34
· · ·
—Creo que estoy hablando con la persona que mató a mi hermana —dije.
No grité. No lloré. No se me quebró la voz. Lo dije con la misma calma plana con que se comunica un diagnóstico difícil, esa calma que tardé once años en aprender y que jamás imaginé que usaría para algo así, en mi propio salón, contra mi mejor amiga. Y al decirlo en voz alta, al sacar por fin de dentro aquello que llevaba año y medio pudriéndose en el fondo de mí sin que yo me atreviera siquiera a pensarlo con claridad, sentí algo extraño, algo parecido al poder. El poder frío de quien por fin nombra lo que teme. La frase quedó flotando en el salón, irreversible.
Lucía no se levantó de un salto. No fingió indignación, no se llevó la mano al pecho, no me preguntó cómo podía decirle algo así después de todo lo que había hecho por mí. Hizo algo mucho peor, mucho más eficaz, lo que llevaba año y medio haciendo: me miró con lástima. Con una pena profesional, serena, llena de preocupación. La mirada que se le dedica a un enfermo que acaba de decir un disparate producto de su enfermedad.
—Ay, Elena. —Suspiró, y dejó la copa, y se inclinó hacia delante con las manos entrelazadas, como quien se prepara para una conversación dolorosa pero necesaria—. Estás teniendo un brote. Un brote en toda regla, y bastante grave. Lo veo venir desde hace semanas, desde que empezaste con todo esto. El insomnio crónico. La fijación obsesiva con la muerte de Clara. Esa mujer que te inventaste, la tal Sara, la paciente que nadie más veía. Y ahora esto: una teoría delirante, persecutoria, en la que tu psiquiatra, tu amiga de toda la vida, la persona que te ha cuidado, resulta ser una asesina. —Negó con la cabeza, despacio, con una tristeza que parecía absolutamente genuina—. ¿No lo ves? ¿No ves el patrón? Es exactamente lo que me temía que pasara si removías lo de tu hermana sin estar preparada. Tu mente está construyendo una conspiración entera, elaboradísima, con tal de no mirar de frente la única verdad que no puedes soportar.
—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté, manteniéndome firme, aunque cada palabra suya estaba diseñada con precisión de cirujano para encontrar mis grietas.
—Que Clara se suicidó. —Lo dijo despacio, clavándome cada palabra con una dureza nueva, abandonando la suavidad—. Que tu hermana, a la que adorabas, a la que cuidaste desde niña, se metió una noche en el Urumea porque no podía más con el peso que cargaba, y que tú no lo viste venir. Que eras psicóloga, Elena, que te dedicas profesionalmente a detectar exactamente eso, el sufrimiento de la gente, las señales, y no fuiste capaz de ver que tu propia hermana se hundía a tu lado, día tras día, hasta que fue demasiado tarde. —Bajó la voz hasta un susurro casi tierno, y eso lo hizo más cruel—. Esa es la culpa que te está destrozando por dentro, cariño. No un asesinato. Tu fracaso. El fracaso de no haber salvado a la única persona que de verdad te importaba. Y tu cabeza prefiere inventarse asesinos, embalses, conspiraciones, mensajeras imaginarias, lo que haga falta, antes que aceptar eso.
Era brillante. Tengo que reconocerlo incluso ahora, incluso sabiendo lo que era. Era cruel y brillante y estaba perfectamente construido, porque tocaba el lugar exacto donde más me dolía, el miedo más profundo de cualquier persona que se dedica a cuidar a otros: el de no haber sabido cuidar a los suyos. El de que toda tu competencia profesional no sirva para salvar a quien tienes en casa. Un año atrás, esa frase me habría hundido. Me habría hecho dudar de todo, agachar la cabeza, darle la razón, agradecerle que me ayudara a ver mi propia locura.
Pero yo ya tenía la nota. Y la nota lo cambiaba todo.
—«Si lees esto y no te acuerdas, fuiste tú» —recité despacio, de memoria, sin apartar los ojos de ella—. «Las dos. Por Edurne. No se lo digas a nadie. Sobre todo, no se lo digas a L.»
Vi cómo se le congelaba la cara.
—Es mi letra, Lucía —seguí—. La escribí yo, con mi mano, durante esas tres semanas que no recuerdo. La he encontrado en el bolsillo del abrigo de Edurne, el que está ahí, en esa silla, manchado de sangre seca. Una nota que me escribí a mí misma para cuando lo olvidara todo. Y la nota dice una inicial. Una sola letra. Ele. —Me incliné hacia ella—. Dime una cosa, ya que eres tan lista diagnosticándome. ¿Quién es L, Lucía? ¿De quién me estaba advirtiendo yo a mí misma, en mi peor momento, que no me fiara por encima de todo lo demás? ¿Quién es la persona de la que una parte de mí, ya entonces, sabía que tenía que protegerse?
El silencio que siguió fue el más largo de mi vida. Fuera, la lluvia repiqueteaba contra los cristales del salón. Abajo, en algún lugar de la calle, dentro de un coche, Sara escuchaba conteniendo la respiración.
Y entonces Lucía hizo algo que no esperaba, algo que me heló más que cualquier amenaza.
Se rió.
Una risa breve, baja, cansada. Casi de alivio. La risa de quien lleva muchísimo tiempo cargando un peso enorme en secreto y descubre, de pronto, que ya no hace falta seguir disimulando, que el otro por fin sabe, que puede soltar la careta que llevaba años sosteniendo.
—Ay, Clara —dijo en voz baja, negando con la cabeza, y bajó la vista hacia el cuaderno de mi hermana abierto sobre la mesita—. Hasta muerta sigue dándome problemas. Igual que en vida. Exactamente igual que en vida.