La sexta facción Capítulo 2
2%

Capítulo 2

BEATRICE

M I MADRE CANTURREA , cosa que solo hace cuando cocina.

Nunca reconozco la melodía.

En estos momentos está troceando zanahorias para la sopa al compás de la música.

Deslizo el cuchillo por la tabla de cortar para terminar de echar la cebolla en la cacerola. Los pedacitos sisean al tocar el aceite.

—Gracias —me dice—. Yo siempre acabo llorando.

—No es nada.

Enseguida lavo la tabla y contemplo el bordado en punto de cruz con el lema de nuestra facción que hay colgado encima del fregadero: «Los demás primero». Lo hizo la señora Black. Los nudos diminutos se ven regulares y prietos.

Mi padre da unos golpecitos con el dedo en el marco.

—Falta muy poco para que llegue el líder del consejo.

Mi madre levanta la cabeza y sonríe. Parece tranquila, como si el hecho de que la figura más importante de la ciudad vaya a venir a cenar no tuviera nada de extraordinario.

Echa las zanahorias en la olla antes de cubrir el sofrito con una jarra de caldo de verduras.

Luego se coloca a mi lado, frente a la encimera, y seguimos picando las hierbas aromáticas: ella se encarga del romero y yo del tomillo.

En momentos así pienso que este podría ser mi lugar: trabajar hombro con hombro con mi madre, con una canción tarareada en una cocina tranquila.

Es la hermosa simplicidad de una vida de Abnegación dedicada a buscar la forma de ayudar al prójimo con actos tanto grandes como pequeños.

Mi madre ha conseguido ambas cosas al encargarse de organizar a los voluntarios que ayudan a los sin facción y reconstruyen las partes más dañadas de la ciudad; los integrantes de nuestra facción acuden a ella a menudo para pedirle asesoramiento.

Y mi padre, siempre tan seguro de sus opiniones, apela a su sabiduría de forma constante.

¿Cómo no iba a querer yo eso mismo? Una vida plena.

La garantía de que tu existencia significa algo.

No es que no lo quiera, supongo, sino que no estoy hecha para ello.

—¿Estás nerviosa por lo de mañana? —me pregunta en voz baja, como si fuera un secreto.

Mañana es la prueba de aptitud. La que lo decidirá… todo. Quién soy y cuál es mi sitio. Me ayudará a elegir, a deshacer este nudo que se me ha formado dentro y que lleva meses sin parar de tensarse.

Nuestra ciudad se divide en cinco facciones.

Cada una gira en torno a una virtud, como bailarines alrededor de una fogata.

La nuestra es el altruismo. La de Erudición, la inteligencia; la de Cordialidad, la amabilidad; la de Verdad, la franqueza; y la de Osadía, el valor.

Todo cuanto hacemos —nuestra ocupación, nuestro atuendo, incluso nuestra forma de hablar y actuar— se cimenta sobre la virtud de nuestra elección.

El hombro de mi madre está caliente al contacto.

—Sí —le confieso—. Estoy un poquito nerviosa.

Me rodea con un brazo y aprieta.

—Recuerda que la prueba no va a decirte nada que tú no sepas.

Se me revuelven las tripas. Se aparta de mí cuando la puerta principal se abre y la voz grave del líder del consejo resuena en la entrada.

+ + +

Los niños de Abnegación no pueden hablar durante la cena. Mejor, pues todavía estoy dándole vueltas a las últimas palabras de mi madre. Hasta que noto la mirada de Susan y me doy cuenta de que estoy removiendo la sopa en vez de tomármela. Me meto unos trozos de zanahoria en la boca.

El líder del consejo se llama Marcus Eaton.

Es igual que mi padre: alto, con el pelo castaño muy corto y la ropa gris.

Abnegación consigue que todos nos parezcamos; de eso se trata.

El individuo desaparece, reemplazado por el bienestar colectivo.

Sin embargo, mientras que en los rasgos de mi padre se dibuja una expresión de camaradería perpetua, el semblante de Marcus se mantiene inescrutable.

Nos conocemos de toda la vida y no sé quién es.

Según mi padre, la pena puede hacer que nos retraigamos, y Marcus ha sufrido de sobra.

Hubo un tiempo en el que tuvo mujer e hijo, pero Evelyn Eaton falleció a causa de las complicaciones que surgieron durante su segundo embarazo.

Aunque no la conocía bien, recuerdo haber desconfiado de ella; no era tan simpática ni cariñosa como las demás abnegadas de mi entorno.

Su muerte debió de afectar sobremanera a su hijo, puesto que años después, en su Ceremonia de la Elección, renunció a ser abnegado.

No recuerdo qué facción escogió. Ahora Marcus está solo, ya que nadie mantiene el contacto con aquellos de sus descendientes que deciden cambiar de aires.

«La facción antes que la sangre». Es una de nuestras leyes fundamentales.

Marcus lleva viniendo a cenar una vez a la semana desde que su hijo nos dejó, así que… ya hace dos años.

—Agnes, ¿qué has plantado en la huerta este año? —le pregunta mi madre a la señora Black, responsable de la huerta comunitaria en la que Robert, su hijo, estaba trabajando antes. Nuestras familias se emparejaron porque Robert y Susan son mellizos, al igual que Caleb y yo.

—Los rábanos están en flor —contesta la señora Black—. Como los tomates, que tantos problemas nos han dado antes… Robert ha estado leyendo sobre la composición de la tierra para ayudarnos.

Robert siempre está colorado. Su naturaleza lo vuelve fácil de interpretar: se pone rojo cuando se enfada, rojo cuando algo le da vergüenza y rojo si intenta mentir. En estos momentos sospecho que se ha puesto rojo por el mero hecho de que Marcus se está fijando en él.

—Conque la composición de la tierra —murmura Marcus—. Parece muy científico.

No es un cumplido. Mi facción recela de las investigaciones científicas.

La ciencia en sí no es el problema: al fin y al cabo, Abnegación cuenta con sus propios médicos, los cuales deben comprender la ciencia propia de su labor.

Sin embargo, entre investigar por el bien de los demás y hacerlo por interés propio media una línea muy fina, como tan a menudo se nos advierte.

Robert clava la mirada en el plato.

—Bueno, a lo mejor —interviene mi madre con una sonrisa—. Pero el objetivo de Robert siempre es el bien común, líder del consejo. Ni un ápice de curiosidad ociosa.

Hay agradecimiento en la sonrisa que le devuelve Robert.

—¿Y estos dos qué? —le pregunta Marcus a mi madre—. ¿Todavía están de voluntarios en el hospital?

—Caleb, sí —replica mi madre—. Beatrice ha empezado a ayudarme atendiendo a los sin facción.

—Ah, ya veo.

Marcus suaviza el tono y me observa como si primero me evaluara y después decidiera aprobarme.

Noto calor en el rostro y bajo la mirada al tazón.

Para la mayoría, recibir semejante escrutinio por parte de un líder del consejo —son los que tienen la última palabra no solo en nuestra facción, sino en el gobierno de la ciudad— sería un halago, pero a mí me hace sentir como una farsante.

Los sin facción son necesitados, personas que no superaron la prueba de iniciación o que han sido expulsadas de sus respectivas facciones.

Y sí, es cierto que me he unido a mi madre en sus intentos por brindarles ayuda, pero no hay cosa que más deteste en el mundo.

Algunos son de trato amable y agradecen nuestro trabajo, pero la mayoría de ellos se limitan a coger lo que necesitan antes de seguir su camino; algunos, incluso, nos lanzan insultos.

A mí me llaman «estirada» —su mote para los de Abnegación— o «escoria de las facciones».

Me arrebatan las cosas de las manos y me ordenan que les traiga más.

Ni ellos esperan que me defienda ni yo lo hago.

Al fin y al cabo, es lo que se espera de mí; mi deber consiste en hacer el bien por el prójimo.

Se esperan muchas cosas de mí.

—Una labor fundamental —señala Marcus— y muy necesaria.

Se me calientan aún más las mejillas.

—Todos tenemos nuestro lugar en la sociedad. —A mi madre le brillan los ojos, tan verdes como los de Caleb—. Todos igual de importantes.

—Sí. Desde luego.

Estoy rebañando el tazón cuando la pantalla de la pared se enciende con el característico parpadeo que precede a las noticias.

No tenemos el menor control sobre esto; el informe matinal comienza a la misma hora todos los días y los boletines especiales aparecen en los momentos más insospechados, da igual lo que estemos haciendo.

Mi padre siempre se queja de que los eruditos emiten estos comunicados para fastidiarnos, a sabiendas de que en Abnegación estamos cenando.

En vista de lo que ocupa las noticias últimamente, quizá no ande desencaminado.

Leo las palabras que pasan por la pantalla:

LOS LÍDERES DE ABNEGACIÓN RECHAZAN CON

VEHEMENCIA LOS RUMORES QUE LOS ACUSAN

DE MANIPULAR LOS RECUERDOS.

La semana pasada, un informe de esta cadena sacó a la luz una preocupante recurrencia en las lagunas de memoria que sufren algunos de los centinelas de Osadía que patrullan el muro. En todos los casos, estos lapsus se han producido tras visitar la Cámara de la Memoria de Abnegación.

Hace años que los líderes de Abnegación invitan a los miembros de todas las facciones a almacenar sus recuerdos en esa cámara; una iniciativa cuyo objetivo, según los líderes de Abnegación, no es otro que «mejorar los archivos de la ciudad», como aseguró el consejero Andrew Prior al plantear la propuesta.

Sin embargo, ante la pregunta de si cree que existe alguna conexión entre los alarmantes síntomas cognitivos que exhiben algunos agentes de Osadía y su paso por la Cámara de la Memoria, el líder del consejo, Marcus Eaton —casualmente la única persona en toda la ciudad que goza de pleno acceso a dicho sistema—, tachó tales alegaciones de «paparruchas» y declaró que el antedicho informe no era sino «una burda maniobra de la dirigente erudita Jeanine Matthews» destinada a socavar la confianza de los ciudadanos en su figura.

+ + +

El rostro de Marcus se muestra tan inescrutable como de costumbre.