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Doce veces me había sentado delante de Lucía a entregarle mi memoria, creyendo que era amistad. Doce sesiones de café y cuidado y preguntas suaves que yo tomaba por cariño. La trece no la vi venir como lo que era hasta que ya la tenía subiendo mis escaleras, porque las cosas importantes casi nunca se anuncian; llegan vestidas de jueves cualquiera, con una bolsa de comida para llevar y una botella de vino sin alcohol.
Esta vez, sin embargo, había una diferencia. En las doce anteriores, la paciente había sido yo sin saberlo. En esta, por primera vez, lo sabía. Y pensaba usarlo.
Lucía subió los treinta y dos escalones sin que se le alterara la respiración. Yo los conté desde dentro, uno a uno, como cuento siempre, con la espalda pegada a la puerta cerrada, escuchando sus pasos firmes y regulares acercándose por la escalera. Treinta y dos. Y cuando llegó al rellano y llamó con los nudillos, dos golpes suaves, espaciados, los de siempre, los que llevaba año y medio oyendo, tuve que cerrar los ojos un segundo entero para recordar quién era yo en esta escena que empezaba. Una mujer cansada. Una mujer que mejora despacio. Una mujer agradecida, frágil, que necesita que la cuiden. No la mujer que sabe. Esa tenía que esconderla bien al fondo.
Abrí.
Allí estaba Lucía, en el rellano mal iluminado, con una bolsa de papel de comida para llevar en una mano y una botella de vino sin alcohol en la otra. Siempre traía vino sin alcohol. Durante año y medio, en cada visita, esa botella de mosto disfrazado de vino que era su manera delicada de acompañarme en la mesa sin tentarme, sin recordarme lo que no podía beber. Qué detalle. Qué amiga tan considerada. Ahora, mirando esa botella, sentí náuseas.
—Hola, cielo —dijo, y se inclinó para darme un beso en la mejilla. Olía a su perfume de siempre, uno caro y discreto, de notas amaderadas, nada que ver con el almizcle barato y dulzón que me perseguía desde hacía días. Dos perfumes, pensé. El de la mujer real que tengo delante y el de la mensajera que me ha traído hasta aquí—. Tienes muy mala cara, Elena. ¿Estás comiendo algo?
—Lo justo. Llevo sin dormir desde hace mil años, ya lo sabes. Pasa, anda.
Entró como entraba siempre, con la confianza absoluta de quien conoce una casa de memoria, de quien ha pasado en ella cientos de horas. Colgó su abrigo en el perchero con un gesto automático. Y fue directa a la cocina a dejar la bolsa de la cena, hablándome por encima del hombro de no sé qué del tráfico, de la lluvia que no paraba, en ese tono ligero y doméstico de las visitas de siempre. Yo la seguí, y desde el umbral la vi descubrir, sobre la mesa de la cocina, el cuaderno de Clara abierto, y en la silla de al lado el abrigo color arena asomando de su bolsa de plástico.
Y aunque me daba la espalda, aunque no le veía la cara, lo noté. Noté cómo todo su cuerpo se detenía durante medio segundo. Una quietud mínima, una pausa en el gesto de dejar la bolsa, que un año atrás se me habría escapado por completo pero que ahora, entrenada como estaba en leer las pausas, vi con total nitidez. Su espalda se tensó. Sus hombros se quedaron un instante demasiado quietos. Y luego, con una naturalidad perfecta, recuperó el movimiento y dejó la bolsa sobre la encimera.
—Así que esto es lo que has encontrado —dijo, y se volvió hacia mí con una sonrisa serena, señalando el cuaderno y el abrigo con la barbilla—. ¿Dónde estaba?
—En una taquilla de la estación de autobuses. Resulta que Clara tenía una alquilada, de las de larga estancia, y nadie lo sabía. Encontré la llave de casualidad, revolviendo en una caja de sus cosas. —Me fui hacia el salón mientras hablaba, arrastrándola sin que lo pareciera, y me senté en la butaca que daba la espalda al aparador donde el móvil grababa en silencio, para obligarla a ella a sentarse enfrente, de cara al cajón entreabierto—. La verdad, Lucía, es que no entiendo casi nada de lo que he encontrado. Hay un cuaderno lleno de cosas de su trabajo, con claves que no sé leer, y un abrigo viejo manchado, y unos papeles, y... no sé. Me supera. Pensé que a lo mejor tú me ayudabas a ordenarlo y a entenderlo. Tú siempre me ordenas el caos. Eres la única que me lo ordena.
Funcionó. Lo vi funcionar en tiempo real, como quien ve hacer efecto a un medicamento. Vi cómo la palabra ordenar, la palabra ayudar, la posición de inferioridad que yo adoptaba, la relajaban visiblemente. Vi cómo se desvanecía esa tensión mínima que había aparecido en su espalda en la cocina, cómo volvía a colocarse, cómoda, en su papel de siempre: la fuerte, la cuerda, la cuidadora, la que sostiene a la pobre Elena rota y la ayuda a distinguir lo real de lo imaginado. Cogió la botella, se sirvió una copa de aquel vino sin alcohol, vino al salón y se sentó enfrente de mí, en la otra butaca, exactamente donde yo quería que se sentara. Cruzó las piernas. Dejó la copa en la mesita. Y me dedicó esa atención profesional, suave, paciente, infinita, que durante año y medio había sido lo único que me había mantenido a flote en el mar negro del duelo.
—Cuéntame qué has entendido tú —dijo—. Y vamos viendo juntas, con calma, qué parte es real y qué parte no. Como siempre, ¿vale? No te agobies. Para eso estoy.
Como siempre. Esas dos palabras, que pretendían ser un consuelo, fueron en realidad lo que me dio la fuerza definitiva para lo que tenía que hacer. Porque «como siempre» significaba exactamente eso: que llevaba año y medio haciéndome esto mismo. Dejándome contar lo que recordaba, escuchándome con paciencia de santa, y luego, con dos frases bien colocadas, decidiendo por mí qué parte de mis recuerdos podía quedarse en el cajón de lo real y qué parte había que tirar, con cariño, a la basura de las alucinaciones. Año y medio editándome la memoria. Año y medio decidiendo quién era yo y qué había vivido.
Se acabó, pensé, con las palabras de Edurne resonándome dentro. Se acabó de verdad.
Respiré hondo, compuse mi mejor cara de desconcierto frágil, y empecé a tenderle la cuerda para ver si se ahorcaba sola.