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—Lo mataron ellas —dije, alto, demasiado alto, lo primero que se me ocurrió para detenerla—. Clara y yo. A Tomás. Lo sé. Me escribí una nota.
Lucía se paró a medio camino del cajón. Se volvió.
Y yo seguí hablando, deprisa, lanzando las palabras como quien lanza objetos para frenar a alguien que avanza por un pasillo, cualquier cosa con tal de apartarla del aparador, con tal de que el móvil siguiera grabando.
—Por eso tengo las manos marcadas en el informe del hospital. Por eso sueño con el agua. Lo hicimos nosotras, en marzo, en Añarbe, las dos. Tú no estuviste allí, ¿verdad? Eso es verdad. No mientes en eso. —Me oía hablar desde fuera de mí, mi cabeza de psicóloga trabajando a toda velocidad, leyéndola, dándole lo que necesitaba oír para quedarse quieta—. Te sorprendió tanto como a mí. Porque tú no necesitabas a Tomás muerto. Tú necesitabas a Clara callada.
Funcionó. Lucía se olvidó del cajón. Volvió hacia mí, atraída por sus propias palabras, porque a la gente que se cree más lista que los demás le resulta casi imposible no corregir una versión ajena que considera burda.
—Otra vez te equivocas —murmuró, y volvió a sentarse, y la mano se le fue al bolsillo—. No fue por Tomás. A mí Tomás muerto me venía bien; un chantajista menos. —Negó con la cabeza, casi con lástima de mi torpeza—. Fue por el papel. Clara seguía teniendo el papel, y muerto él, ese papel me señalaba a mí. Vino otra vez en mayo. Me dijo que el hombre estaba muerto, que Edurne por fin dormía, pero que lo mío era distinto, que lo mío era corrupción, y que iba a denunciarme igual.
Se detuvo. Y vi, otra vez, el relámpago tardío de quien se oye hablar de más. Pero ya daba igual: el orgullo de demostrarme que yo no había entendido nada pesaba en ella más que el instinto de callar.
—Le di una semana para pensarlo —dijo, en voz baja, fría, plana—. Le dije que recapacitara.
—Y no recapacitó.
—Clara nunca recapacitaba. —Sacó la mano del bolsillo.
Esta vez sí había algo en ella. Pequeño, con un capuchón. Lo dejó sobre el reposabrazos, a la vista, sin amenazar, que era su manera de amenazar.
—Lo que tu hermana no entendió nunca —dijo, mirándolo, no mirándome a mí— es que yo no quería hacer nada de esto. Yo solo quería que las cosas se quedaran quietas. Tomás quieto. Edurne quieta. Tú, este año y medio, quietecita, mejorando, olvidando. —Levantó los ojos—. ¿Tú sabes el trabajo que me ha dado tenerte quieta, Elena? Cada semana viniendo aquí, sosteniéndote la mano, midiendo cuánto recordabas. Convenciéndote de que tu memoria era la enfermedad. —Inclinó la cabeza—. ¿Tú crees que nunca estuve en tu casa cuando no te dabas cuenta, Elena? ¿Que nunca me senté contigo una noche que no recuerdas? —Suspiró, y el suspiro fue casi tierno—. Y mira. Mira dónde estamos. No has podido quedarte quieta. Igual que ella.
Tic. Tic. El reloj de la cocina.
—La grabaste —dije. No era una pregunta. Era una cosa que necesitaba decir en voz alta, para el cajón, para que constara—. A Clara, en mayo. Por eso sabías exactamente lo que iba a hacer. Y a mí me has tenido cerca todo este tiempo para saber cuándo me tocaba.
Lucía cogió el objeto del reposabrazos. Le quitó el capuchón con el pulgar, sin prisa, con la naturalidad de treinta años de oficio.
—¿Sabes cuál ha sido siempre tu problema? —dijo, y se levantó—. El mismo que el de tu hermana. Que sois demasiado listas para vuestro propio bien. —Dio un paso hacia mí—. Pero ella, al menos, tuvo la decencia de venir sola.
Y entonces, mirándome, sonrió.
—¿Por qué hablas hacia ese cajón, Elena?
Se me paró el corazón.
Lo había visto. Llevaba un rato viéndolo. Y yo, que creía estar manejando la escena, comprendí en un solo segundo de horror que la manejada era yo, que ella lo había sabido casi desde el principio, que me había dejado hablar y hablar hacia el aparador para tenerlo todo, para saber qué sabía yo y a quién se lo había contado, antes de cerrar la única puerta que le quedaba abierta.
Dio otro paso. Yo me eché hacia atrás en la butaca, sin sitio adonde ir.
Y dije, alto, con la última carta que me quedaba, la voz quebrándoseme:
—Sara. Ahora.