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A Lucía Arregui la juzgaron once meses más tarde.
La grabación de aquella noche, la mía y la de Sara, sumada al cuaderno de Clara, al abrigo de Edurne, y sobre todo a los registros de pagos que mi hermana había escondido mejor de lo que nadie imaginaba —en una cuenta de correo antigua cuya contraseña tardamos meses en descifrar, con la ayuda de Sara y de una abogada que creyó en nosotras—, bastó. La condenaron por el asesinato de Clara. Por la muerte de Tomás Herrán no se la juzgó, porque ella no lo había matado, y porque la única persona que podría haber contado aquella noche entera estaba muerta, y la otra, yo, no recordaba lo suficiente ni pensaba ayudar a recordarlo. El cohecho, los informes falsos durante años, el dinero de Tomás a cambio de mantener a Edurne sedada y callada e incapaz de denunciar: todo eso salió también en el juicio, y manchó para siempre su nombre y su carrera, que era, al final, lo único que de verdad le importaba en este mundo.
No conté todo lo que sabía. No declaré lo de Añarbe. No mencioné que existía una nota escrita con mi propia letra en el bolsillo de un abrigo manchado.
Esa nota la quemé. Una noche, sola, en el fregadero de mi cocina, viendo cómo el papel amarillento se ennegrecía, se rizaba sobre sí mismo y se deshacía en ceniza, y abrí el grifo y la vi irse por el desagüe. Sé perfectamente en qué me convierte ese gesto. He pensado en ello muchas noches. Una psicóloga que se pasa la vida diciéndole a la gente que la verdad libera, que solo afrontando lo que ocurrió se puede sanar, destruyendo con sus propias manos la única prueba de la verdad más importante de su vida.
Pero también he pensado en Clara. En mi hermana pequeña, menuda y furiosa, a la que cuidé desde niña y que pasó su corta vida adulta sosteniendo a mujeres que el mundo entero dejaba caer. Y que una noche de marzo, agotada de ver cómo el sistema no salvaba a nadie, decidió hacer ella lo que nadie hacía, y me eligió a mí para no estar sola en lo más oscuro. No me usó, como dijo Lucía con su veneno calculado. Esa fue su última mentira, la más barata, la que soltó precisamente para envenenar mi recuerdo de Clara, para que ni siquiera me quedara eso. Clara no me arrastró borracha a un crimen aprovechándose de mi estado. Clara, mi hermana, me pidió ayuda en el peor momento de su vida. Y yo, incluso rota, incluso deshecha, se la di. Porque era mi hermana. Porque hay cosas que el cuerpo hace por amor cuando la cabeza ya no está para decidir.
Esa es la verdad que decidí guardar y proteger. No por mí. Por ella. Para que el nombre de Clara no acabara también en un sumario, convertido en el de una asesina, ella que solo había intentado salvar una vida cuando nadie más se atrevía.
Hay justicias que no caben dentro de un juzgado. Lo aprendí tarde, y a un precio altísimo, pero lo aprendí.