Capítulo 2 #2
—Ridículo. —Mi padre niega con la cabeza y mira a mi madre—. Y esa manera de tergiversar las cosas… Que si nuestro objetivo «no es otro que» mejorar los archivos de la ciudad, como si eso tuviera algo de malo. Y tú, Marcus, rechazando con vehemencia y tachando alegaciones como un tirano cualquiera…
—Están poniendo toda la carne en el asador —tercia la señora Black en voz baja. La luz de las velas oscila sobre sus pómulos—. Se han empeñado en dañar nuestra imagen…
—El concepto de imagen es egocéntrico —la reprende Marcus con delicadeza—. A mí lo que me preocupa es de dónde están sacando la información.
Las palabras brotan de mis labios como si fuera agua hirviendo que intenta escapar de la olla:
—Entonces, ¿la información es correcta?
Alrededor de la mesa, todos se vuelven de golpe hacia mí.
—Beatrice —dice mi madre. Una advertencia.
Me maldigo para mis adentros. No pretendía abrir la boca, pero ya es demasiado tarde.
—¿Acaso pones en tela de juicio la integridad de nuestra facción? —inquiere Marcus.
Pese a lo incisivo de la pregunta, me sorprende la placidez de su tono.
Trago saliva con dificultad.
—No, por supuesto que no. Lo que pasa es que… Pensaba que todo eso eran meras invenciones de Erudición. —Se me quedan mirando, extrañados. Necesito que lo entiendan—. Pero, si se trata de calumnias, ¿cómo podría haber una fuente?
—Beatrice.
Esta vez ha sido mi padre, pero yo sigo hablando:
—Y entonces, si no se lo están inventando, eso significa que…
Mi madre no levanta la voz. Se limita a decir:
—Pena de Silencio hasta mañana por la mañana.
Cierro la boca de golpe. La Pena de Silencio me priva de mi derecho a hablar hasta que termine el castigo.
Si la incumplo, las consecuencias serán funestas: confinamiento en la sede de Abnegación durante al menos veinticuatro horas, o puede que más.
Por no hablar de que la vergüenza, la decepción colectiva, es imposible de cuantificar.
Es lo que siento ahora al levantarme para recoger los tazones.
Robert y Caleb me imitan al otro lado de la mesa, evitando mirarme a los ojos.
Noto calor en la nuca y me escuecen los ojos. Procuro no amontonar los cuencos de golpe; no me puedo permitir el lujo de buscar más problemas. Termino a toda prisa y busco refugio en la cocina, junto al fregadero.
Mi padre se coloca a mi lado y coge un trapo para secar mientras yo lavo los platos. Me toca el hombro con el suyo y veo que sonríe un poquito.
—La has heredado de mí —dice.
Arqueo las cejas para formular mi pregunta: «¿Qué es lo que he heredado?».
—Esa línea directa entre el cerebro y la boca —matiza—. En las reuniones del consejo tenemos nuestra propia versión de la Pena de Silencio, para cuando alguien «fomenta la discrepancia en su entorno».
Me da la impresión de que, si se hubiera dado permiso para ello, podría haber puesto los ojos en blanco.
—Adivina quién suele recibir el castigo.
Me lo quedo mirando. Supongo que sé que mi padre no es perfecto; pierde la paciencia más que cualquier otro abnegado que yo conozca. Pero nunca había pensado en lo que eso supone cuando estás rodeado de otros miembros de nuestra facción.
El frío nudo de tensión que me oprime el pecho comienza a aflojarse.
—Está bien desafiar a la gente. Así es como mantenemos nuestros elevados estándares en Abnegación —añade—. Solo hay que aprender a elegir el momento adecuado, eso es todo.
Me da un apretón en el hombro y me quita un tazón mojado de las manos para secarlo. Continúo fregando.
+ + +
Esa noche, cuando ya está todo recogido y Marcus Eaton ha vuelto a su casa, dedico una hora a hacer los deberes en la sala de estar, junto a Robert, Susan y Caleb, en silencio, enfadada con mi madre —también en silencio— hasta que por fin me voy a la cama.
Me paso casi otra hora más tendida encima de la colcha, con el camisón empapado pegado al pecho.
Hace un calor inusitado para esta época del año, un verano de mentira que se prolongará durante tan solo unos días.
Mi habitación tiene el tamaño justo para mi cama y un armario con ropa.
Estiro una pierna para abrir la puerta del armario con el talón y contemplo los montones de tela gris y mis botas de repuesto.
No poseo nada más; al menos nada más que se pudiera calificar de exclusivamente mío.
El cepillo con el que me arreglo el pelo lo compartimos mi madre y yo; los libros que uso en la escuela son prestados; incluso el bordado en el que estoy trabajando es un préstamo de la casa de abastecimiento de Abnegación y tendré que cederlo cuando haya acabado.
Todo es compartido, y eso está bien. Aquí, en Abnegación, siempre nos aseguramos de tener lo justo para ir tirando. Entonces, ¿por qué me molestará tanto?
Quizá por eso termino deslizando los pies en el interior de las botas y atándome los cordones, aunque no haya ningún sitio al que ir.
Quizá por eso saco una pierna por la ventana, primero, y después la otra, antes de agacharme bajo la barandilla de la escalera de incendios.
Se menea un poco; todas las escaleras de incendios de los edificios de Abnegación están viejas y desgastadas, puesto que nadie las usa.
Me encaramo al nivel superior y al que está por encima de ese.
Miro a mis pies y compruebo que ya estoy al menos a diez plantas del suelo; el viento cálido sopla con más brío ahora, y me resulta más fresco. Me despega el camisón de la piel y me seca el sudor del vientre.
Llego a lo alto del siguiente rellano y me aúpo hasta la azotea.
Unos cuantos pájaros negros duermen con el pico enterrado bajo las alas.
Les doy la espalda y me giro hacia la ciudad.
Está oscuro a esta hora; la electricidad se corta a las once.
Aun así, se distinguen destellos dispersos allí donde la gente ha encendido quinqués o candiles.
No en el sector de Abnegación, sino más lejos, donde muchos de los sin facción viven arracimados en torno a la humilde comodidad que han podido conseguir.
Planto las manos en la cornisa y me agacho para mirar hacia abajo, a la calle.
Pienso en lo que sentí cuando las palabras escapaban de mí durante la cena, en cómo la máscara de Abnegación se me cayó durante tan solo un momento para desvelar a la persona egoísta que se esconde debajo; la persona que soy sin poder evitarlo.
Pienso en la inflexible reacción de mi madre: «Pena de Silencio hasta mañana por la mañana».
Me inclino un poco más sobre el vacío para que el viento me aparte el pelo del rostro y grito hasta vaciarme los pulmones de aire.
Sobresaltadas, las aves despiertan y alzan el vuelo.