La Sesión Trece 35
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Lucía dejó de reír tan despacio como había empezado, y el silencio que vino después fue peor que la risa.

Se levantó de la butaca. No deprisa, no de golpe; se levantó con la lentitud de quien ya no tiene que fingir prisa por nada, se acercó a la ventana y miró la lluvia caer sobre los tejados de Gros. Me daba la espalda. Y yo, en mi butaca, con el aparador a mi izquierda y el cajón entreabierto donde el móvil grababa, calculé la distancia que la separaba de la puerta, de mí, del teléfono que no debía encontrar.

—Sírveme un poco más de ese vino que no es vino —dijo, sin volverse—. Anda. Por los viejos tiempos.

Me levanté. Cogí la botella de la mesita. Me temblaba el pulso y procuré que no se notara al servir, porque un pulso que tiembla es un pulso que esconde algo, y ella leía pulsos para ganarse la vida. Llené su copa. El glú-glú del líquido fue el único sonido del salón durante unos segundos eternos.

—Tu hermana vino a verme en febrero del año pasado —dijo entonces, todavía de cara a la ventana, y lo dijo como quien deja caer una piedra en un pozo para oír cuánto tarda en llegar al fondo—. A mi consulta. Sin cita. Hecha una furia.

Me quedé de pie con la botella en la mano. No me atreví a moverme.

—Siéntate —dijo. Y se volvió. Tenía la copa en una mano y la otra metida en el bolsillo de la chaqueta, y esa mano escondida me puso toda la piel de gallina—. Te he dicho que te sientes, Elena.

Me senté.

—Clara me acusó de mantener enferma a Edurne Lasa a propósito. —Dio un paso hacia el centro del salón—. De frenarla cada vez que reunía el valor de denunciar. De medicarla hasta dejarla mansa. Una cría de treinta años diciéndome a mí cómo hacer mi trabajo. —Bebió un sorbo, sin prisa—. ¿Sabes lo que le contesté?

—No —dije. Y no fingía: no lo sabía. Esto no me lo había contado nunca nadie.

—Le dije que tenía razón.

El reloj de la cocina, al otro lado del tabique, marcaba los segundos. Tic. Tic. Lucía me miraba, esperando, midiendo mi cara, y yo entendí que aquello era una sesión, solo que esta vez la paciente era yo y la terapeuta estaba dispuesta a todo.

—¿Por qué? —conseguí decir—. ¿Por qué la frenabas?

Y ahí, por fin, sacó la mano del bolsillo.