La sexta facción Capítulo 3
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Capítulo 3

BEATRICE

M E PEGO A C ALEB cuando nos adentramos en el sector de los sin facción.

Nunca me ha gustado esta parte de la ciudad, donde los estragos del tiempo son más pronunciados. La vegetación se abre paso a través de las grietas que surcan la calzada y la acera. Los muros y los tejados se comban. Las señales de tráfico y los semáforos están en el suelo. Todo se desmorona.

Formamos un grupo —Caleb y yo, Robert y Susan, y algunos de los abnegados más pequeños— camino de la parada de autobús para ir a la escuela. Las gachas de avena que me he obligado a desayunar esta mañana me pesan en el estómago, o quizá sean los nervios que la prueba de aptitud me provoca.

Caleb me llama la atención con el codo. Hay una mujer sin facción en una callejuela cercana, desaliñada y envuelta en telas de todos los colores, de todas las facciones.

Robert empieza a recoger las manzanas de nuestro almuerzo para donárselas y le cedo la mía sin rechistar.

Casi todos los alimentos que repartimos entre los abandonados vienen en botes o latas, incluso la fruta.

Manzanas reducidas a salsa, peras conservadas en almíbar de color claro.

Debe de hacer mucho que esa mujer no se lleva algo fresco a la boca.

Robert le acerca las manzanas y me pregunto si ella las compartirá con alguien. He oído que los abandonados son solitarios; por eso no encajaban en ninguna facción. También tengo entendido que son muy territoriales; los osados se pasan el día separándolos para que no se peleen.

—Creo que deberíamos reservar el huerto de mamá para los sin facción —le comenta Robert a Susan cuando reanudamos la marcha—. Tenemos de sobra.

Aunque el sector abandonado no tiene frontera oficial, se nota cuando entras en otra parte de la ciudad.

Aquí hay gente en la calle, personas reunidas alrededor de la carretilla de Cordialidad que ofrecen hogazas de pan a cambio de vales de facción u otros bienes, congregadas en la parada del autobús o conversando sin más.

Llega el autobús y esperamos a que haya subido todo el mundo antes de montar también nosotros. La conductora es una voluntaria de Abnegación que lleva el pelo recogido con horquillas, como el mío, y unos pantalones holgados de color carbón. Podría ser yo.

Somos la única facción que utiliza un uniforme real; los demás se limitan a vestir con los colores de su facción, tengan el estilo que tengan.

En Erudición, los pantalones azules planchados con raya conviven con los vaqueros anchos con rotos en las rodillas; los veraces optan por sencillos pantalones blancos y faldas negras con capas, como esas tartas escalonadas que solo he visto en los libros.

Un hombre cordial, con camisa de lino, viaja al lado de una mujer de su misma facción con un ceñido vestido granate.

El autobús es uno de los pocos lugares de la ciudad en los que las facciones se mezclan con libertad.

Tomamos Lake Shore, la carretera que sigue la curva del pantano.

El centro de la ciudad, con sus altos y relucientes edificios de cristal, es como el eje de una rueda; la mayoría de los miembros de las facciones recorren sus radios por la mañana y por la tarde en sus idas y venidas de su lugar de trabajo.

—¿Vamos directamente a la prueba? —le pregunto a Caleb, aunque no solemos hablar en el autobús—. ¿O hay que ir antes al aula?

—Directos a la prueba.

Los dedos de Caleb se crispan sobre la barra del techo a la que está agarrado. Es la primera muestra de nervios que detecto hoy en él.

Tras unos diez minutos de trompicones, el vehículo se detiene frente al instituto.

Hace tan solo seis años que empezamos a estudiar con las demás facciones, cuando yo tenía diez.

Cada facción educa a los suyos hasta que los estudiantes cumplen diez años, y de nuevo cumplidos los dieciséis, cuando hemos hecho nuestra elección.

Esto explica que no solamos tener amigos fuera de nuestras respectivas facciones.

—Vamos —me dice Robert mientras pasamos por delante de la biblioteca—. Tenemos un par de minutos.

Caleb suspira y agita la mano. Aunque no le guste nuestra afición, tampoco va a detenernos.

Robert y yo nos colamos en la biblioteca y recorremos la pared hasta llegar a la sección dedicada a Abnegación.

Es la más pequeña de todas, debido a la limitada cantidad de libros aprobados para los miembros de nuestra facción.

Un equipo de ancianos analiza el valor ético de las obras de narrativa.

Los conocimientos «prácticos» están permitidos, siempre y cuando no sean «demasiado técnicos», signifique lo que signifique eso.

Llegamos al final de las estanterías, donde están las ventanas. Robert coge una silla para que yo me suba encima y entreabre una hoja de cristal para que los dos podamos asomarnos a las vías elevadas que se extienden por detrás del instituto.

Lo hacemos todas las mañanas.

—Justo a tiempo —dice.

El tren llega al andén, aminora sin detenerse y… los osados empiezan a saltar.

Algunos aterrizan de pie, estables y firmes. Otros trastabillan y se tienen que sujetar a la barandilla de la parada. Unos pocos pierden el equilibrio, se caen y ruedan hasta volver a incorporarse ágilmente, con gracia y facilidad. El viento me acerca sus gritos, sus bromas y sus risas.

Robert sonríe de oreja a oreja. Como a los dos nos gustaba devolver los libros a su sitio antes de que comenzaran las clases, descubrimos que tanto a él como a mí nos encanta ver cómo hacen los de Osadía para bajarse del tren. Seguir viniendo aquí juntos es nuestro pequeño acto de rebeldía.

Sé que me falta la generosidad necesaria para estar en Abnegación, pero ignoro dónde podría encajar si no.

Sin embargo, no tengo la menor duda de dónde me gustaría que fuera; sé en qué desearía poder convertirme.

Me gustaría rodear los hombros de un amigo con el brazo y reírme con él; me gustaría llevar el pelo suelto sobre los hombros y provocar a alguien con una mirada taimada.

Me gustaría ser atrevida, graciosa y capaz, como los osados.

—¿Crees que te saldrá Osadía en el resultado? —le pregunto a Robert.

Se ríe.

—Ni en broma. Pero es bonito soñar.

Suena el timbre. Cierro la ventana.

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Mi rodilla sube y baja tan deprisa que la mesa entera tiembla, pero los demás abnegados son demasiado expertos en contenerse como para decirme nada.

Los examinadores nos han llamado al azar.

Cada vez que alguno de ellos entra en la cafetería que hace las veces de sala de espera, todas las espaldas se enderezan y se hace el silencio.

Entre visita y visita, me dedico a observar a las facciones entregadas a sus pasatiempos predilectos.

Se puede aprender mucho sobre una facción a través de sus juegos.

A los eruditos les encantan los de estrategia; extienden complejos sistemas de casillas hexagonales y se arremolinan alrededor con las cabezas tan juntas que casi no se puede mirar entre ellas.

A los veraces les van más los juegos de palabras, y cualquiera que sea su juego, siempre será escandaloso y requerirá un arbitraje constante.

En la mesa de Cordialidad se reparten hojas de papel y lápices; todos dibujan lo mismo y exhiben su trabajo para señalar las cualidades de cada obra.

Un grupo de osados forma dos filas y se entrega a una actividad que implica manotazos y les deja los nudillos enrojecidos a los más pálidos.

Abnegación se sienta y espera.

No es que no tengamos juegos, sino que nuestros momentos de esparcimiento se reservan para la intimidad.

En el exterior, como aquí, en público, lo que hacemos es desaparecer.

Como un conejo en la hierba o un ratón en su rinconcito oscuro, inmóviles para que la mirada del depredador los pase por alto.

Que los otros alumnos —los de fuera de mi facción, al menos— no sepan cómo me llamo y que no sean capaces de distinguirme de Susan significa que he hecho algo bien.

La examinadora de Osadía, una mujer alta con el pelo negro y un halcón tatuado en la garganta, abre la puerta de su aula. Se hace el silencio mientras consulta la carpeta con sujetapapeles que sostiene en las manos.

—Beatrice Prior —dice, y mi nombre suena amortiguado. Me quedo sentada tanto tiempo que Susan me pega un codazo, momento en el que me incorporo demasiado rápido y me golpeo la rodilla contra la mesa.

Hago una mueca de dolor, renqueo hasta la examinadora y entro con ella en la sala.

No contiene gran cosa: una silla acolchada con reposabrazos, parecida al sillón de un dentista; un taburete alto, escondido bajo una mesa sobre la que se encuentra un ordenador con la brillante pantalla apagada.

Y junto a la puerta, una caja de metal, como las de herramientas, con las hebillas abiertas y la tapa bajada.

—Me llamo Tori. —Señala la silla—. Ponte cómoda.

Parece cansada. O aburrida. Se sienta en el taburete con una bota apoyada en la barra.

Tiene los cordones desabrochados y la lengüeta de las botas cuelga floja por encima de ellos.

Se encoge de hombros para quitarse la chaqueta y la deja de cualquier manera a su lado; debajo lleva una camiseta de tirantes negra que me permite ver que tiene hasta el último centímetro de los brazos cubierto de tatuajes.

En uno se enroscan las llamas; en el otro, unas flores pierden sus pétalos.

Me siento con las manos cruzadas sobre el regazo. Abre la caja metálica con la punta del pie y saca una jeringa. Ni siquiera el capuchón de plástico consigue disimular las dimensiones de la aguja. Se me seca la boca. Hurga dentro del maletín hasta encontrar un botecito de antiséptico y un algodón.

—Te explico cómo funciona. Voy a ponerte una inyección que inundará tu sistema de transmisores y receptores diminutos.

Estos viajarán hasta tu cerebro y se instalarán allí.

Así podré usar esto —toca el ordenador— para empezar la prueba de aptitud.

Podría contarte algo más sobre ella, pero como no recordarás nada cuando la hagas, en realidad no hace falta.

Bosteza. Esto ya lo ha hecho diez veces hoy, pero me sigue costando creer que se lo tome con tanta apatía.

—¿Transmisores y receptores diminutos… que se me van a instalar en el cerebro? —pregunto—. ¿Hasta cuándo?

—Para siempre —replica Tori.

—¡¿Para siempre?!

Tori pone los ojos en blanco.

—Tu facción almacena recuerdos en su Cámara de la Memoria, ¿no es cierto?

—Sí.

—Bueno, ¿y cómo crees que llegan esos recuerdos allí?

¿Te pensabas que vuestros líderes llevan unos diarios de lo más detallados?

No. Interactúan con un potente ordenador gracias a los transmisores y receptores que se alojan en nuestro cerebro desde que cumplimos los dieciséis, cuando nos presentamos a sus pruebas de aptitud.

—Abarca la sala con un ademán—. De ahí todo esto.

Está claro que Abnegación se hace un flaco favor desalentando la curiosidad. Ya deberías saber todo esto.

—Aprendemos las cosas cuando son relevantes —digo—. No por capricho.

—A mí me van los caprichos. —Tori desliza los dedos por las alas de su garganta—. Así me hice este, y ahora se ha convertido en mi preferido.

Abre el bote de antiséptico y vierte un poco en la bola de algodón. Es de color naranja chillón. Se me acerca y me lo aplica en el cuello.

—¿Por qué un halcón? —le pregunto.

Esboza una ligera sonrisa y deja el algodón usado encima de la mesa.

—Simboliza el sol. Me daba miedo la oscuridad.

Coge la jeringuilla y le quita el capuchón.

—¿Y ya no?

La aguja se acerca a mi cuello. Se parece más al bulbo de un termómetro de cocina que a mi aguja de bordar.

Debería apartar la mirada o cerrar los ojos, pero, en vez de eso, lo que hago es quedarme observando: veo los destellos que se reflejan en el metal y el dedo tatuado de Tori sobre el émbolo de la jeringa.

El dolor es hondo y agudo. Cruzamos la mirada.

—No, ya no —me responde antes de que todo se vuelva de color negro.