La Sesión Trece 38
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Lo que sacó del bolso fue una jeringa.

Pequeña, ya preparada, con el capuchón puesto sobre la aguja. La sostuvo entre los dedos con la naturalidad absoluta de quien ha manejado jeringas durante treinta años, sin teatro, sin levantarla como una amenaza, sin un gesto brusco. Y precisamente esa naturalidad, esa calma de profesional que sostiene un instrumento de trabajo, fue lo más aterrador de todo. No me apuntaba con ella. Simplemente la tenía en la mano, sobre el regazo, como quien sostiene un bolígrafo, mientras me miraba con una expresión que ya no era de lástima ni de cariño, sino de cansancio. El cansancio de quien va a hacer algo que preferiría no tener que hacer, pero que ha decidido que es necesario.

—No quiero hacerte daño —dijo, y lo dijo con una sinceridad que helaba la sangre—. Eso es lo que nadie entiende nunca de mí, Elena. Que yo no disfruto con esto. No soy un monstruo de los de las películas, no me alimento del sufrimiento ajeno. Soy una mujer que cometió un error hace muchos años, aceptar el primer sobre de un hombre como Tomás Herrán, y que desde entonces no ha hecho otra cosa que tapar ese error con errores cada vez más grandes. Cada uno para que el anterior no saliera a la luz. —Hablaba despacio, casi con tristeza, mientras con el pulgar acariciaba el capuchón de la aguja sin quitarlo todavía—. Tu hermana iba a destaparlo todo, y tuve que pararla. Tú vas a destaparlo todo, y voy a tener que pararte. Y yo solo quería seguir viviendo mi vida en paz, ejerciendo, ayudando a gente de verdad, porque a mucha gente he ayudado de verdad, eso también es cierto. ¿Es tan difícil de entender? ¿Tan monstruoso te parezco?

Y lo más terrible es que, durante un segundo, no me lo pareció. Durante un segundo entendí el camino entero, la lógica espantosa que une un primer sobre con una jeringa preparada en un salón quince años después, el modo en que el miedo a perderlo todo va empujando a una persona de un paso al siguiente hasta convertirla en alguien que nunca pensó que sería. La entendí. Y entenderla fue, quizá, lo más oscuro de aquella noche, porque me obligó a reconocer que la frontera entre Lucía y cualquiera de nosotros es mucho más fina de lo que nos gusta creer.

—Es un sedante —dije, y me sorprendió la firmeza de mi voz—. Lo mismo que usaste con Clara, ¿verdad? Para que no se resistiera. Por eso la autopsia no encontró lucha. Por eso pareció que se había dejado ir sin más.

Lucía no lo negó. Y en su silencio estuvo la última confirmación que me faltaba, la que la grabadora del aparador estaba recogiendo en aquel mismo instante.

—Será suave —dijo, y empezó a quitar el capuchón de la aguja, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo—. No vas a sufrir, te lo prometo. Y será coherente con todo. Una mujer con tu historial, insomne, en pleno brote psicótico, obsesionada con conspiraciones, hablando sola de pacientes que no existen. Una mujer que una noche, sola en su casa, mezcla lo que no debe. Nadie va a hacer ni una sola pregunta de más, Elena. Igual que con tu hermana. Igual que con Tomás. La gente acepta los finales que confirman lo que ya creía. Y todo el mundo ya cree que tú estás rota.

Se levantó de la butaca, con la jeringa en la mano y la aguja al descubierto, y dio un paso hacia mí.

Y yo, en lugar de retroceder, en lugar de levantarme, en lugar de correr, dije muy claro, alto, vocalizando cada palabra hacia el cajón entreabierto del aparador:

—Sara. Ahora.