La Sesión Trece 36
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No traía un arma. Traía un sobre. Un sobre pequeño, arrugado, de los de toda la vida, que dejó sobre la mesita entre las dos copas como quien pone una carta sobre el tapete.

—¿Sabes lo que es esto? —dijo.

No lo sabía. Pero tampoco podía permitirme parecer perdida, porque una psicóloga lleva toda la vida aprendiendo que la mejor forma de que alguien te cuente algo no es preguntar: es ofrecerle una versión equivocada y dejar que su orgullo la corrija. Lo hago a diario en la consulta. Lo había hecho miles de veces. Solo que nunca me había jugado la vida en ello.

—Sé lo que creo que es —dije, despacio, eligiendo cada palabra como quien pisa hielo—. Creo que Clara descubrió que tú denunciabas a Tomás. Que ibas a por él. Que estabas de su parte, de parte de Edurne, y que por eso él te tenía miedo. —Sostuve su mirada—. Mi hermana se equivocó contigo, ¿verdad? Creyó que eras de los buenos.

Fue como ver a alguien recibir un insulto en un idioma que solo él entiende. A Lucía se le movió algo en la comisura de la boca, un desprecio mínimo, incontenible, el desprecio del experto ante el aficionado que lo ha entendido todo al revés. Y supe, con el corazón desbocado, que la había enganchado por donde quería.

—De los buenos —repitió, y soltó una risa seca, sin gota de humor—. Qué poco entendiste nunca de esto, Elena. Las dos hermanas, tan listas, tan incapaces de ver lo que tenían delante. —Cogió el sobre, le dio la vuelta entre los dedos con un desdén infinito—. Tomás Herrán no me tenía miedo. Tomás Herrán me pagaba. Llevaba años pagándome.

Lo dijo, y en cuanto lo dijo vi en su cara el relámpago de quien acaba de oírse a sí mismo. Pero ya estaba dicho. La soberbia es más rápida que la prudencia; lo sé porque me dedico a eso, a la milésima de segundo en que alguien prefiere tener razón a estar a salvo. Y siguió, porque no corregir mi error le había dolido más que el riesgo de confesarlo:

—Un informe que diga que una mujer es inestable, paranoide, poco fiable, vale mucho para el hombre que la maltrata. La hunde si denuncia. La convierte en una loca que se lo inventa. —Una pausa mínima, y el orgullo otra vez tirando de ella—. Eso no lo aprendes en la facultad. Eso hay que saber hacerlo.

—Edurne —dije, muy bajo, para no romper el hilo.

—Edurne llevaba doce años a base de lo que yo le firmaba. —Lo dijo casi con fastidio, como quien recuerda un trámite pesado, y esa frialdad fue peor que cualquier grito—. Hasta que tu hermana metió las narices donde no la llamaban.

Yo no decía casi nada ya. Había aprendido, en mil sesiones, que cuando alguien por fin se ha soltado, lo peor que puedes hacer es hablar. El silencio tira más que cualquier pregunta. Así que callé, y dejé que el silencio del salón, y el tic del reloj de la cocina, hicieran el trabajo por mí.

—Clara consiguió una prueba —dijo Lucía, y por primera vez algo se le tensó en la mandíbula—. No sé cómo. Un movimiento de dinero, un papel. Vino aquí, a sentarse donde estás tú, y me dijo muy tranquila que iba a acabar conmigo. El Colegio, la fiscalía, la prensa. —Dio vueltas a la copa, y la voz se le había vuelto fría, plana, una voz que no le conocía en doce años—. Le pedí que esperara. Que habláramos. Gané tiempo. Es lo único que de verdad se me da bien: ganar tiempo con la gente mientras decido qué hacer con ella.

Me miró al decir esto último. Y entendí que también estaba hablando de mí. De año y medio de cafés y cenas y manos sostenidas. De ganar tiempo conmigo mientras decidía.

—¿Y la mataste? —La pregunta me salió sola, ronca.

Lucía me miró largamente. Fuera arreciaba la lluvia.

—Vas demasiado deprisa —dijo en voz baja—. Como tu hermana. Siempre demasiado deprisa.

Y en ese momento, mientras lo decía, sus ojos se desviaron un instante. Solo un instante. Hacia el aparador. Hacia el cajón entreabierto.

Se me heló la sangre.

—¿Tienes frío? —dijo de pronto, cambiando el tono, dulce otra vez, terrible—. Estás temblando, cielo. —Se levantó—. Voy a cerrar bien ese cajón, que entra corriente del patio.

Y echó a andar hacia el aparador.