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Lucía se detuvo en seco. Frunció el ceño. Miró alrededor del salón, hacia las sombras de los rincones, hacia el pasillo, buscando a la mujer del abrigo color arena, a la mensajera, a la paciente que no existía.
—No hay nadie, Elena —dijo, y su voz recuperó por un instante aquella lástima profesional, casi triste—. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Nunca ha habido nadie. Esa es justamente tu enfermedad, cielo, ¿no lo ves? Llamas a una mujer que solo existe en tu...
La puerta de la calle se abrió de golpe, abajo, y se oyeron pasos rápidos subiendo la escalera de dos en dos.
No era mi Sara. Mi Sara no subía escaleras ni abría puertas; mi Sara estaba hecha de niebla y de almizcle, era la parte de mí que llevaba año y medio luchando por traerme hasta este salón, hasta esta verdad. La que entró fue la otra. La de carne y hueso. Sara Vidal, veinticinco años, hija de Edurne, que había estado todo este rato en su coche aparcado abajo, en la calle, con el teléfono pegado a la oreja, escuchando cada palabra a través de la línea abierta, grabándolo todo también en su propio móvil por si acaso, con la Ertzaintza ya avisada y en camino. Había subido los treinta y dos escalones en cuanto oyó la palabra «sedante».
Apareció en el umbral del salón, sin aliento, con el móvil en la mano y los ojos encendidos de una furia que llevaba año y medio acumulando.
—Suelte eso —dijo, con la voz temblando de rabia y de miedo a la vez—. Lo he oído todo. Lo he grabado todo. Lo de mi madre, lo del dinero, lo de mi padre, lo de Clara. Todo. Y la Ertzaintza está subiendo.
Lucía la miró. Miró a la hija de Edurne Lasa plantada en mi puerta, miró el teléfono en su mano, y yo vi en su cara el instante exacto en que comprendió que la trampa que llevaba quince años esquivando se había cerrado por fin a su alrededor. No fue pánico. Fue otra cosa. Fue el derrumbe silencioso y total de quien lo ha calculado todo durante toda su vida y de pronto se queda sin más cálculos posibles.
La jeringa se le aflojó entre los dedos.