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Dejé que el silencio se estirara entre las dos.
Es una técnica que conozco bien, una de las primeras que se aprenden en mi oficio: el silencio del terapeuta es un imán. La gente no soporta el vacío de una pausa larga y se lanza a llenarlo, y al llenarlo, dice. Lo había usado mil veces en mi consulta. Ahora lo usaba en mi salón, contra la persona que mejor me conocía, que también dominaba la técnica, y que esperaba pacientemente, con su copa de vino sin alcohol en la mano, a que fuera yo quien cediera primero, a que asintiera, a que aceptara una vez más su versión ordenada y compasiva del mundo. Llevaba año y medio asintiendo. Se me daba de maravilla.
Pero esta vez, en lugar de asentir, dejé caer, con la voz más inocente y desconcertada que pude fabricar, casi pensando en voz alta:
—Es raro lo que has dicho. Lo del agua.
—¿El qué, cielo? —Ni un parpadeo. Atenta, serena, perfecta.
—Que Tomás Herrán murió bajo el agua. —Levanté la vista de mis manos y la miré a los ojos—. Es que yo no te he contado cómo murió, Lucía. Ni te lo he contado ni lo sabía, no lo he sabido hasta hace dos o tres días. A ti te he dicho que Clara conocía a Edurne, que he encontrado un cuaderno y un abrigo. Nada más. No te he dicho ni una palabra de cómo apareció Tomás Herrán, ni dónde, ni de qué murió. —Hice una pausa mínima, como la que hacía ella—. ¿Cómo sabes tú que apareció en el agua?
Y por primera vez en los doce años que hacía que la conocía, vi a Lucía Arregui quedarse sin palabras. Un segundo entero. Un segundo en que su cara, esa cara que yo había visto en mil situaciones, en bodas y en funerales y en guardias agotadoras y en el peor momento de mi vida, se quedó completamente en blanco, vaciada, mientras detrás de los ojos algo calculaba a toda velocidad.
Fue solo un segundo. Lo recuperó enseguida, con esa elasticidad suya de quien ha pasado treinta años controlando salas de psiquiatría, pacientes en brote, familias desesperadas, situaciones imposibles. La cara volvió a llenarse de calidez. Sonrió, dejó la copa sobre la mesita con un gesto pausado, y dijo, con una suavidad impecable:
—Salió en la prensa, Elena. Cuando lo encontraron, hace año y medio. Fue una noticia, salió en el Diario Vasco y en todas partes. Lo leímos todos, supongo. Estas cosas se quedan en la cabeza sin que una se dé cuenta.
Era una buena salida. Rápida, plausible, del tipo de respuesta que cierra una conversación. Pero yo la esperaba, porque era exactamente lo que yo misma me había dicho al principio para explicar cómo conocía la historia.
—¿Lo leíste tú? —dije, ladeando la cabeza despacio, imitando sin querer su propio gesto—. ¿En mayo del año pasado? Qué curioso, Lucía. Porque en mayo del año pasado yo estaba enterrando a mi hermana, y tú, según me has contado mil veces, estabas conmigo a todas horas. Cuidándome. Sin separarte de mi lado ni un momento, recogiéndome del suelo, llevándome al hospital, velándome. Me lo has repetido durante año y medio, lo entregada que estuviste, lo mal que lo pasaste cuidándome aquellas semanas. —Sostuve su mirada—. No me parece una temporada en la que una ande con ánimo de leer sucesos de provincias sobre un maltratador desconocido ahogado en un pantano del monte. A no ser, claro, que ese maltratador concreto te importara a ti especialmente. A no ser que esa noticia en concreto la estuvieras esperando.
Lucía se quedó muy quieta.
Y en esa quietud, en esa inmovilidad absoluta y antinatural de animal que de pronto, en mitad del campo, huele al cazador y sabe que ya es tarde para correr, lo supe con una certeza que me recorrió entera. Supe, sin ningún resquicio de duda, que la mujer que tenía sentada enfrente, la que me había sostenido la mano en el suelo de esta misma cocina, la que me había traído vino sin alcohol durante año y medio, la que me había convencido con una paciencia infinita de que mi propia memoria era una enfermedad de la que ella me curaba, sabía exactamente cómo había muerto Tomás Herrán.
Porque había estado allí. O porque había hecho que pasara.
—Elena. —Su voz había cambiado por completo. Ya no quedaba en ella ni rastro de la calidez. Se había vuelto cuidadosa de otra manera distinta, la del que avanza por un campo de minas midiendo dónde pone cada pie—. ¿Qué es exactamente lo que crees que estás haciendo?
La miré. Y dejé de fingir.