La Sesión Trece 32
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—He entendido que Clara conocía a Edurne Lasa —dije, despacio, como quien va juntando piezas en voz alta delante de alguien más listo—. Que eran amigas, no solo trabajadora social y caso. Que mi hermana intentó durante años ayudarla a salir de aquella casa, del marido que la maltrataba.

—Eso es cierto —dijo Lucía con suavidad, asintiendo, dándome la razón como se le da a un niño que acierta una suma fácil—. Tu hermana era una idealista. Una de las buenas, de verdad. De las que se implican demasiado, hasta que el trabajo se las come por dentro. Edurne fue uno de sus casos, sí. Una mujer muy dañada, muy frágil psicológicamente. —Bebió un sorbo de su copa—. La conocí, de hecho. Edurne fue paciente mía durante una temporada, en el hospital. Coincidíamos en ella, tu hermana y yo, cada una desde su lado.

Lo soltó así, con una naturalidad pasmosa, como quien menciona un dato sin importancia. Y entendí lo que hacía: adelantarse. Sabía que yo iba a descubrir tarde o temprano que ella había tratado a Edurne, así que lo ponía sobre la mesa ella misma, despojándolo de todo misterio, convirtiéndolo en un detalle inocente de coincidencia profesional. Era buena. Era muy buena.

—¿Erais amigas? —pregunté—. Clara y tú, digo.

Una pausa. Mínima.

—No, amigas no. —Negó con la cabeza—. Coincidíamos en reuniones de coordinación, en algún caso compartido. Trabajábamos en lados distintos del mismo problema, ella desde lo social y yo desde lo clínico. La respetaba, pero no éramos íntimas. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. Por entender. —Bajé la vista hacia mis manos, la viva imagen de la confusión inofensiva—. Es que en su cuaderno hay muchas anotaciones sobre Edurne. Y sobre la hija de Edurne, una tal Sara.

Y ahí, por primera vez, algo cruzó la cara de Lucía. No fue miedo. Fue algo más sutil y más revelador: irritación. La irritación instantánea de quien ve aparecer en escena un nombre que no debería estar ahí, una variable que creía controlada y que de pronto se mueve sola.

—¿Has hablado con la hija? —preguntó, y aunque mantuvo el tono ligero, la pregunta salió medio segundo demasiado rápido—. ¿Con Sara?

Ahí estás, pensé. Ahí te veo.

—Me la crucé —dije, restándole importancia, encogiéndome de hombros—. Fui a buscar información sobre Edurne a la dirección de la antigua mercería, y resulta que ahora es una tienda de móviles, y la hija estaba allí recogiendo unos papeles. Coincidencia. Hablamos un momento, nada más. —Levanté los ojos hacia ella, fingiendo recordar algo sin importancia—. Está muy resentida contigo, por cierto. Dice cosas feas. Que no dejabas denunciar a su madre. Que la mantenías medicada y quieta a propósito. Que erais como una correa con bata blanca, dijo. Cosas de hija dolida, supongo.

Lucía dejó la copa sobre la mesita con un cuidado excesivo, demasiado lento, el cuidado de quien controla conscientemente cada gesto porque por dentro algo ha empezado a moverse deprisa. Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado de registro: se hizo más grave, más cálida, más íntima. La voz que se usa para decir verdades difíciles. La voz del médico que se sienta en el borde de la cama.

—Elena, escúchame bien, porque esto es importante y quiero que lo entiendas, aunque te duela un poco. —Se inclinó hacia delante, hacia mí—. Edurne Lasa era una mujer profundamente enferma. Una denuncia precipitada, presentada cuando ella todavía no estaba psicológicamente preparada para sostenerla, la habría destruido. La defensa del marido la habría hecho pedazos en el juicio, habría usado su historial psiquiátrico para presentarla como una loca, una inestable, una mujer que se inventa cosas. Y la denuncia habría caído, y ella habría tenido que volver a casa con él, marcada, señalada, en una situación mil veces peor. Yo la protegí de eso. Lo que tu hermana, con toda su buena intención y su idealismo, no era capaz de entender, es que a veces empujar a una mujer a denunciar antes de tiempo es firmarle la sentencia de muerte. —Negó con la cabeza, con una tristeza que parecía absolutamente real—. Yo llevo treinta años en esto, Elena. He visto cómo acaban esas historias cuando se fuerzan. Tu hermana llevaba cuatro años y se creía que el mundo se arreglaba con valentía y buenas intenciones. Y así le fue, la pobre. Se quemó. Se rompió. Hasta que no pudo más.

Era brillante. Tengo que reconocerlo, incluso ahora. Era una explicación impecable, compasiva, profesional, que la colocaba a ella en el papel de la sabia protectora y a mi hermana en el de la idealista ingenua que se autodestruyó. Y al final, casi de pasada, deslizaba la versión oficial: Clara se rompió, no pudo más. El suicidio, presentado como la consecuencia natural y triste de un carácter demasiado entregado. Un año atrás me lo habría tragado entero, agradecida.

—¿Y por eso discutíais? —pregunté, manteniendo mi papel—. Clara y tú. Por la forma de llevar a Edurne.

—Discutíamos, sí. —Recuperó la copa, más tranquila ahora, creyendo que me llevaba de vuelta a su terreno—. Tu hermana era difícil cuando se obsesionaba con un caso. Y con Edurne se obsesionó como con ninguno. No había manera de hacerle ver la prudencia. —Suspiró—. Pero eso es agua pasada, cielo. Todos los que estaban en esa historia ya no están. Edurne murió de su enfermedad. Tomás murió. Tu hermana murió. No le des más vueltas a los muertos. No te los van a devolver, y a ti te están haciendo polvo.

Y entonces lo dijo. La frase que la delató. La frase por la que yo había montado todo aquel teatro.

—Toda esa gente está bajo tierra o bajo el agua —dijo Lucía, con un gesto de la mano, como espantando el pasado—. Déjalos descansar.

Bajo el agua.

Sonreí por dentro, con un escalofrío. Porque yo no le había dicho cómo murió Tomás Herrán. No le había dicho una sola palabra del embalse, ni del agua, ni de cómo había aparecido. Le había dicho que Clara conocía a Edurne, que había un cuaderno, que había un abrigo. Nada más. Nada del agua.

Pero ella sabía que Tomás Herrán estaba bajo el agua.