La Sesión Trece 40
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Lo que vino después lo recuerdo a trozos, del modo en que se recuerda lo que ocurre cuando el cuerpo, después de horas de tensión insoportable, por fin se permite soltarla.

La jeringa cayó sobre la alfombra sin clavarse en nadie. Dos agentes de la Ertzaintza entraron en el piso con cuidado, las manos por delante, evaluando la escena, una mujer de pie con una jeringa a sus pies, otra en una butaca, una tercera en la puerta llorando. Sara hablaba y lloraba a la vez, atropelladamente, intentando explicarlo todo de golpe. Yo señalé el cajón del aparador, donde mi propio móvil seguía grabando, y dije, con una calma que no sabía de dónde sacaba, que allí estaba todo, que escucharan la grabación.

Lucía no opuso resistencia. No gritó, no huyó, no intentó negar nada en aquel primer momento. Se sentó muy despacio en la butaca, juntó las manos sobre el regazo, y pidió, con una serenidad escalofriante, llamar a su abogado. Los asesinos de verdad, los que llevan años matando con limpieza y paciencia, casi nunca corren ni gritan. Saben que eso es de aficionados. Saben esperar. Lucía llevaba toda la vida esperando.

Mientras uno de los agentes la acompañaba hacia la puerta, Lucía se detuvo un momento a mi lado. Me miró. Y, fiel a sí misma hasta el último segundo, hizo un último intento de meterse en mi cabeza, que era el único territorio donde de verdad había sabido moverse durante todos estos años.

—Aunque me condenen —murmuró, muy bajo, solo para mí, para que la grabadora no lo cogiera, para que fuera mío y solo mío—, hay una cosa que no vas a poder quitarte nunca de encima, Elena. Estuviste en Añarbe esa noche. Ayudaste a meter a un hombre en el agua. Eso es verdad, y lo sabes, y ninguna sentencia mía, ninguna condena, va a cambiarlo jamás. Vas a tener que vivir con eso el resto de tu vida. Igual que yo voy a vivir con lo mío. —Y sonrió, una sonrisa última, terrible—. No somos tan distintas, tú y yo. Solo que a ti te tocó la hermana buena.

Y se la llevaron.

Entre los agentes que entraron reconocí, al fondo, el pelo gris muy corto de la subinspectora Aguirre. No dijo nada. Me miró un segundo largo, desde la puerta, y en esa mirada cupo todo: que había tenido razón en no creerse el suicidio, que llevaba año y medio esperando este momento sin saberlo, y que aún quedaba, entre las dos, una conversación pendiente sobre una noche de marzo de la que yo no pensaba hablar jamás. Luego se apartó para dejar pasar a los que se llevaban a Lucía. Me quedé de pie en mitad del salón, con Sara abrazándome de pronto, con fuerza, las dos temblando, y la grabadora todavía corriendo en el cajón, y la lluvia cayendo sin parar sobre los tejados de San Sebastián, y la última frase de Lucía clavada en el centro del pecho como la aguja que no había llegado a clavarme.

Estuviste en Añarbe esa noche.

Era verdad. Era la última verdad, la que ninguna condena ajena iba a borrar nunca. La que tendría que aprender a cargar.