La Sesión Trece 30
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—No vengas a casa —le dije a Sara, cuando recuperé el aliento—. Lo digo en serio. Te quiero fuera de esto. Si tengo razón, y cada vez estoy más segura de que la tengo, esta mujer ha matado dos veces y ha salido limpia las dos. Es lista, es paciente, y lleva una vida entera aprendiendo a manejar a la gente. No pienso meterte a ti en su camino.

—Ni hablar —dijo Sara, y la determinación de su voz no admitía discusión—. Mató a mi padre. Eso, mira, casi se lo perdono, casi se lo agradezco, ya te lo he dicho y no me da vergüenza. Pero si además mató a Clara, que era lo más parecido a una madre de verdad que tuvimos mi madre y yo en aquellos años, entonces esto también es asunto mío. Tanto como tuyo. No me vas a dejar fuera.

—Sara...

—¿Qué plan tienes? —me cortó—. Porque tienes un plan, ¿verdad? No habrás invitado a tu casa a una asesina que cree que no recuerdas nada, sin tener un plan.

Tenía un plan. Un plan frágil, improvisado, peligroso, de los que se le ocurren a alguien que lleva tres días sin dormir y año y medio sin perdonarse nada. Pero era un plan, y al decirlo en voz alta lo fui afianzando.

—Voy a grabarla —dije—. Tengo la nota escrita de mi puño y letra, que dice que fuimos Clara y yo y que me protegiera de L. Tengo el abrigo de tu madre con las manchas. Tengo el cuaderno de Clara. Pero nada de eso prueba que Lucía matara a nadie. Solo prueba lo que hicimos Clara y yo. Para hundir a Lucía necesito que sea ella quien lo diga. Necesito que, creyéndome todavía una pobre loca que no recuerda nada y que está deseando cerrar el tema, baje la guardia y hable. Que se confíe. Y que quede todo grabado.

—Es peligrosísimo —dijo Sara, y la preocupación le había borrado de golpe la rabia—. Te vas a quedar a solas, en tu casa, con una persona que ha matado a dos personas. ¿Y si sospecha? ¿Y si se da cuenta de que la estás grabando? ¿Y si decide que tú eres el siguiente cabo suelto?

—Por eso te necesito —dije—. Pero fuera. En la calle. En tu coche, aparcado abajo, con el teléfono abierto en línea conmigo todo el rato, escuchándolo todo. Si la cosa se tuerce, si oyes algo que no te gusta, llamas a la Ertzaintza y subes corriendo. No voy a estar sola del todo. Solo lo va a parecer.

Sara guardó silencio un momento, sopesándolo.

—No me gusta —dijo—. Pero entiendo que es la única manera. Las pruebas que tienes no bastan, tienes razón. Sin su confesión, lo único que conseguirías es incriminarte tú y a Clara, y dejarla a ella libre. —Respiró—. Está bien. Estaré abajo. Pero al primer ruido raro, subo, Elena. Lo juro. No pienso ser una más de las que se quedaron solas con esa mujer.

Acepté, y no solo por estrategia. Acepté porque, después de año y medio de una soledad tan honda que me había acostumbrado a ella como uno se acostumbra a un dolor crónico, la idea de tener a alguien abajo, en la calle, escuchando, alguien que subiría corriendo si yo la necesitaba, me sostenía por dentro más de lo que estaba dispuesta a reconocer en voz alta.

Colgamos. Eran las cuatro de la tarde. Tres horas largas por delante.

Empecé a preparar el escenario con el cuidado de quien monta una obra de teatro de un solo acto y un solo espectador. Coloqué el cuaderno de Clara sobre la mesita del salón, bien a la vista, abierto por una página cualquiera, con el aire de haberlo estado hojeando sin entenderlo. Dejé el abrigo asomando a medias de su bolsa de plástico en una silla, como por descuido, como un hallazgo que me desbordaba y que no sabía dónde poner. Preparé la puesta en escena de una mujer frágil que ha encontrado cosas perturbadoras pero que no ha sido capaz de ordenarlas, de darles sentido, y que necesita desesperadamente que su querida amiga psiquiatra, la cuerda, la fuerte, venga a ayudarla a entender el caos antes de que el caos se la trague.

Y escondí el teléfono. El mío, con una aplicación de grabación activada y la pantalla apagada, lo metí en el cajón entreabierto del aparador del salón, en ángulo, apuntando hacia las dos butacas donde nos sentaríamos a hablar, donde tantas veces nos habíamos sentado a hablar. Comprobé el sonido tres veces. Comprobé la batería. Lo dejé grabando ya, por si acaso, mucho antes de que llegara.

Y luego me senté a esperar, en el silencio de mi piso, viendo cómo la tarde de octubre se apagaba despacio sobre los tejados mojados de San Sebastián, ensayando por dentro mi papel. La voz temblorosa. La mirada perdida. La gratitud de la enferma hacia quien la cuida. La cara de loca mansa, dócil, agradecida, que Lucía llevaba año y medio queriendo ver en mí, y que esta tarde, por fin, le iba a dar.

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A las seis y veinte, cuando faltaba poco menos de una hora para que llegara Lucía, sonó el teléfono. No el telefonillo: el móvil. Un número que no tenía guardado pero que reconocí en cuanto contesté, porque hay voces que se te quedan.

—Doctora Sanz. Aguirre. ¿La pillo en mal momento?

Miré el cajón del aparador, el móvil escondido, el cuaderno sobre la mesita, el abrigo asomando de su bolsa. Todo el escenario montado. Sí me pillaba en mal momento. En el peor.

—Estoy un poco liada —dije, con la voz más neutra que pude—. ¿Ha pasado algo?

—Quería avisarla de una cosa, por cortesía. —Una pausa de las suyas, de las que dejan caer—. Hemos reabierto el expediente de su hermana. No oficialmente todavía, es solo una revisión interna, pero he conseguido que lo miren otros ojos. Y ha aparecido un detalle que en su día se nos pasó. —Otra pausa—. Los análisis de la ropa de Clara. Llevaba restos de barro en los bajos del pantalón. Barro con una composición que no es la del Urumea a su paso por la ciudad, donde la encontramos. Es barro de monte. De aguas más arriba. De embalse, dice el informe.

El salón se quedó muy quieto a mi alrededor.

—No sé qué quiere decir eso —mentí, y la mentira me salió pastosa.

—Probablemente nada —dijo Aguirre, en un tono que decía exactamente lo contrario—. La gente pisa muchos sitios. Pero verá, doctora, llevo treinta años en esto y los detalles que no encajan son lo único que me ha enseñado algo. Una mujer que aparece ahogada en el río de la ciudad, pero con barro de un embalse del monte en la ropa. Como si hubiera estado, en algún momento, en otro sitio con agua. Un sitio más arriba. —Dejó que el silencio trabajara—. ¿A usted le suena que su hermana subiera al monte, a algún pantano, en sus últimas semanas? ¿A Añarbe, por ejemplo?

Cerré los ojos. El nombre, en boca de una policía, sonaba como una puerta abriéndose justo debajo de mis pies.

—No —dije—. No me suena de nada.

—Ya. —No me creyó; lo noté, y noté que ella sabía que yo lo notaba—. Bueno. Era por avisarla de que la cosa se mueve. Si en algún momento recuerda usted algo de aquellas semanas, doctora, lo que sea, ya sabe dónde estoy. Y cuanto antes, mejor. Porque cuando un expediente se reabre del todo, ya no lo manejo yo sola. Entran más manos. Y las otras manos no tienen la paciencia que tengo yo con la gente que ha sufrido. —Una última pausa—. Cuídese. Y descanse, que se la oye agotada.

Colgó.

Me quedé con el móvil en la mano, el corazón desbocado, mirando el reloj. Las seis y veinticinco. Acababa de entender que no tenía año y medio, ni meses, ni semanas. Que el barro de Añarbe ya estaba en un informe, que Aguirre tiraba del hilo desde el otro extremo, y que la verdad iba a salir por algún lado, esta misma noche o muy pronto, lo quisiera yo o no. La única pregunta era cuál de las dos verdades saldría primero: la de Lucía, que me salvaba a mí, o la de Añarbe, que me hundía.

Tenía hasta las siete para que fuera la primera.

El reloj corría, y por primera vez no lo contaba yo. Lo contaba alguien con placa.

A las siete en punto, ni un minuto antes ni uno después, sonó el telefonillo.

TERCERA PARTE

LA SESIÓN TRECE