lo alto del muro. La humareda nos ha alcanzado y me pican los ojos. Cojo aire mientras la niña se encarama a la pared y se sienta arriba. Doy un salto.

Estoy en el aire cuando me doy cuenta de que esto es absurdo. Soy demasiado baja. Jamás conseguiré llegar a lo alto de esta pared.

El humo negro me envuelve. Toso, lo que solo consigue obturarme aún más los pulmones, y me tapo la boca con el codo mientras se me llena la garganta de flemas.

Me lloran los ojos. No veo nada. Me pongo de rodillas e intento recuperar el aliento por debajo de la humareda, pero no se puede escapar de ella; está en todas partes.

Aunque la pared tiene un tacto áspero, al tantear los ladrillos en busca de asidero me percato de que algunos sobresalen más que los otros. No me hace falta saltar hasta lo alto del muro; puedo escalar.

Me apoyo en los ladrillos para ponerme de pie y palpo por encima de mi cabeza en busca de otro asidero. Lo encuentro y me elevo, deslizándome por la pared con la punta de los pies hasta encontrar otro apoyo. Asciendo con los ojos cerrados, ladrillo a ladrillo, guiándome con las manos.

Me sorprendo cuando doy con las piernas en el borde.

Continúo moviendo los pies en busca de apoyo y encuentro un último ladrillo, más alto, junto a mi muslo.

Engancho las manos en lo alto del muro y me subo a pulso.

Pienso en mis escapadas a la azotea del edificio, en cómo me gusta asomarme al vacío; paso una pierna por encima del muro y me siento con las mejillas surcadas de lagrimones.

Me quedo sentada un momento, tosiendo, antes de darme cuenta de que la niña se ha ido. Quienquiera —o lo que quiera— que fuese, parece que ya ha cumplido su función.

Me seco los ojos con una manga y vuelvo la vista atrás, al laberinto que se extiende en todas direcciones hasta donde alcanza la vista. Busco alguna salida. A mi izquierda, una puerta de doble hoja interrumpe el patrón.

La pared es poco más ancha que mis pies, por lo que tengo cuidado al erguirme. Sin embargo, de pequeña me gustaba caminar por los bordillos de las aceras, con los brazos en cruz para aguantar el equilibrio. Es lo que hago ahora: mantengo los brazos rectos y doy pasos livianos, medidos.

Desde arriba resulta más sencillo encontrar el camino.

Llego a la salida en cuestión de minutos, con el sudor haciéndome cosquillas en los hombros y el cuello. Me siento en el filo de la pared, bajo de un salto y aterrizo con las rodillas flexionadas ante las puertas.

Cuando las empujo, la oscuridad se apodera de todo.

+ + +

Estoy tosiendo cuando vuelvo en mí, con la garganta aún irritada.

Me siento y me llevo las rodillas al pecho.

Aunque ese lugar no fuera real, no puede decirse lo mismo de mi pánico al humo y mi ansiedad por ayudar a la niña pequeña.

Tardo un momento en percatarme de que Tori me está mirando fijamente.

—Bueno, eso ha sido… —Forma una línea recta con los labios mientras tamborilea con los dedos sobre las piernas siguiendo un ritmo entrecortado—. Desconcertante. Si me disculpas. —Sale del aula y cierra la puerta a su espalda.

Me quedo a solas con el sillón de dentista, el taburete y la caja de herramientas llena de jeringuillas.

A solas con mis temores. ¿Y si la prueba ha ido mal?

¿Y si me meto en problemas por eso? Tiemblo al imaginar a Tori explicándome que no puedo ir a la Ceremonia de la Elección porque he suspendido la prueba de aptitud y ahora me tengo que quedar sin facción.

Pienso en el pulso tembloroso de la abandonada que me quitó un jersey de las manos el otro día. «Trae eso aquí, estirada».

Cuando Tori regresa, me estremezco de nuevo. Cierra la puerta al entrar, se apoya en ella y coloca las manos a la espalda.

—Perdona —dice—. He tenido que introducir a mano tu resultado después de dar parte de un fallo.

—¿Cuál…? —Mi voz suena estrangulada y pequeña—. ¿Cuál es el resultado?

Tori frunce el ceño.

—Pues… No te sabría decir, la verdad.

—¿A qué te refieres?

—Durante la prueba has hecho cosas que no deberían ser posibles.

—Baja la voz de nuevo—. Lo de subirte a la pared, por ejemplo.

Caminar por encima. Esas acciones sugieren…

cierto nivel de consciencia que no deberías tener.

—Parpadeo—. No deberías saber que lo que estás experimentando en la prueba no es real —añade sin dejar de mirarme a los ojos.

—¿Qué quieres…? ¿Cómo no iba a saberlo? Pero si estaba aquí y de golpe y porrazo me vi en un laberinto. Ese sitio no tenía nada de real. No tenía sentido…

—Eso es lo que quiero decir. La mayoría de los aspirantes no recuerdan lo que pasó con anterioridad y aceptan su entorno porque la prueba reprime la parte del cerebro que se hace preguntas como: «¡Anda!

¿De dónde salen tantas paredes?» o «¿Por qué me persigue un monstruo de humo por este laberinto gigante?

» o «¿Quién narices será esa cría que no para de berrear?

». Pero tu cerebro se saltó esa parte del programa. Metafóricamente hablando.

—¿Insinúas que mi cerebro está… mal?

Me sudan las manos. Me las seco con el dobladillo de la camisa. Esto es lo que me temía, ni más ni menos: hacerlo mal, no encajar, que me expulsen del sistema de facciones antes de tener la oportunidad de elegir…

—No. Lo que digo es que eres divergente —dice Tori—. Así llamamos a aquellas personas cuya mente ofrece una resistencia especial a los ordenadores de las facciones. Es algo…

—¿Y yo qué hago ahora? —farfullo sin poder evitarlo. Me dan ganas de zarandearla. Es como si se estuviera esforzando por racionarme la información—. Me enfrento a una elección y se suponía que la prueba iba a ayudarme a saber qué camino seguir, qué rumbo tomar…

—Resolver el laberinto tan deprisa denota Erudición, pero no te quedaste paralizada en ningún momento, lo que implica no poca Osadía. Sin embargo, el hecho de que te esforzaras por salvar a la chica es señal de Abnegación. Así que, si tuviera que adivinar…

«¿Abnegación?», pienso. «No puedo tener aptitud de abnegada. De lo contrario, no me sentiría tan fuera de lugar todo el rato… ¿O sí?».

—Te sugeriría elegir entre esas tres. Me imagino que ya tendrás una idea de dónde te gustaría acabar.

—La mirada de Tori se suaviza—. Quiero avisarte de que he registrado «Abnegación» como resultado.

Te recomiendo que finjas que ese es el caso.

Con tus compañeros de clase, tus amigos y sobre todo con tu familia. ¿De acuerdo?

En mi cabeza se arremolina tal vorágine de pensamientos que casi se me escapa ese brillo en sus ojos, ese apremio en su voz. Pero no.

—¿Por qué?

—Tu forma de ser desestabiliza las cosas. Hay personas…, personas muy poderosas…, a las que tu estado les resulta… inquietante. Y lo que los poderosos suelen hacer con aquello que les inquieta es…

Deja la frase inacabada flotando en el aire y me mira como si yo debiera saber a qué se refiere. Solo que no es así. No entiendo nada de nada.

Habla con más insistencia esta vez:

—Es peligroso. Para ti y para todo aquel con el que hables. Sin embargo, tú toma tu decisión, olvida que esta prueba de aptitud ha tenido lugar y todo irá bien. ¿Vale?

—¿Peligroso en qué sentido?

Por toda respuesta, Tori abre la puerta y se hace a un lado para que yo pueda salir.

—¿En qué sentido? —insisto hablando en voz baja.

Un chico de Osadía —de mi edad, está en mi clase de Matemáticas— cruza la puerta. Lleva la camiseta negra desteñida con manchas de lejía —a propósito, creo— y cordones de color naranja nuclear en las botas.

Tori parece aliviada de verlo.

—¡Uriah! ¿Te importaría acompañar a casa a Beatrice? Se ha mareado con la prueba y se tiene que ir antes.

Me la quedo mirando. ¿En serio piensa echarme de la sala sin ofrecerme una explicación convincente?

A juzgar por la intensidad con la que observa a Uriah —cuya sonrisa se tambalea a ojos vista—, así es.

Y yo no voy a pronunciar la palabra «divergente» delante de él después de lo peligrosa que Tori me ha advertido que es.

Por consiguiente, no queda sino largarse de aquí.